martes, 17 de octubre de 2017

SÍNODO DE LA AMAZONÍA

 ¿Principio del fin del celibato obligatorio?

Carlos Esteban
Infovaticana, 16 octubre, 2017

El Papa Francisco ha anunciado la convocatoria de un ‘sínodo panamazónico’. Una iniciativa que promete desencadenar ríos de tinta en los próximos años.

En su alocución durante el Ángelus en San Pedro este lunes, el Papa Francisco ha anunciado la convocatoria de un ‘sínodo panamazónico’ que, probablemente, no haya despertado excesiva curiosidad entre quienes esperan de Su Santidad si no pronunciamientos revolucionarios o nuevos ‘desarrollos de doctrina’ que den jugosos titulares.
Creo, sin embargo, que se equivocan, y que la iniciativa anunciada promete desencadenar ríos de tinta en los próximos años.
Declara el Papa: “Recogiendo el deseo de algunas Conferencias Episcopales de Américan Latina, así como la voz de diversos pastores y fieles de otras partes del mundo, he decidido convocar una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica , que tendrá lugar en Roma en el mes de octubre de 2019. El objeto principal de esta convocatoria es concretar nuevas vías para la evangelización de aquella porción del Pueblo de Dios, especialmente de los indígenas, a menudo olvidados y sin la perspectiva de un futuro tranquilo, también como consecuencia de la crisis de la selva amazónica, pulmón de capital importancia para nuestro planeta”.
Bien. Demos de lado lo que no es más que una frase hecha sin demasiada relevancia: la selva amazónica es sin duda un enorme ecosistema natural que vale la pena conservar, pero no es ‘pulmón del planeta’, más bien al contrario: La respiración y la putrefacción hacen que las selvas tropicales maduras no produzcan un solo gramo neto de oxígeno. Pero esto es absolutamente baladí en este contexto.
Lo importante, si se me permite la redundancia, es la importancia que se da a esta reunión de obispos. La Amazonía es una región que abarca nueve países pero con una densidad de población muy baja. Y si la evangelización de los indígenas parece siempre un objetivo laudable, difícilmente puede ser considerado prioritario en una zona, Latinoamérica, que ha sido desde hace décadas el principal bastión demográfico del catolicismo pero que en los últimos años ha venido sufriendo una alarmante sangría de fieles, en buena medida a favor de las sectas pentecostales protestantes.
Y aunque esta preocupante tendencia se mantiene desde hace decenios, la elección de un Papa latinoamericano no ha hecho nada para desacelerarla: se calcula que en Brasil, el país con más católicos del mundo, 9 millones han dejado de serlo desde 2014, un año después de la elevación al pontificado de Francisco, hasta hoy, y el porcentaje de fieles ha caído al 50 % mientras el de evangélicos ha aumentado en este tiempo un 29 %, según el Instituto Datafolha. Los expertos calculan que el catolicismo podría perder su condición de religión mayoritaria en torno a 2040.
Todo eso podría llevar a pensar que, si Latinoamérica precisa de un sínodo urgente, su objetivo debería ser la reevangelización más que las necesidades de un lugar inmenso pero escasamente poblado.
Salvo, naturalmente, que el sínodo tenga otros objetivos que vayan más allá del anuncio del Evangelio a los indígenas amazónicos, como muchos temen.
En concreto, lo que ‘suena’ en buen número de publicaciones católicas es que en este sínodo se pretende introducir el sacerdocio de los casados.

El celibato en la Iglesia católica no es ‘de fide’, sino meramente disciplinar, y de hecho existe un reducidísimo número de sacerdotes casados con plenas funciones y el visto bueno de Roma, especialmente formado por miembros del ‘ordenariato’ que constituyó Benedicto XVI para admitir en la comunión a pastores anglicanos que ‘cruzaban el Tíber’.

La norma sigue siendo, naturalmente, el celibato, aunque desde que tengo uso de razón existe un poderoso ‘lobby’ que presiona con el aplauso del mundo para que se ponga fin al celibato sacerdotal obligatorio.

Aunque los últimos papas se han resistido a esta insistente demanda, dos desarrollos han dado nuevos argumentos a estos grupos de presión: la aguda crisis de vocaciones en Occidente y los escándalos de abusos sexuales por parte del clero.

Lo segundo es, realmente, un argumento de doble filo. Querrían hacer ver que los abusos serían consecuencia de unos impulsos sexuales naturales que no encuentran salida en el celibato, pero eso se compadece mal con los casos concretos y más sonados, en los que las víctimas eran menores de edad y, con abrumadora frecuencia, varones, revelando tendencias a las que mal remedio podría dar el matrimonio.

El primer argumento tiene algo más de peso, y hace tiempo que dejó de ser un tabú debatir la conveniencia de ordenar ‘viri probati’ casados como solución parcial y de emergencia. El caso de los sacerdotes ex anglicanos solo puede animar este movimiento, y el área del Amazonas podría ser un excelente laboratorio para esta novedad.


Naturalmente, el objetivo de muchos es que del Amazonas se dé el salto al resto de tierras de misión y, finalmente, se convierta en el modo ‘estándar’ de sacerdocio. En tal caso estaríamos ante una enésima ‘innovación’ con capacidad de alterar significativamente la práctica eclesial católica.

sábado, 14 de octubre de 2017

¿Es la pena de muerte intrínsecamente mala ?


Infocatolica, el 12.10.17

Papa FranciscoSegún informa Vatican Insider, el Papa Francisco ha pronunciado un discurso sobre la pena de muerte en un encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, con ocasión del 25º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992.

En su discurso, el Papa Francisco ha afirmado que: “Se debe afirmar con fuerza que la condena a la pena de muerte es una medida inhumana que humilla la dignidad de la persona, sea cual sea el modo en que se lleve a cabo. Es en sí misma contraria al Evangelio, porque decide voluntariamente suprimir una vida humana que siempre es sagrada a los ojos del Creador y de la cual sólo Dios es en última instancia verdadero juez y garante. Ningún hombre, ni siquiera un asesino pierde su dignidad personal, porque Dios es un Padre que siempre está a la espera de que el hijo vuelva y, sabiendo que cometió un error, pida perdón y comience una nueva vida. A nadie, pues, se le puede quitar la vida, ni tampoco la misma posibilidad de una redención moral y existencial que redunde en beneficio de la comunidad”.

El Papa ha recordado que, en el pasado “el recurso a la pena de muerte aparecía como la consecuencia lógica de la aplicación de la justicia”. “Incluso en los Estados Pontificios se recurrió a este remedio extremo e inhumano, dejando a un lado la primacía de la misericordia sobre la justicia. Asumimos las responsabilidades del pasado y reconocemos que estos medios fueron dictados por una mentalidad más legalista que cristiana. La preocupación de conservar intacto el poder y la riqueza material llevó a sobrestimar el valor de la ley y a impedir profundizar en la comprensión del Evangelio”. “Por tanto, es necesario reiterar que, por grave que el delito haya sido, la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona".

De esto parece deducirse que la pena de muerte es intrínsecamente mala desde el punto de vista moral y, por tanto, no puede utilizarse legítimamente en ninguna ocasión. No es la primera vez que el Papa Francisco hace afirmaciones en este sentido. Ya hace dos años, declaró: ”Hoy en día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza […] La pena de muerte es contraria al sentido de la humanitas y a la misericordia divina, que debe ser modelo para la justicia de los hombres” (Carta a la delegación de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, 20 de marzo de 2015).

Para el Papa, sus palabras no suponen “ninguna contradicción” con las enseñanzas de la Iglesia, ya que “la defensa de la dignidad de la vida humana desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural siempre ha encontrado en la enseñanza de la Iglesia una defensa coherente y autorizada”.

En ese sentido, explicó que “la Tradición es una realidad viva y solo una visión parcial puede concebir el depósito de la fe como algo estático. ¡La Palabra de Dios no se puede conservar en naftalina como si se tratase de una vieja manta que debe protegerse de los parásitos! No. La Palabra de Dios es una realidad dinámica y viva que progresa y crece porque tiende hacia un cumplimiento que los hombres no pueden detener”. Por lo tanto, “la doctrina no puede preservarse sin progreso, ni puede estar atada a una lectura rígida e inmutable sin humillar la acción del Espíritu Santo".

Resulta muy difícil, sin embargo, conciliar estas afirmaciones, que presentan la pena de muerte como algo intrínsecamente malo, con la enseñanza tradicional de la Iglesia. En efecto, la Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia, el magisterio eclesial y los Doctores de la Iglesia siempre han considerado la pena de muerte como una posibilidad justa y lícita en algunas ocasiones, que puede incluso llegar a ser un deber para el Estado en ciertas circunstancias. Asimismo, resulta difícil tomar en serio la afirmación de que todos los papas, teólogos y santos anteriores tenían una “mentalidad más legalista que cristiana". Tampoco se entiende en qué sentido “crece” la doctrina cuando se afirma lo contrario de lo que ha afirmado siempre la Iglesia.

Nuevo Testamento:

“Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación. En efecto, los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal. ¿Quieres no temer a la autoridad? Obra el bien, y obtiendrás de ella elogios, pues la autoridad es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal” (Rm 13,1-4)

“Si he cometido alguna injusticia o crimen digno de muerte, no rehuso morir” (Hch 25,11)

“Pero el otro [malhechor] le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros la sufrimos con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, este nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,40-43)

San Clemente de Alejandría:

“Por la salud del cuerpo soportamos hacernos amputar y cauterizar, y aquel que suministra estos remedios es llamado médico, salvador; él amputa algunas partes del cuerpo para que no se enfermen las partes sanas; no es por rencor o maldad hacia el paciente sino según la razón del arte que le sugiere y nadie, por lo tanto, acusaría de maldad al médico por su arte. […] Cuando [la ley] ve a alguien de tal modo que parezca incurable, viéndolo ir por el camino de la extrema injusticia, entonces se preocupa de los otros para que no vayan a la perdición por obra de aquel, y como cortando una parte del cuerpo entero lo manda a la muerte” (San Clemente, Stromata)

San Agustín:

“Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes” (San Agustín, La Ciudad de Dios, lib. I, c. 21)

“Algunos hombres grandes y santos, que sabían muy bien que esta muerte que separa el alma del cuerpo no se debe temer; sin embargo, según el parecer de aquellos que la temen, castigaron con la pena de muerte algunos pecados, bien para infundir saludable temor a los vivientes, o porque no dañaría la muerte a los que con ella eran castigados, sino el pecado que podría agravarse si viviesen. No juzgaban desconsideradamente aquellos a quienes el mismo Dios había concedido un tal juicio. De esto depende que Elías mató a muchos, bien con la propia mano, o bien con el fuego, fruto de la impetración divina; lo cual hicieron también otros muchos excelentes y santos varones no inconsideradamente, sino con el mejor espíritu, para atender a las cosas humanas” (San Agustín, El Sermón de la Montaña, c. 20, n. 64).

Santo Tomás de Aquino:

“Se prohíbe en el decálogo el homicidio en cuanto implica una injuria, y, así entendido, el precepto contiene la misma razón de la justicia. La ley humana no puede autorizar que lícitamente se dé muerte a un hombre indebidamente. Pero matar a los malhechores, a los enemigos de la república, eso no es cosa indebida. Por tanto, no es contrario al precepto del decálogo, ni tal muerte es el homicidio que se prohíbe en el precepto del decálogo” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q.100, a.8, ad 3).

“Pues toda parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Y por esto vemos que, si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede inficionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien: cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma 1Co 5,6, un poco de levadura corrompe a toda la masa” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.64, a.2)

“Esta clase de pecadores, de quienes se supone que son más perniciosos para los demás que susceptibles de enmienda, la ley divina y humana prescriben su muerte. Esto, sin embargo, lo sentencia el juez, no por odio hacia ellos, sino por el amor de caridad, que antepone el bien público a la vida de una persona privada” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.25, a.6, ad 2)

San Alfonso María de Ligorio:

“DUDA II: Si, y en qué manera, es lícito matar a un malhechor.

Más allá de la legítima defensa, nadie excepto la autoridad pública puede hacerlo lícitamente, y en este caso sólo si se ha respetado el orden de la ley […] A la autoridad pública se ha dado la potestad de matar a los malhechores, no injustamente, dado que es necesario para la defensa del bien común” (San Alfonso María de Ligorio, Theologia Moralis)

“Es lícito que un hombre sea ejecutado por las autoridades públicas. Hasta es un deber de los príncipes y jueces condenar a la muerte a los que lo merecen, y es el deber de los oficiales de justicia ejecutar la sentencia; es Dios mismo que quiere que sean castigados” (San Alfonso María de Ligorio, Instrucciones para el pueblo)
Catecismo de Trento:

“Otra forma de matar lícitamente pertenece a las autoridades civiles, a las que se confía el poder de la vida y de la muerte, mediante la aplicación legal y ordenada del castigo de los culpables y la protección de los inocentes. El uso justo de este poder, lejos de ser un crimen de asesinato, es un acto de obediencia suprema al Mandamiento que prohíbe el asesinato”.

Catecismo de San Pío X:

“¿Hay casos en que es lícito quitar la vida al prójimo? Es lícito quitar la vida al prójimo cuando se combate en guerra justa, cuando se ejecuta por orden de la autoridad suprema la condenación a muerte en pena de un delito y, finamente, en caso de necesaria y legítima defensa de la vida contra un injusto agresor” (Catecismo de San Pío X, 415)

Inocencio III: Exigió a los herejes valdenses que reconocieran, como parte de la fe católica, que:

“El poder secular puede sin caer en pecado mortal aplicar la pena de muerte, con tal que proceda en la imposición de la pena sin odio y con juicio, no negligentemente sino con la solicitud debida” (DS 795/425, citado por Avery Dulles, Catholicism and Capital Punishment)
León XIII:

“Es un hecho común que las leyes divinas, tanto la que se ha propuesto con la luz de la razón tanto la que se promulgó con la escritura divinamente inspirada, prohíben a cualquiera, de modo absoluto, de matar o herir un hombre en ausencia de una razón pública justa, a menos que se vea obligado por necesidad de defender la propia vida” (León XIII, Encíclica Pastoralis Oficii, 12 de septiembre de 1881)
Pío XII:

“Aun en el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Entonces está reservado al poder público privar al condenado del «bien» de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su «derecho» a la vida” (Discurso a los participantes en el I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema Nervioso, n. 28, 13 de septiembre de 1952)

Juan Pablo II:

“Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo” (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, n. 56, 25 de marzo de 1995)

Catecismo de la Iglesia Católica:

“A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable. 

La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.2266-2267).


Podrían citarse cientos de testimonios más en el mismo sentido de Padres de la Iglesia, documentos magisteriales, grandes teólogos y santos, como por ejemplo San Juan Cristóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Efrén, San Ambrosio, San Hilario, San Roberto Belarmino, San Pío V, Pío XI, Inocencio I, San Dámaso, San Bernardo, San Jerónimo, Santo Tomás Moro, San Francisco de Borja, San Francisco de Sales, Francisco de Vitoria, San Felipe Neri, Francisco Suárez, Beato Duns Scoto y un larguísimo etcétera.

El Papa pide que se cambie el Catecismo para declarar inmoral la pena de muerte


catolicos-on-line, 12-10-17

En un nuevo paso en el camino marcado por san Juan Pablo II, el Papa Francisco ha declarado la pena de muerte «inadmisible» en cualquier circunstancia durante un discurso pronunciado en la tarde del miércoles con motivo del 25 aniversario del Catecismo de la Doctrina Católica, que marcó el cambio de rumbo hace un cuarto de siglo.

Según el Santo Padre, «se debe afirmar con fuerza que la pena de muerte es una medida inhumana que humilla, en todas sus formas, la dignidad de la persona» y «es, en sí misma contraria al Evangelio porque se decide voluntariamente suprimir una vida humana que es siempre sagrada a los ojos del Creador».

Por lo tanto, según Francisco, «es necesario confirmar que, por grave que pueda ser el delito cometido, la pena de muerte es inadmisible ya que atenta contra la inviolabilidad y dignidad de la persona humana».

Hace 25 años, Juan Pablo II sufrió fuertes críticas de los católicos de Estados Unidos al proclamar en el nuevo Catecismo que en la mayor parte de los países con un cierto nivel de desarrollo ya no se daban las circunstancias para condenar a nadie a la pena de muerte, por existir medios alternativos para impedir que la persona cometa nuevos daños.

El Papa Francisco afirma ahora que el texto debe modificarse de nuevo para excluir esa condena en todos los casos, recogiendo «no solo el progreso de la doctrina a cargo de los últimos Pontífices sino también la nueva conciencia del pueblo cristiano, que rechaza una pena que daña gravemente la dignidad humana».

En su discurso, el Papa reconoce que «en siglos pasados, la pena de muerte parecía la consecuencia lógica de la aplicación de la justicia», y lamenta que «por desgracia, también en el Estado Pontificio se recurrió a este remedio inhumano».

Según Francisco, ante esa desviación del Evangelio, «asumimos la responsabilidad del pasado y reconocemos que aquellos medios eran dictados por una mentalidad más legalista que cristiana».


Sus palabras hacían eco a la solemne petición de perdón por las culpas del pasado, realizada por el Papa Juan Pablo II y el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, en la basílica de San Pedro durante el Jubileo del Año 2000.

La nueva represión de los teólogos católicos


 Dan HITCHENS, periodista
catolicos-on-line, 13-10-17

Los católicos ortodoxos están enfrentando «persecución» - y no desde el ámbito secular, sino de sus propios compañeros creyentes. Esa es la sorprendente afirmación hecha la semana pasada por el profesor Josef Seifert, el filósofo y amigo cercano de san Juan Pablo II. Sus comentarios se hicieron eco de algunos comentarios recientes del Cardenal Gerhard Müller, quien declaró al National Catholic Register que los funcionarios del Vaticano y los profesores universitarios «vivían en un clima de gran temor». Seifert y el cardenal Müller solo están diciendo públicamente lo que muchos dirán en privado.

Al investigar para escribir este artículo, he escuchado de sacerdotes y académicos en cuatro continentes que, tan pronto como planteé el tema de la intimidación, pidieron inmediatamente declarar bajo anonimato. Algunos hicieron referencia a su necesidad de ganarse la vida o apoyar a una familia. Un profesor bromeó diciendo: «No estoy preparado para el martirio blanco» - un término teológico para la aceptación de grandes (pero no mortales) sufrimientos por causa de la fe.

Como sucede a menudo con las inquisiciones, es difícil determinar el crimen exacto, refiriéndose a las cuestiones que han causado tanta agitación recientemente. La Iglesia siempre ha enseñado que hay que confesar los graves pecados antes de recibir la Eucaristía, y que cuando el pecado es público -por ejemplo, el adulterio- el sacerdote debe negar la Comunión. Esas enseñanzas han sido desafiadas en los últimos años, y ambas partes han pedido el apoyo del Papa Francisco, además de inevitablemente traer al debate nuevas preguntas: ¿el adulterio es siempre un pecado grave? ¿se pueden hacer declaraciones generales sobre el pecado? Y así sucesivamente.

El caso de Seifert, descrito en su artículo de la semana pasada para First Things, muestra la seriedad del debate. Solo hace dos años la relación de Seifert con su arzobispo local, Javier Martínez de Granada, era el de admiración mutua. Seifert quedó impresionado por el enérgico liderazgo del arzobispo Martínez; el arzobispo nombró a Seifert a una cátedra especialmente creada en la Academia Internacional de Filosofía de Granada.

Todo cambió en abril de 2016, con la publicación de la exhortación apostólica del Papa Francisco Amoris Laetitia. La opinión de Seifert es que, aunque el texto «contiene muchos pensamientos hermosos y también verdades profundas», también es «potencialmente peligroso». Hay, por ejemplo, una frase ambigua que sugiere que la conciencia puede identificar lo que «por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios», y que «Dios mismo está reclamando» esta respuesta. Una implicación posible es que Dios podría estar pidiendo a alguien que continúe cometiendo adulterio porque es la «respuesta más generosa» y que dejar de pecar no es posible.

Seifert escribió un artículo para la revista Aemaet en el que dijo que esta implicación era tan peligrosa que esperaba que el Papa la descartara. El no afirmó que el Papa estuviese equivocado, sino que la frase debía aclararse. Por esto, dice, fue despedido por el arzobispo Martínez. Seifert afirma que el arzobispo no le dijo directamente: se enteró a través de unas pocas pistas y de una declaración pública en la que el arzobispo dijo que Seifert había «confundido la fe de los fieles». Seifert está tomando acciones legales por despido injusto. (La archidiócesis aún no ha respondido a una solicitud para comentar sobre el asunto).

Seifert no es el único ejemplo de un estudioso que choca con la jerarquía local. Un académico de Estados Unidos, que pidió no ser nombrado, ha sido hostigado por su obispo por sus críticas a Amoris Laetitia. Teme que su experiencia sea replicada en otras partes en formas abiertas o sutiles de coerción, una severa limitación de la libertad de expresión y un renovado esfuerzo por marginar a los católicos ortodoxos.

Amoris Laetitia, punto de inflexión

Amoris Laetitia parece haber sido un punto de inflexión. El texto es muy ambiguo, y diferentes lectores presentan interpretaciones muy diferentes. Así como los críticos literarios han discutido durante siglos los motivos y la vacilación de Hamlet, así es posible encontrar una variedad de significados en Amoris Laetitia - y así como Shakespeare, el Papa guarda silencio y parece contento en dejar que la discusión se desarrolle.

Esto podría haber sido parte de una nueva era de debate sin trabas - algo que el Papa parecía señalar al inicio del sínodo familiar en 2014, cuando dijo a los cardenales: «Una condición general y básica es esta: hablar honestamente. Que nadie diga: “No puedo decir esto, pensarán esto o esto de mí”».

Pero las declaraciones del Papa pueden haber creado un vacío de autoridad, en el que se han insertado figuras con sus propias agendas. Así que la historia del debate de la Iglesia desde Amoris Laetitia también ha sido una historia de silenciamientos y represiones.

Cuatro meses después de la publicación de la exhortación, 45 sacerdotes y teólogos firmaron una carta al colegio de cardenales. El documento identificó algunas de las interpretaciones menos ortodoxas de Amoris Laetitia -las obviamente contrarias a la enseñanza de la Iglesia- y sugirió que el Papa podría condenar estas lecturas. No acusaba al Papa de propagar errores; de hecho, ni siquiera se dirigió al Papa, sino que pidió a los cardenales que consideraran hacerle la petición.

Pero cuando se filtró la carta, algunos de los firmantes se enfrentaron a la presión. Uno, el monje cisterciense P. Edmund Waldstein, retiró su firma a petición de su abad. Otro sacerdote fue visitado por su obispo para presionarle. Un tercer signatario fue degradado de un cargo de superior en su universidad, y evitó por poco perder su trabajo principal. (Estos tres últimos no pueden ser nombrados, por razones obvias.)

Mientras esto ha estado sucediendo, muchos funcionarios del Vaticano están viviendo atemorizados en sus trabajos. El cardenal Gerhard Müller, que hasta este año fue el principal funcionario doctrinal del Vaticano, me comentó que esto es «una reacción natural a los despidos mal comunicados e injustificados de cooperadores competentes». Durante el mandato del cardenal, tres funcionarios de su Congregación para la Doctrina de la Fe fueron despedidos sin su consentimiento.

Muchos de los que han pasado tiempo en el Vaticano, permanentemente o temporalmente, hablan de una atmósfera de miedo. Anna Silvas, que enseña en la Universidad de Nueva Inglaterra, estuvo en Roma en abril para una conferencia que planteó preguntas sobre los posibles peligros de Amoris Laetitia. La tarde antes de que comenzara la conferencia, cinco de los oradores estaban en un restaurante cuando un joven sacerdote se acercó a su mesa. Él bendijo la comida y a los académicos que estaban presentes, luego hizo una pausa para decir algo. «El mensaje que recibí de él», recuerda Silvas, «fue: “Hay muchos sacerdotes y obispos allá afuera, detrás de todo esto, ocultos. Ellos están muy interesados ​​en lo que tienen que decir. Pero no pueden mostrarse en la conferencia porque sus identidades podrían ser notadas y registradas. Podría haber repercusiones». El sacerdote agregó: «Que ustedes que son académicos leales sean lo suficientemente valientes como para hablar en la situación actual, les diría que es un signo de predilección», es decir, de favor divino.

El silencio de los obispos, un escándalo para los laicos

A petición, Silvas había emprendido una lectura seria de Amoris Laetitia a un mes de su publicación. Su artículo (crítico) finalmente alcanzó a una audiencia mundial. Recientemente, escuchó de un obispo - ella prefiere no decir de qué país - que le dijo que cuando leyó el artículo estaba muy enojado. «Pero, dijo, con todo lo que ha sucedido desde entonces, ahora considera todo lo que dije como absolutamente cierto. También había experimentado de primera mano la atmósfera tóxica de la intimidación. Le pregunté: “¿Y el silencio de los obispos? Es un escándalo para nosotros, los fieles laicos”. “Pero, por supuesto todos tenemos miedo”».

La atmósfera puede haber empeorado después de la publicación de la dubia, en la que cuatro cardenales (dos de los cuales han muerto desde entonces) le preguntaron al Papa Francisco si reafirmaría las enseñanzas tradicionales sobre la comunión y la ley moral. No hubo respuesta, y los partidarios del Papa han acusado a los cardenales de deslealtad.

Mons. René Henry Gracida, obispo jubilado, cree que los despidos del cardenal Müller y del cardenal Raymond Burke -que ambos habían proclamado la enseñanza tradicional- han hecho que otros prelados tengan demasiado miedo para decir algo. «¿Por qué están en silencio?», Pregunta. «No parece haber otra explicación a que no quieren sufrir la humillación experimentada por los cardenales Burke y Müller, entre otros. Y esos obispos que aspiran al solideo escarlata no quieren poner en peligro sus posibilidades».

El carrerismo, un obstáculo

El obispo Gracida señala que el carrerismo es algo en contra de lo que el propio Papa ha advertido a menudo; lo mismo hizo Jesús, cuando recordó a Santiago y a Juan que la Cruz, no la gloria terrenal, es el camino del discípulo cristiano. «A lo largo de la historia de la Iglesia los hombres han sido tentados a dejar que la ambición de promoción, el carrerismo, proyecten una oscura sombra sobre su ministerio», dice el obispo.

El obispo Gracida ha firmado la reciente «corrección filial» del Papa, junto con más de 200 académicos y pastores. La «corrección» dijo que las acciones del Papa podrían ayudar a las herejías a difundirse. Por ejemplo, el año pasado, los dos obispos de Malta emitieron un documento que afirmaba que el adulterio podría ser inevitable. Esto fue publicado en el periódico del Vaticano, y un representante del Papa felicitó a los obispos malteses por el texto. La «corrección» sugirió que esta forma de actuar había ayudado a crear confusión sobre la enseñanza católica.

Claudio Pierantoni, profesor de filosofía de la Universidad de Chile, dijo a LifeSiteNews que había pedido a 10 colegas académicos que se unieran a él para firmar la «corrección». Siete, según él, le dijeron que le gustaría, pero estaban demasiado asustados. El padre Ray Blake, un sacerdote inglés, escribió en un blog que la «cobardía» lo retuvo: «Lo admito, tengo miedo de firmar y conozco a otros sacerdotes que comparten mi miedo».

El P. Cor Mennen, que da conferencias en el Seminario Mayor de la Diócesis de Bolduque en los Países Bajos, escribió en su blog: «Hay muchas personas que están de acuerdo con la corrección, pero por diversas razones quieren mantener un perfil bajo. Hay una atmósfera de miedo, y el “exilio” siempre está por delante».

Le pregunto al P. Mennen cuántos están de acuerdo. Su respuesta me sorprende: «Creo que la mayoría de los obispos holandeses están a favor de la corrección filial, al igual que muchos sacerdotes-ciertamente la mayoría de los más jóvenes-, pero la gente tiene miedo de Roma, temerosos de sus posiciones».

Algunos responderán a todo esto con un encogimiento de hombros. ¿No es solo la otra cara de lo que le sucedió a ciertos teólogos liberales bajo los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI? Y existe el riesgo, al presentar estas historias, de dar la impresión de que personas como Josef Seifert tienen razón simplemente porque son perseguidas. Pocas cosas son más tediosas en el debate moderno que la lucha por ganar el argumento alegando el estatus de víctima.

Dicho esto, hay diferencias importantes entre el pasado y el presente. Como señala Michael Sirilla, de la Universidad franciscana de Steubenville: «A raíz de Humanae Vitae, muchos de los sacerdotes y teólogos que temían represalias rechazaban la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la inmoralidad intrínseca de los actos anticonceptivos. Ahora, sin embargo, el temor es de aquellos sacerdotes y teólogos que se adhieren sin tregua a la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la inmoralidad del divorcio y el nuevo matrimonio y sobre las condiciones para una recepción digna de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos de ellos temen que sus vecinos locales revocen su mandatum [la aprobación del obispo para enseñar] o sus facultades sacerdotales».

Hay otra diferencia. Aquellos disciplinados bajo Juan Pablo II podían esperar una audiencia comprensiva en la prensa secular, y a menudo - como Hans Küng - pasó a disfrutar de carreras exitosas fuera de las instituciones católicas oficiales. Sin embargo, para las figuras silenciadas de la Iglesia de hoy, ninguna institución secular apoyará su causa; y creen que podrían enfrentar la ruina financiera si sus superiores la toman contra ellos.

«Muchos académicos», dice un profesor, «simplemente estamos resistiendo en silencio: enseñamos la verdad en el aula sin hacer alboroto al respecto. Pero muchos de nosotros sospechamos que, aun así, nuestros días en las instituciones de la Iglesia están contados».

Algunos creen que la fortaleza de los argumentos justifica su causa. «No hay buenos argumentos en contra de nuestra posición», dice un teólogo. Otros se consuelan de la vida de San Atanasio, que entre los obispos del siglo IV estaba casi solo contra la herejía arriana, y soportó el exilio, los atentados contra su vida y hasta la excomunión del Papa.

Pero el paralelo no es exacto: muchos obispos han reafirmado la enseñanza tradicional católica contra la comunión de quienes viven en adulterio.

El cardenal Müller cree que las cosas no son tan dramáticas como algunos lo ven. «Hay muchos obispos que son muy claros», dice. El cardenal espera que los católicos puedan «superar discusiones polémicas» y «hablar la verdad con respeto y sensibilidad pastoral para quienes están en dificultades en su vida matrimonial y familiar».

Encontrar una solución no puede dejar por fuera la ortodoxia


El cardenal Müller también sugiere que el camino a la paz está en un compromiso compartido con la ortodoxia. «Nadie que interprete Amoris Laetitia en el contexto de la tradición ortodoxa debe ser disciplinado», dice. «Solo si uno niega los principios de la fe católica puede ser censurado. La carga de la prueba recae en aquellos que quieren interpretar Amoris Laetitia de una manera heterodoxa que está en contradicción con las palabras de Jesús y las decisiones dogmáticas del Magisterio». Y la doctrina y el cuidado pastoral no pueden ser separados, dice: «Jesucristo es al mismo tiempo el maestro del Reino de Dios y el buen pastor que da su vida por las ovejas».

lunes, 25 de septiembre de 2017

¿POR QUÉ EL DISCERNIMIENTO ESTÁ REEMPLAZANDO A LA DOCTRINA?



por CARLOS DANIEL LASA

• JUNIO 10, 2017  ¡FUERA LOS METAFÍSICOS!

Hace un tiempo publicamos un artículo titulado “Doctrina y discernimiento en la Iglesia Católica”. Allí nos ocupábamos de comentar una entrevista hecha al General de los jesuitas, al Padre Arturo Sosa. Este sacerdote sostiene que: “La Iglesia se ha desarrollado durante siglos, no es un pedazo de cemento armado… ha nacido, ha aprendido, ha cambiado… para esto se hacen los concilios ecuménicos, para puntualizar los desarrollos de la doctrina. Doctrina es una palabra que no me agrada mucho ya que conlleva en sí la dureza de la piedra. Por el contrario, la realidad humana es más matizada, no es jamás blanca o negra, es un desarrollo continuo…”. Ante esta anterior afirmación, el entrevistador Rusconi le pregunta: “¿Existe una prioridad de la praxis del discernimiento sobre la doctrina?” Y Sosa le responde: “Sí, aunque la doctrina forma parte del discernimiento. Un verdadero discernimiento no puede prescindir de la doctrina”.

Veamos: ¿por qué, para el Padre Sosa, existe una prioridad de la praxis del discernimiento sobre la doctrina (o, simplemente, manifiesta un evidente desagrado para con esta última)? Pareciera que la doctrina no le resulta particularmente agradable por cuanto la misma es sinónimo de dureza, de inmovilismo y, por esta razón, se le presenta como opuesta a una vida que es movimiento, desarrollo continuo. El discernimiento, en cambio, va asumiendo ese desarrollo o movimiento incesante, permitiendo, en consecuencia, que la Iglesia siempre esté presente en la vida de los hombres y de los pueblos. Y como en esta postura el discernimiento es acto primero, el mismo va a ejercer cambios profundos en la doctrina para ponerla en consonancia con la vida de los hombres y de los pueblos.

Cabe preguntarse: ¿qué presupuestos filosóficos anidan en esta posición del Padre Sosa?

No nos cabe duda alguna que la postura que se esconde detrás de la doctrina actual del discernimiento es una razón, que calificaríamos como romántica, y que encuentra en Herder a su principal mentor. Herder, al igual que los románticos, se oponen a una visión fragmentada propia del iluminismo, el cual establece una escisión entre razón y sentimiento, cuerpo y alma. Para ello, Herder asumirá la categoría de expresividad como la noción central de su pensamiento. Así, entonces, tanto la vida humana como su actividad serán consideradas como expresiones. Aquí es preciso advertir que esta doctrina no implica una vuelta a la metafísica (como si la expresión fuese concebida como una manifestación de un orden ideal que existe de un modo independiente del pensar y del querer del hombre, quien está llamado a realizarlo): para el romántico, expresión no es sino la concretización, en la realidad externa, de algo que sentimos o deseamos.

Esta teoría expresivista de Herder permite la difusión de una concepción que sostiene que, tanto el individuo como cada pueblo, tienen su propia manera de ser. Para este expresivismo, entonces, la idea que realiza el hombre no está determinada de antemano, como en Aristóteles, sino que estará completamente fijada cuando llegue a su cumplimiento ‒de allí la singularidad de cada hombre y de cada pueblo‒. Pero hay más. El expresivismo añade esto: que la realización de una forma mediante la acción, clarifica o determina lo que esa forma es. Tanto el sujeto como el pueblo sólo pueden clarificar sus aspiraciones, sus propósitos, al manifestarse.

La realización de la forma permite, además, develar su sentido. La auto-conciencia sólo se alcanza luego de la expresión, esto es, luego de la realización en la realidad externa de algo que sentimos o deseamos. Aparece, como puede advertirse, una nueva idea de racionalidad: ésta ya no es principio de conformidad con el orden eterno de las cosas, manifestado en la naturaleza, sino auto-claridad (Besonnenheit). Sólo en la expresión se alcanza la completa mismidad y sólo en ella conquistamos la libertad; ser libre, así, equivale a la auto-realización. La verdad no es previa al desarrollo: sólo se alcanza en la realización.

Lo referido nos pone de manifiesto que en el expresivismo reside un a priori: todo sujeto, sea individual o colectivo, que se auto-realice y auto-esclarezca, debe ser reconocido como valioso intrínsecamente.

De lo dicho hasta el momento puede advertirse que el punto de partida de esta concepción no es el ser (objeto propio de la metafísica) sino el modo de ser de cada hombre y de cada pueblo. Pero entonces, si la inteligencia humana no puede encontrarse jamás frente al ser como principio constitutivo de todo lo que es, sino frente a diversos modos de ser, históricos y situados, entonces resulta imposible a esta inteligencia adquirir verdades que tengan validez universal y necesaria y que sean trans-históricas: la inteligencia será capaz de conocer categorías aplicables sólo a un determinado modo de ser e imposible de transferir a otros. Si no hay ser sino sólo modos del ser, entonces no pueden existir principios comunes a todo lo que es. La universalidad de la verdad, en consecuencia, cede su puesto a un conocimiento regional e histórico, expresión de un modo de ser concreto.

La reflexión teológica, consecuentemente, ya no podrá partir de verdades eternas, trans-históricas, que existan por encima de los modos del ser; la reflexión teológica pasará a ser una meditación situada, encarnada en la vida peculiar de cada pueblo, de cada comunidad histórica. Y como cada pueblo, en tanto que es, es, a la vez, verdadero y bueno, en él reside una sabiduría de la cual es preciso echar mano para realizar una inteligencia de la fe cristiana (que, en tanto encarnada, sufrirá los avatares cambiantes del hacerse de los pueblos).

Este será el trabajo de discernimiento que deberá realizar esta nueva Iglesia. Esta nueva “teología”, de impronta romántica, conlleva una nueva noción de ser y de verdad que da lugar a una fragmentación de la fe y de la vida de la Iglesia. Para esta visión particularizada de la fe, la doctrina de la Iglesia Católica predicada durante dos mil años se presenta como el enemigo a vencer por cuanto la misma es manifestación de unidad y no de diversidad. Para horadarla será preciso alentar los diversos modos de expresar y vivir la fe católica.


Cuando el cristiano viva, practique esta diversidad esencial, la fe común y universal de la Iglesia pasará a ser una pieza de museo y, si bien es cierto que la Iglesia podrá hacerse una con el mundo, no podrá evitar conducirse a su propio suicidio.

viernes, 22 de septiembre de 2017

La modificación de la Humanae vitae

podría causar daños incalculables a la Iglesia

(InfoCatólica), 21-9-17

Cualquier decisión papal que ponga en tela de juicio la prohibición de la Iglesia sobre la anticoncepción artificial, ya sea expresa o implícitamente, haría «un daño incalculable al magisterio de la Iglesia», advirtió un especialista en teología moral.

El P. George Woodall, profesor de teología moral en el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum de Roma, también expresó su preocupación porque una comisión encargada de examinar y revisar la encíclica Humanae Vitae del Beato Pablo VI provoque «serios problemas» si la «revisión», aboga por excepciones que permitan la anticoncepción artificial en oposición a la enseñanza moral de la Iglesia.

Dijo que también debilitaría la capacidad de la Iglesia para combatir el relativismo moral y desencadenaría «una nueva crisis pastoral al menos tan grave» como la que siguió a la publicación de la encíclica que conmemora su quincuagésimo aniversario el próximo año.

La reafirmación de Pablo VI respecto a la enseñanza infalible de la Iglesia de que el uso de anticonceptivos es «intrínsecamente desordenado» llegó en un momento en que el mundo occidental estaba adoptando la anticoncepción de manera generalizada, convirtiéndola en una de las encíclicas más controvertidas y resistidas de la historia de la Iglesia.

Inmediatamente muchos clérigos y académicos rechazaron rotundamente las enseñanzas de Humanae vitae.

Caracter profético de la Humanae Vitae

Muchos, sin embargo, defienden vigorosamente como profético el carácter de la Humanae Vitae, argumentando que la aceptación generalizada del control artificial de la natalidad ha separado los propósitos unitivos y procreadores de las relaciones sexuales, llevando a la sexualización de la cultura en Occidente, la promiscuidad, el aborto legalizado, el colapso del matrimonio, e infligiendo un profundo daño a la familia.

A medida que se acerca el 50 aniversario de la promulgación de la encíclica, varios intentos de algunas de las figuras más importantes de la Iglesia están ahora en marcha para desafiar la encíclica.

Preocupaciones del padre Woodall

A este respecto, el P. Woodall ha explicado sus preocupaciones, centrándose en los peligros de que cualquier revisión utilice la misma clave interpretativa de Amoris laetitia, afirmando erróneamente que aunque la práctica pastoral se ha alterado, la doctrina sigue siendo la misma.

Ha habido importantes acontecimientos desde la encíclica de Pablo VI, en particular la confirmación por parte de Juan Pablo II de su cuerpo doctrinal en la Familiaris Consortio y su intento de proporcionar un fundamento antropológico y una explicación doctrinal de la encíclica en lo que comúnmente es llamado «teología del cuerpo». Varios aspectos de esta doctrina han sido incorporados al texto de Amoris laetitia. No habría ninguna dificultad en anticiparse a una comisión destacando estos aspectos porque están en completa armonía con la doctrina de Pablo VI.

En Amoris laetitia se ha prestado considerable atención a la naturaleza del amor conyugal, a los diversos factores que deben considerarse para evaluar si una persona tiene o no una vocación matrimonial, a lo que implica vivir esa vocación a través de los años y a través de las diversas etapas de la vida matrimonial. La exhortación contiene una sección sobre la fecundidad, que trata en gran medida un amplio concepto de la fecundidad del matrimonio en general, en términos de enriquecer a la pareja, a la familia y a la sociedad. No hay nada especialmente nuevo en estas reflexiones, pero son útiles a nivel pastoral. Nada en estos enfoques está necesariamente en desacuerdo con la Humanae vitae y se podría esperar que la compatibilidad de la reciente exhortación con la encíclica de Pablo VI fuera sacada a relucir por la comisión.

Los puntos precisos de la doctrina en la Humanae vitae que se podría esperar serían objeto de escrutinio sería el principio de la inseparabilidad de los significados unitivos y procreativos del acto conyugal (HV, 12), declarado por Pablo VI como la base de la condena para la anticoncepción artificial (HV, 14), la enseñanza de que todo acto conyugal debe permanecer abierto a la procreación (HV, 11), la condena de la anticoncepción artificial como intrínsecamente y moralmente desordenada y por lo tanto incapaz de justificarse bajo la excusa de la «buena intención» o en circunstancias apremiantes sobre la base de que podría ser un mal menor, o que podría participar de la bondad de los actos conyugales antes, y durante toda la vida matrimonial, debido a que aquello que es intrínsecamente desordenado nunca se debe cometer ni siquiera con «buena» intención (HV, 14). A esto se añade que la enseñanza constante del Magisterio en esta materia es inmutable porque el Magisterio no tiene poder para decidir lo que es verdad, sino solo para proclamarlo (HV, 6, 18).

Si la comisión recomendara y si el Magisterio enseñara formalmente que las «normas morales objetivas» como éstas, y otras en la Humanae vitae, deberían ser rechazadas o, probablemente, no deberían ser interpretadas de manera legalista, ni ser impuestas como cargas a las parejas incapaces de soportarlas por quienes desean arrojar pedradas a las personas en dificultades, sino que deben ser presentadas como meros «ideales» que los matrimonios deben tratar de cumplir, pero que no podrían ser capaces de cumplir siempre en circunstancias apremiantes y que , para bajo una «buena» intención y quizás a través del discernimiento, asistido por un pastor a la luz de sus circunstancias «únicas», podrían violar, dejar de lado o interpretar creativamente, lo cual, ocasionaría graves problemas.

Esta «revisión» de la Humanae vitae implicaría una revisión igualmente radical de la Veritatis Splendor, que rechazaba el consecuencialismo, el proporcionalismo y una interpretación «creativa» de la conciencia moral entre otros graves errores que afligen la teología moral reciente y reafirmó firmemente la enseñanza de que elegir deliberadamente qué es moralmente desordenado, el objeto moral del acto, incluso bajo una buena intención en circunstancias apremiantes, haría el acto inmoral (VS, nn 75-78) y que algunos actos, incluyendo la contracepción, eran de naturaleza intrínsecamente inmoral, de tal manera que nunca podrían ser «ordenados» al verdadero bien de los seres humanos o a Dios y a su voluntad (VS, nn 79-83).

El «enfoque pastoral» de la «gradualidad» sería muy problemático si implicaba la idea de que las normas de la Humanae Vitae no se aplicaban realmente a algunas parejas porque, en sus circunstancias, no se podía esperar que las respetaran; sugiriendo que ahora podrían no respetarlas como parte de un plan de no violarlas en el futuro según la gradualidad de la ley, no la ley de la gradualidad, en la que alguien se esfuerza por seguir la verdad expresada en la norma, cuyos pecados él o ella se arrepienten y son menos que en el pasado, se animan a renovar el compromiso de vivir plenamente esa verdad. El rechazo de la gradualidad de la ley y la aceptación de la ley genuina de la gradualidad apareció en Familiaris consortio (34).

Puede ser improbable que exista una negación explícita de las doctrinas clave de Humanae vitae y / o de la Veritatis Splendor, pero la situación sería muy grave en mi opinión si alguna recomendación de la comisión fuera incorporada en de una manera magisterial formal , que implicase o parezca implicar tal negación, y cuya ambiguedad la haga parecer incompatible con las doctrinas recién mencionadas. La crisis pastoral que rodeaba a Humanae vitae era grave, pero una nueva crisis pastoral por lo menos tan grave sería desencadenada, lo cual implicaría un grave daño al respeto al Magisterio dentro de la Iglesia Católica.

Ese sería el resultado de la comisión, si fuera aprobado y promulgado en la enseñanza magisterial formal, a menos que el Magisterio fuese capaz de ofrecer una explicación muy convincente de cómo esto no contradiría las doctrinas de una o ambas de estas encíclicas principales, doctrinales y pastorales.

Una negación formal o implícita, la contradicción o el descarte de lo que Pablo VI y Juan Pablo II enseñaron, en plena armonía con la tradición centenaria de la doctrina moral católica de la teología moral, podría llevar a la afirmación de que el actual pontífice debe ser seguido en contra sus predecesores. Una norma moral enseñada por el Magisterio requiere un obsequio religioso de la voluntad y el entendimiento, pero tal afirmación se reduciría entonces a obediencia ciega a la voluntad de un papa o del Magisterio actual en contradicción con la del Magisterio moral anterior - obediencia a la mera voluntad de un superior (voluntarismo) lo cual está totalmente desacreditado porque es contrario a la razón.

Tampoco se puede comparar con un mero cambio disciplinario, como el color de las vestiduras, la fecha de una fiesta o las reglas del ayuno, porque involucra la verdad moral. La explicación de que las cosas han cambiado entretanto no convencería tampoco porque la verdad moral objetiva no es cambiante en sus aspectos esenciales; precisamente ese relativismo fue condenado en Veritatis splendor. El Magisterio no puede inventar la verdad moral. No puede contradecirla, sino que está vinculado a ella, al Evangelio de Cristo, a la Revelación, a las verdades dogmáticamente definidas y a las doctrinas constantemente enseñadas que se han propuesto definitivamente para la Iglesia universal.


Si una decisión, como consecuencia de la comisión, pusiera esto en tela de juicio, expresa o implícitamente, a mi juicio, sería un daño incalculable para el Magisterio de la Iglesia, el respeto por el Magisterio Católico y a la capacidad de la Iglesia en su Magisterio para enseñar eficazmente la doctrina moral en general y la misión de la Iglesia para combatir el relativismo moral que es la plaga del mundo contemporáneo.