sábado, 3 de diciembre de 2016

El Cardenal Muller recuerda

que siguen vigentes las enseñanzas de la Iglesia sobre la comunión de los divorciados

catolicos-on-line, 2-12-16

El cardenal Gerhard Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha declarado en una entrevista a Kathpress que su dicasterio no puede responder a las preguntas -dubia- enviadas por cuatro cardenales al Papa. El cardenal, sin embargo, ha recordado la respuesta que el cardenal Ratzinger dio en 1994 sobre la cuestión de los divorciados vueltos a casar.

El cardenal Müller ha recordado en una entrevista a Kathpress que su dicasterio habla y actúa «con la autoridad del Papa» y no puede tomar parte «en una diferencia de opinión».

El Prefecto ve el peligro de la «polarización» entre dos campos de la Iglesia y explica que la carta fue dirigida directamente al Papa antes de su publicación y que Francisco aún puede otorgar la autoridad a la Congregación para la Doctrina  de la Fe (CDF) para que resuelva las tensiones. La CDF es la encargada de resolver todos los asuntos relacionados con la Fe en la Iglesia Católica y por lo tanto es la máxima autoridad en el asunto tras el Obispo de Roma.

«Por el momento es importante que nos mantengamos enfocados en el objetivo y que no nos dejemos llevar por polémicas y mucho menos crearlas», asegura el cardenal Müller. Pero aunque no se pronuncia explícitamente respecto a los pasajes de la Amoris Laetitia que han creado confusión, el Prefecto recuerda que los documentos pontificios no pueden ser interpretados de una forma que contradiga documentos anteriores publicados por otros Papas, o por la propia CDF por mandato pontificio.

En relación a la admisión a la comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar, el cardenal Müller cita un documento de la CDF de 1994, en el cual se respondía a tres obispos alemanes sobre el mismo tema. En esta respuesta, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, negaba la posibilidad de que los obispos permitieran la comunión a las parejas en cuestión. Este es el documento magisterial citado:

Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepció de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar.


La indisolubilidad del matrimonio, ha enfatizado el cardenal alemán, debe ser «el fundamento inquebrantable de la enseñanza en todo acompañamiento pastoral».

Silencio administrativo


 Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 2-12-16

Cuatro cardenales, los cuatro de gran importancia aunque tres de ellos estén jubilados, hicieron cinco preguntas al Santo Padre (el nombre técnico de este tipo de consultas es “dubia”), lo cual es frecuente y entra dentro de los derechos y deberes de todos los obispos del mundo. Al no haber recibido respuesta, dos meses después, decidieron publicar dichas preguntas, para informar al pueblo de Dios y para dejar constancia de la inquietud que hay en un sector de la Iglesia sobre la interpretación que algunos están dando a la “Amoris laetitia”.

La cuestión de fondo es si puede haber excepciones que permitan comulgar a una persona divorciada y casada por lo civil, o casado con alguien que está en esa situación. Es decir, se preguntaba sobre la objetividad del mal moral y si determinadas circunstancias hacen que lo que es objetivamente malo no pueda ser imputado subjetivamente como tal al que lo comete. La Teología moral, como ha recordado el Papa, siempre han admitido que para que haya pecado tiene que haber, entre otras cosas, libertad a la hora de actuar (por ejemplo, una mujer violada no comete pecado, aunque esté teniendo sexo fuera del matrimonio, porque no tiene libertad para rechazarlo). El problema no es, pues, el del ejercicio de un sano y prudente discernimiento -que, como dije desde el primer momento en que apareció la “Amoris laetitia”, ha sido la práctica habitual en la Iglesia-; el problema está en que una vez abierta la puerta, aunque sea a través de una pequeña rendija, ésta ya queda abierta y ahora es cuestión de ir ampliando esa apertura poco a poco. Es decir, el problema es que si eso se admite, no tardará en plantearse -de hecho, algunos lo hicieron incluso en el Sínodo-, que se permita comulgar a los que viven sin casarse o a los homosexuales que vivan en pareja, y esto sólo para empezar, pues luego se ampliará el concepto a los implicados en un aborto, en una eutanasia o incluso en casos de corrupción o de terrorismo. Cuando la subjetividad se convierte en norma, nos encontramos ante una “moral de situación”, que fue condenada por Pío XII, o ante una reedición de la “moral de actitudes”, que fue condenada por San Juan Pablo II. Este es el problema de fondo y no es un problema cualquiera. No hay que olvidar que, en el debate organizado por varias conferencias episcopales en la Universidad Gregoriana, entre Sínodo y Sínodo, un teólogo llegó a pedir públicamente que la Iglesia renunciara a todo tipo de moral sexual -es decir, que aceptara que en el sexo todo vale-, y que sólo se condenaran aquellos actos que han sido exigidos con violencia. Ese es el objetivo al que se quiere llegar y lo que se está debatiendo ahora es si se abre o no la puerta, aunque ésta no se abra de par en par de un golpe.

En este debate, ya larguísimo, se suceden las intervenciones de unos y otros. Las de aquellos que defienden la moral católica tradicional, la que ha estado en vigor desde Cristo, es mesurada y no ofensiva. La de algunos de los que se les oponen y claman por la aniquilación de dicha moral, es agresiva. Que un obispo llegue a llamar herejes a unos cardenales por atreverse a preguntar, es desproporcionado. Más aún lo es que un famoso periodista jesuita llame al cardenal Burke en un tweet “gusano idiota”. Con razón algunos comentaristas han dicho que esos insultos denotan nerviosismo, lo cual significaría que, a pesar de tener, supuestamente, el poder no están seguros de ganar. Y es que cargarse dos mil años de Teología moral de un golpe no es fácil, ni siquiera contando con el apoyo masivo de los medios de comunicación y de todo el poder del nuevo orden mundial.

Así las cosas, ha hablado por fin alguien que está directamente implicado en el tema. Me refiero al cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si bien las preguntas de los cuatro cardenales fueron hechas al Papa, la respuesta debía venir a través de dicha Congregación. Müller ha recordado que él no puede responder si el Papa no le dice que lo haga. Pero es que esto mismo ya es una respuesta, porque además ha dicho claramente que los documentos pontificios no pueden ser interpretado de una forma que contradiga los documentos pontificios anteriores. O sea que el cardenal Müller lo que acaba de recordar es que también en la Iglesia está vigente el principio del “silencio administrativo”. Cuando no hay respuesta a una pregunta no significa en realidad que no exista tal respuesta, sino que está en vigor la respuesta anterior, si es que la hubiera. Como de hecho sí la hay, y ésta es clara y abundante, hay que deducir que todo lo enseñado por los Pontífices anteriores, basado explícita y claramente en las enseñanzas de Cristo, recogidas y explicitadas por San Pablo, sigue en vigor. El “silencio administrativo” da la razón a los que han hecho las preguntas.


Y ahora, digo yo, ¿podríamos zanjar este asunto y dedicarnos a evangelizar a todos los hombres, empezando por aquellos que se encuentran en situaciones irregulares? Para que la gente vuelva a la Iglesia, lo que importa no es que la puerta esté más o menos abierta, sino que descubran que lo que hay dentro -Cristo-, merece la pena; cuando lo descubran, incluso aunque la puerta estuviera cerrada -que no lo está-, entrarían por la ventana. Y si no lo descubren, por muy supuestamente abierta que esté, no van a querer entrar. Ahí está el ejemplo de lo que sucede en Alemania: en la práctica ya se da la comunión a los divorciados vueltos a casar y a otros muchos que no podrían recibir el Cuerpo de Cristo, y sin embargo cada vez va menos gente a la Iglesia. 

Así acabará el drama de los dubia


 Mark DREW, sacerdote

El Papa está en una posición difícil. Si declarara que los principios enseñados por San Juan Pablo II ya no forman parte de la enseñanza de la Iglesia, causaría un terremoto teológico.

El Papa Francisco ha declinado contestar a cuatro cardenales dudas sobre su enseñanza sobre el matrimonio. La Iglesia está ahora en un territorio inexplorado.

Pronosticar es un pasatiempo peligroso para los comentaristas y en el papado del papa Francisco el negocio de hacer predicciones parece especialmente peligroso. El pasado abril, cuando Francisco promulgó un documento llamado Amoris Laetitia (La alegría de amar), advertí a los lectores que esperasen controversia continuada alrededor de una pregunta no contestada. Ahora se ve que no estaba equivocado.

La pregunta no contestada era la que se debatió acaloradamente en los dos sínodos de los obispos mantenidos en 2014 y 2015 – esto es, si los católicos divorciados vueltos a casar podrían ser admitidos a la Eucaristía en ciertas circunstancias. En los sínodos la propuesta, fomentada por prelados seleccionados cuidadosamente por Francisco, afrontó una fuerte oposición de muchos obispos y fracasó al no conseguir el consenso necesario. El documento producido por el encuentro de 2015 salió con una fórmula ambigua, esencialmente esquivando el asunto.

Después del sínodo todos los ojos estaban puestos en Francisco para ver si intervendría con una decisión clara. Los papas suelen publicar exhortaciones post-sinodiales después de estas reuniones. La mayoría son anodinas y se olvidan pronto, pero esta levantó esperanzas y ansiedades febriles en una Iglesia polarizada. Cuando llegó, los lectores hojearon con impaciencia las más de 300 páginas para encontrar la ansiosamente esperada respuesta. Esta respuesta, escondida en dos notas al pie, era de nuevo ambigua.

Los últimos seis meses a veces ha parecido una guerra de desgaste. La controversia se ha centrado principalmente en como han de ser interpretadas las palabras del Papa. Algunas conferencias episcopales nacionales – Alemania, por ejemplo – parecen más o menos unidas a favor de liberalizar la disciplina, mientras que otras – como Polonia – insisten en que nada ha cambiado. Los obispos de Buenos Aires presentaron un documento sugiriendo que ahora el camino para la Comunión para los divorciados vueltos a casar está abierto en algunos casos en que la culpa subjetiva podría haber disminuido. El Papa respondió con una carta privada recomendando esta interpretación como la buena. En lo que se ha convertido en un aspecto familiar de las disputas alrededor de las reales intenciones del papa, el intercambio supuestamente privado fue filtrado, un intento transparente de dar impulso al la tendencia liberalizadora.

La división no es solo entre grupos nacionales; también divide internamente a conferencias episcopales. El arzobispo Charles Chaput de Filadelfia publicó normas para su diócesis que dejaban claro que la disciplina quedaría sin cambios. Los que están en uniones irregulares podrían recibir la Comunión solo si viven en continencia. Su compatriota el cardenal Kevin Farrell, jefe del nuevo dicasterio del vaticano supervisor de los asuntos familiares, criticó a Chaput por adelantarse a los acontecimientos en lo que, según él, debería haber sido decidido colegiadamente por los obispos americanos. Farrell dejó claramente implícito que esa política sería más abierta a la favorecida «opción de misericordia» de Francisco. Dijo que la Amoris Laetitia es el Espíritu Santo hablando.

En medio de estas maniobras explotó una bomba. Se hizo pública una carta, dirigida al papa por cuatro cardenales conocidos por ser hostiles a cualquier cambio en la disciplina. Tomó la forma de dubia, 'dudas', tradicionalmente dirigida a la autoridad romana competente por aquellos que buscan aclaraciones sobre puntos de la enseñanza de la Iglesia o del canon de leyes considerados insuficientemente claros.

De los cardenales interesados, solo uno está actualmente en activo, aunque en un rol de poca importancia. Es el cardenal Raymond Burke, ya bien conocido como un 'pegador' conservador. Los otros cardenales están todos retirados: Walter Brandmüeller, un historiador académico altamente respetado; Carlo Caffara, azobispo emérito de Bologna y un distinguido teólogo moral; y Joachim Meisner, arzobispo de Colonia hasta 2014 y uno de los más firmes partidarios de los últimos dos papas entre los obispos de todo el mundo.

La dubia cubría cinco cuestiones, todas referidas a la enseñanza del magisterio de San Juan Pablo II, contenida notablemente en los textos de referencia Familiaris Consortio y Veritas Splendor. Es evidente que las cuestiones, todas presentadas respetuosamente y con argumentos detallados, no eran inocentes, ya que su propósito es sugerir que hay dificultades en reconciliar Amoris Laetitia, o al menos sus implicaciones, con la doctrina católica establecida. Pero no son cuestiones puramente retóricas: ellas presentan al Papa, o a los teólogos liberales que parece favorecer, una oportunidad para desarrollar, con un razonamiento concreto y preciso, su afirmación que lo que está en curso constituye un auténtico desarrollo de doctrina.

Que se sepa el Papa no entregará una respuesta a los cuatro cardenales. Fue su silencio determinado el que los empujó a hacer público el dubia. Para muchos, ha parecido un reto directo a Francisco. Para confirmarlo, el cardenal Burke ha ido tan lejos como declarar que él y los otros quizás hagan un «acto formal de corrección» si el Papa no clarifica su enseñanza. Esto implica claramente que el Santo Padre posiblemente está enseñando erróneamente.

¿Cual es el significado del silencio del papa Francisco? ¿Y cuanto de audaz es la iniciativa de los cardenales?

El Papa está en una posición difícil. Si declarara que los principios enseñados por San Juan Pablo II ya no forman parte de la enseñanza de la Iglesia, causaría un terremoto teológico. Nunca en los tiempos modernos un papa ha desautorizado a su predecesor. Hacerlo provocaría una revuelta entre los muchos que se adhieren tenazmente a la doctrina de los papas previos – no simplemente los dos últimos, sino toda la entera tradición católica tal como ha evolucionado por siglos. Incluso podría provocar un cisma formal.

Todavía más, relativizaría la propia autoridad de enseñanza del papa Francisco.  Después de todo, si sus predecesores se equivocaron, ¿por qué alguien puede pensar que sus declaraciones pueden tener algún valor más allá de su vida?

Por otra parte, si Francisco reafirma la enseñanza previa, entonces él debe abandonar sus intentos de reforma de la disciplina de los sacramentos o salir con argumentos que muestren que la contradicción es solo aparente. Los defensores del cambio, principal entre ellos el cardenal Christoph Schönborn de Viena, han dicho que el cambio por el que abogan no es revertir la enseñanza anterior sino un desarrollo de la doctrina. Hasta ahora no he visto nada que me convenza que esto no es más que una mera afirmación, sin apoyo de una demostración racional y convincente.

¿Está el Papa furioso con los cuatro autores de la dubia, como algunos sugieren? Lo dudo. Después de todo, llamó a la parresia, al debate valiente y franco. Los signos son que él cree en iniciar procesos, más que en dictar desenlaces. Él debe reconocer, entonces, que iniciativas que aspiran a equilibrar la discusión, incluso frenando evoluciones que muchos juzgan inoportunas, son parte normal de los procesos en una Iglesia que él ha invocado a ser más 'sinodial', o colegial.

Estoy menos convencido de la serena disposición de muchos de los que rodean a Francisco y quizás busquen usar su popularidad para avanzar en sus propias agendas. Ha habido reacciones intemperantes y airadas. El obispo Frangiskos Papamanolis, presidente de la conferencia de la minúscula iglesia católica de Grecia, acusó a los cuatro cardenales de cisma, herejía e incluso apostasía. Nadie que entienda correctamente la doctrina católica sobre el papado cree que retar los juicios prudentes de un papa hace que nadie reniegue de la fe católica. Estoy preocupado de que esta reacción ejemplifica algunos factores preocupantes en este debate, más allá de la ira y la retórica divisiva presente en ambos lados.

El primero es el anti-intelectualismo que parece presente en algunos barrios. El obispo Papamanolis reprochó a los cuatro cardenales hacer «argumentos sofisticados», como si fuera algo imperdonable. El papa Francisco ha sostenido que «las realidades son más grandes que las ideas». Pero reforzar esto para despreciar la racionalidad y el discurso lógico corre el riesgo de entregar la Iglesia al reino de lo emotivo y sentimental de manera que finalmente no pueda sostener sus esfuerzos para evangelizar.

En segundo lugar, está el riesgo de reemplazar entender correctamente la autoridad papal con una adhesión excesiva a un papa en particular rayando en el culto a la personalidad. Estoy preocupado cuando alguno de los que advertían de este peligro bajo San Juan Pablo II ahora parecen bastante contentos de tolerarlo bajo un papa que creen que favorece su agenda.

Los papas son seres humanos cuyo trabajo es enseñar la doctrina católica, y en casos de necesidad intervenir para restaurar la unidad en base a la verdad. Pueden cometer errores de juicio persiguiendo esta tarea, como los han tenido en el pasado y sin duda los tendrán en el futuro. Enseñan y gobiernan en unión con sus colaboradores – los obispos – quienes tiene el papel de aconsejarlos y, si es necesario, instarles a la prudencia.


El papa Franciso ha elegido abrir un debate, y creo que un día, en una Iglesia global que exige enseñanza consistente y disciplina globales, él o uno de sus sucesores será invocado a cerrarlo. La autoridad de los obispos de todo el mundo necesitará ser involucrada en la decisión, quizás en un futuro sínodo o incluso en un concilio ecuménico.

El Cardenal Sarah constata la confusión que hay en la Iglesia



catolicos-on-line, 2-12-16

En una entrevista concedida el semanario francés Homme Nouveau el cardenal Robert Sarah exterioriza su preocupación por la gran confusión que reina en el mundo católico, incluso entre los obispos, acerca de la doctrina de la Iglesia.

El cardenal se siente llamado a intervenir como Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, porque la desorientación actual implica tres sacramentos: el matrimonio, la Penitencia y la Eucaristía. Según el Cardenal, la confusión que vivimos extrae su savia de la falta de formación que, lamentablemente, afecta a sus propios hermanos en el episcopado.

Sarah ha querido subrayar que cada obispo, él mismo in primis, está vinculado a la doctrina del matrimonio monogámico indisoluble, que Cristo ha restaurado a su forma original y en el que se encuentra el bien del varón, la mujer, y los hijos.


Esta verdad no puede dejar de tener consecuencias respecto de la posibilidad de acercarse a la Santa Comunión: «La Iglesia entera se ha mantenido siempre firme en el hecho de que no se puede recibir la comunión cuando se es consciente de haber cometido un pecado grave, un principio que ha sido confirmado definitivamente por la encíclica Ecclesia de Eucharistia de San Juan Pablo II». Y el Cardenal prefecto añade: «Ni siquiera un Papa puede dispensar de esta ley divina».

jueves, 1 de diciembre de 2016

El Cardenal Pell


 constata la confusión existente entre los católicos

catolicos-on-line, 1-12-16

El cardenal George Pell ha asegurado en Londres que un grupo de católicos practicantes están «desconcertados por el giro de los acontecimientos» en la Iglesia. En una charla en la Iglesia de San Patricio, en la capital británica, el purpurado aseguró que uno de los motivos de preocupación son las falsas teorías sobre la relación entre la conciencia y la ley moral.

El Cardenal Pell dio una charla sobre San Damián de Molokai como parte de una serie de conferencias organizadas en San Patricio para el Año de la Misericordia. Y aprovechó la ocasión para hablar sobre la situación del catolicismo hoy en día. Dijo que si bien el Papa Francisco tiene «un prestigio y una popularidad fuera de la Iglesia» mayor que cualquier otro Papa anterior, algunos católicos están actualmente incómodos.

Posteriormente, el cardenal australiano, a quien se le ha encargado llevar a cabo reformas financieras en el Vaticano por parte del Papa Francisco y es además miembro del grupo de asesores del «G9» del Papa, criticó algunas de las ideas sobre la conciencia que están difundiéndose en la Iglesia.

El prelado dijo que enfatizar la «primacía de la conciencia» podría tener efectos desastrosos, si la conciencia no se somete siempre a la Revelación y la ley moral. Por ejemplo, «cuando un sacerdote y un penitente están tratando de discernir el mejor camino a seguir en lo que se conoce como el foro interno», deben referirse a la ley moral. La conciencia «no es la última palabra en varios sentidos», dijo el cardenal y recordó que siempre es necesario seguir la enseñanza moral de la Iglesia.

El cardenal contó la historia de un hombre que estaba durmiendo y manteniendo relaciones sexuales con su novia, y le había preguntado a su sacerdote si podía recibir la Comunión; sería «engañoso», dijo el cardenal, decirle al hombre que simplemente siguiera su conciencia.

Añadió que aquellos que enfatizaban «la primacía de la conciencia» sólo parecían aplicarla a la moral sexual y las cuestiones relativas a la santidad de la vida. A las personas rara vez se les aconsejaba que siguieran su conciencia si les decía que fueran racistas o lentas en ayudar a los pobres y necesitados.

El cardenal Pell citó los escritos sobre la conciencia del Beato John Henry Newman, en los que el gran cardenal inglés, converso del anglicanismo al catolicismo, rechazó la «miserable falsificación» de la definición de conciencia como «el derecho a la voluntad propia». Señaló que Newman defendió a los papas Pío IX y Gregorio XVI, que siempre «condenaron una conciencia que rechazara a Dios y rechazara la ley natural».

El purpurado también rindió homenaje a las «dos grandes encíclicas» de San Juan Pablo II, Veritatis Splendor y Evangelium Vitae, que presentan la ley moral como algo vinculante en todos los casos.

Al preguntársele si el malestar de algunos católicos por el estado de la Iglesia estaba relacionado con teorías falsas sobre la conciencia, el cardenal Pell dijo: «Sí, eso es correcto».

Añadió que «la idea de que se pueda discernir de alguna manera que las verdades morales no deben ser seguidas o no deben ser reconocidas es absurda». «Todos estamos bajo la verdad», añadió, señalando que la verdad objetiva puede ser «diferente de nuestra comprensión de la verdad».


Preguntado por la polémica creada tras la publicación de las preguntas (dubias) que cuatro cardenales han hecho al papa Francisco sobre la exhortación apostólica Amoris Laetitia, el cardenal australiano respondió: «¿Cómo puede usted no estar de acuerdo con que se haga una pregunta?» y concluyó que es significativo el hecho de que se hayan hecho esas cinco preguntas.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El Papado, el Papa y el papanatismo


.
por José Luis Aberasturi
Infocatolica,  26.11.16

Viene a cuento, el título, del protagonismo que, para bien o para mal -cada uno lo señala como cree más oportuno, con razón o sin ella-, ha conseguido este Papa, Francisco; lo haya pretendido o no, que no conozco sus intenciones: solo veo lo que hace, solo leo lo que escribe, y solo oigo lo que dice.

Y, sinceramente, en cada uno de los tres apartados se ha ganado a pulso ese protagonismo; también para bien o para mal de su misma persona, de lo que representa y de la misma Iglesia, de la que es Cabeza visible. Pero que “muy” visible. No creo exagerar ni pizca diciéndolo: constato un hecho evidente, sin juzgar intenciones de nadie; y menos de las suyas.

Son múltiples las críticas que recibe por ello. Y también los aplausos que recibe por lo mismo y a “sensu contrario". No hay término medio, la verdad. Ha conseguido -queriéndolo o no: sigo sin juzgar unas intenciones que no conozco- exactamente esto: que, o se le aplauda, o se le rechace. “A rabiar", si se me permite la expresión.

Las dos cosas son perfectamente constatables, pues no deja indiferente a nadie que le interese la Iglesia Católica, para bien o para mal, que las dos posturas coexisten; pero, además, se han enconado, precisamente por lo que el Papa, hace, dice y escribe…, o calla, que también: un día y otro, sí o sí. En esto hay que reconocerle que no para, y que prácticamente hace casi imposible estar al día con él.

Por esto -y por alguna razón más, que también las hay-, creo que se hace necesario clarificar un poco las cosas, saber dónde estamos, qué terreno pisamos, tener doctrina para tener criterio; no nos pase que pretendamos “ser más papistas que el Papa", o que nos convirtamos en unos “papanatas", o que, simplemente, hagamos daño a la vez que nos hacemos daño a nosotros mismos, con buena o mala intención, que de todo hay en la viña del Señor; y no hay que escandalizarse por ello.

Vamos primero con el “Papado". El Papado es la Institución, es la Dignidad, es lo que encarna en sí mismo la “cualidad” de Papa, es la Misión, es el Oficio, es la Cabeza, es el “Vice-Cristo en la tierra” -como lo llamaba santa Catalina de Siena-, es la Primacía o el Primado… Todo ello dentro de la Iglesia y para servir a la Iglesia, independientemente de la persona concreta que encarne o ejerza tal potestad. El Papado es lo permanente, siendo transitoria la persona que lo encarna en cada momento histórico.

Lo instituye Jesús mismo -de institución “divina”, por tanto, y nunca “invento humano"-, en la persona de Pedro y para todos sus Sucesores: después de la primera pesca milagrosa, cuando Pedro, reconociéndose pecador, se echa a sus pies, Jesús entonces le dice: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

La RAE lo define, con acierto, como “dignidad de Papa"; también como “tiempo que dura el mandato de un Papa". Esta segunda acepción es muy secundaria, en mi opinión, y no aporta prácticamente nada al tema. La primera sí; y es la que acabo de explicar.

Esto significa, en primerísimo lugar, que es el Papado lo que “da” u “otorga” dignidad al Papa, y no al revés, porque es imposible. Ciertamente, la santidad personal de los     Papas -ha habido muchos santos entre ellos; y los que tenemos ya una cierta edad hemos conocido a varios- “demuestra” y “confirma” la insititución divina del Papado; pero un Papa “malo” -si se me permite la “licencia” o la “hipótesis"- ni le quita ni le puede quitar nada al Papado.

Del mismo modo que los muchos pecados de los hijos de la Iglesia no “consiguen” que la Iglesia Católica no sea Santa. O como los cismas tampoco logran que la Iglesia no sea Una: son ellos los que no son iglesia -por mucho que se empeñen en decirlo, o por mucho que desde fuera se les quiera conceder tal condición-, porque se han ido: son los sarmientos que se han desgajado de la Vid, y se secan; y no sirven más que para ser echados al fuego, o para arrear a las bestias (cf. Jn 15, 1-8)..

Vamos ahora con el “Papa". El Papa es la Persona que, cada vez que es históricamente necesario, sucede a Pedro: permanece la “Piedra” -siempre la misma-, siendo sucesivamente cambiante en el devenir histórico la “Persona” -el Papa- que la encarna o que la asume, como tarea y como misión: como “servicio”. Es lo que cambia, la Persona; nunca la Institución.

De ahí una consecuencia inmediata e importantísima: que las “iglesias” que quieran presentarse como tales, como “verdaderas", pero no están en comunión con el Papa, porque no asumen la Primacía ni la Función del Papado, no pueden ser la Iglesia de Cristo, no son “la” Iglesia divinamente fundada, plantada y metida en el devenir histórico de la humanidad: no son la Iglesia que “salva", no son el “Cuerpo de Cristo” porque no tienen a Jesús como Cabeza. Un cuerpo descabezado es un cadáver, un cuerpo muerto…, enterrado o a la intemperie, da lo mismo.

Pero no hay que confundir el “Papa” con el “Papado". El Papa -cada Papa- “ejerce” el Papado, lo asume, pero “no lo es". Es más: la Iglesia “sigue” incluso con “sede vacante"; precisamente para elegir al nuevo. Si Papa y Papado no se “distinguiesen", al morir el Papa “moriría” la Iglesia, cosa que evidentemente no es así. 

Por lo mismo, tampoco todo lo que hace el Papa “dice relación” con el Papado. No es lo mismo, por ejemplo, que el Papa diga que un tema -el que sea- es “un tema cerrado en la Iglesia", o que diga que tal cosa es un tema “abierto", o que diga que, en tal escrito, solo pretende dar su opinión y no definir ninguna doctrina; como no es lo mismo que hable “ex cathedra” y lo declare solemnemente así, a que no lo haga. En unos casos, el asentimiento -la obediencia- que hemos de poner por nuestra parte, Jerarquía y fieles, religiosos y laicos, es total y absoluto; en los demás casos no es así, y el Papa mismo respeta nuestra libertad de hijos de Dios en su Iglesia, que Cristo mismo nos ha ganado.

Libertad de hijos de Dios, incluso para opinar en su contra si hiciese falta. Es la libertad santa de Pablo frente a Pedro, en Antioquía (cf. Ga 2, 11-16) al que resistió en su misma cara porque se había hecho reprobable. Es la libertad santa de Catalina de Siena recordándoles a los Papas la dignidad del Papado, la dignidad de la Iglesia, y su deber de fidelidad a Cristo y de servicio a las almas. Es la misma libertad de Cardenales y obispos para entrarle a lo que ha dicho o escrito el Papa si creen en conciencia -una conciencia en la que pesa lógicamente que el Papa es el Papa- que deben elevar una consulta, como se ha hecho siempre, ante puntos que lo exigen. Es la misma libertad de los fieles laicos -caso reciente de Spaemann, padre e hijo- ante algunas cuestiones de la “Amoris laetitia” que ha levantado tantísima polvareda, y no por gusto de levantar polvo, o de tirar contra el Papa, sino porque el tema lo ha exigido. Yo mismo escribí hace meses que habrá en la Iglesia Católica un antes y un después de la Amoris laetitia. Y lo está habiendo, y mucho antes de lo que yo pensaba.

Como composición y criterio, vienen perfectamente a cuento unas líneas de una carta que Léon Bloy escribió al matrimonio Maritain, Jacques y Raïssa: “Sean cuales sean las circunstancias, poned siempre lo invisible [el Papado, en el caso que nos ocupa] por delante de lo visible [el Papa], lo Sobrenatural [el Papado] por delante de lo natural [el Papa]; si aplicáis esta regla a todos vuestros actos, estamos seguros de que estaréis investidos de fuerza e impregnados de una profunda alegría” (tomado de Card. Robert Sarah en Dios o nada, p. 321. Ediciones Palabra, Madrid 2015).

Todo esto hay que tenerlo muy claro porque, en caso contrario, aplaudir por aplaudir -aplaudir hasta con los piés- aunque no se sepa bien o no se entienda bien lo que ha dicho o escrito el Papa, sin más criterio que “es que lo ha dicho -hecho, escrito- el Papa", exactamente eso es, en mi opinión, un descriterio; y no le hace ningún servicio al Papa, ni a la Iglesia, ni a las almas, porque se antepone el Papa al Papado. Tout court. Y es una aberración.

Como no le hace ningún bien, al mismo Papa en primer lugar, que se diga, por ejemplo, que un texto “es magisterial” cuando él mismo ha escrito exactamente lo contrario: que ni lo es ni lo ha pretendido. Como tampoco le hace ningún servicio dar, por ejemplo, unas clases sobre la “Amoris laetitia", ocultando a la gente los puntos conflictivos -que los tiene-, y presentar esas clases como “lo que es” y da de sí esa Exhortación apostólica: tal postura ni siquiera es honrada intelectualmente hablando. Tampoco moralmente.

Esa postura es lo que llamo el “Papanatismo", tercer punto del título. Papanatismo que el Diccionario de la Lengua Española define como: “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple o poco crítica”. 

El “Papanatismo” es renunciar a la racionalidad y, por tanto, a la libertad, Y en el tema que nos ocupa -tema de una trascendencia que fácilmente se nos puede escapar- es moralmente insano.

Y “que cada palo aguante su vela”, como dice la sabiduría popular, que se engaña muy pocas veces.

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 18.11.16
Conexio virtutum/conexio doctrinam
A las 12:31 PM, por José Luis Aberasturi
Nuestra Madre la Iglesia Santa enseña con gran Sabiduría, hecha de Palabra de Dios, de Gracia del Espíritu Santo, de Vida de Cristo y de abundantísima experiencia humana -no hay que olvidar que la Iglesia es “experta en humanidad"-, que todas las virtudes, especialmente las virtudes cardinales y las demás virtudes morales, están interconectadas: es lo que se designa con la expresión “conexio virtutum".

Tan es así que, cuando se mejora en una de ellas, se mejora a la vez en todas; y al revés: cuando se descuida una, pierden todas las demás también. Indudablemente, quien mejora o pierde es la poseedora de todas ellas, es decir, la persona humana.

Aunque estrictamente hablando Santo Tomás reduce la “conexión entre las virtudes” a las virtudes cardinales y a las morales -no así a las virtudes llamadas “intelectuales” o a las meras virtudes humanas-, sin embargo y en mi opinión, esto es más un reduccionismo académico -más bien “escolástico", por decirlo de algún modo- que un reflejo de la realidad: en realidad, en el hombre, que es un único ser personal, todo comunica; como lo demuestra, por ejemplo y con absoluta evidencia, la intercomunión intrínseca e inseparable del cuerpo y del alma.

Viene a cuento lo de la “conexión de las virtudes” -conexio virtutum- porque me parece que, en el orden doctrinal y salvando todas las distancias, tampoco son separables los puntos que componen la Doctrina Católica; como no son separables, y se recogen de hecho en un mismo Catecismo de la Iglesia Católica, sus distintas partes: Mandamientos, Sacramentos, Artículos de la Fe y la Vida Cristiana, etc.

Solo son separables “intelectualmente” -metodológicamente, si se prefiere-, pero no en la vida práctica del cristiano -del hijo de Dios, que para vivir como tal, en plenitud de vocación, ha de vivirlas todas-; como tampoco son separables en la práctica “Doctrina y Vida", “Fe y Vida de Fe".

Del mismo modo y a fortiori, menos aún son separables Jesucristo y su Iglesia: pues realmente no se puede escoger a uno/una sin despreciar al otro/otra. Son una unidad: sin Jesucristo no hay Iglesia, porque esta ni habría existido ni puede subsistir sin Cristo.

Tampoco es católico separar “doctrina” -doxa- y “praxis” -"ortodoxia” y “ortopraxis"- como pretendía la ya casposa “teología de la liberación"; y como pretenden algunos, a día de hoy, afirmando que “no se ha tocado la doctrina", y “todo sigue igual” cuando, en la práctica, se admiten y se postulan “praxis” que la contradicen, porque la pisotean, la ningunean y la anulan: convierten la doctrina en papel mojado, en la nada inoperante, como corresponde a la propia “nada” por su ser precisamente “nada".

Por ejemplo: no se puede pretender que para comulgar hay que estar en gracia de Dios, es decir, no tener conciencia de pecado mortal -mucho menos reconocer que “se está en una situación objetiva de pecado grave"- y sostener además que, si se tiene esa conciencia de pecado grave, hay que confesarse antes de comulgar…, para luego, sin más y por mis pistolas, postular en la práctica que esas gentes accedan a la Sagrada Comunión; pretendiendo, para más inri, que esta “pastoral” -eufemismo o sarcasmo más falso que Judas- es una pastoral “católica”. Para añadir -faltaría más-, antes y después, que “no se ha cambiado ni una coma de la doctrina".

Una aclaración. Cuando hablo de “doctrina” me refiero a la doctrina “inmutable", no a si es más oportuno recibir la Confirmación a los 10 o a los 16 años, que esto puede cambiar las veces que haga falta; sino a la pretensión, si la hubiera, de desvirtuar la naturaleza del Sacramento de la Confirmación, por ejemplo. Y volvemos al hilo.

Pero, ¿en qué lógica cabe tal postura? ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Hemos renunciado -como lo hacen los del “mundillo"- a la capacidad de nuestra razón para reconocer la realidad -la verdad de las cosas-, y enunciarla como tal? ¿Se pretende, una vez más y en línea con una pseudo filosofía -y la pseudo teología que lo asume-, que la “verdad", la pongo “yo", es decir, “mi” conciencia o “mi” voluntad?

Esto, siempre será encumbrar al “hombre” -al falso hombre, porque del hombre verdadero no queda nada en una postura así- pagando el peaje de “quitar” -no queda otra- a Dios. Y la Iglesia Católica nunca ha sido, ni es ni será una “cosa” así, porque desde su origen y hasta el final de los tiempos está al servicio del hombre, porque está “ad maiorem Dei gloriam": para la gloria de Dios.

Precisamente esto -la defensa de la Iglesia en su finalidad más sobrenatural: la salvación de las almas todas- es lo que han pretendido los cuatro cardenales con su carta al Papa; que han convertido en “carta abierta” -pública y publicada-, dado el silencio administrativo con el que se les ha contestado-; es también lo que pretendieron los bastantes más de cuatro firmantes con la carta que, con ocasión del sínodo de la familia, elevaron al Papa, por si le servía de ayuda; más la carta -ya muchísimo más numerosa en firmas- que un buen número de católicos -con ánimo firme de serlo y de seguir siéndolo- enviaron al Papa para que les aclarase las dudas y las zozobras que les había producido su última exhortación apostólica.

La Iglesia Católica, desde hace ya muchos años, se ha convertido en el último y en el único refugio que le queda al hombre para poder reconocer su dignidad, su origen y su destino. Si la Iglesia le fallase el hombre éste ya no tendría ni a dónde ir en este mundo: se convertiría en un extraño, en un paria: se desconocería a sí mismo y a los demás, por desconocer a Dios.

martes, 29 de noviembre de 2016

¿Un eclesiástico masón amenaza a los cuatro cardenales?


 Gabriel ARIZA, periodista
catolicos-on-line, 28-11-16

El decano de la Rota Romana, Pio Vito Pinto, ha amenazado a los cuatro cardenales con “perder la dignidad cardenalicia”. Vito Pinto aparece en una lista de eclesiásticos vinculados a la masonería que costó la vida al periodista Mino Pecorelli en 1979.

Los cardenales Walter Brandmüller, Raymond Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner preguntaron al Santo Padre algunas dudas de la Amoris Laeitita. El papa Francisco no les respondió y los prelados hicieron pública la carta a través de los medios de comunicación, por eso forman parte de la “lista negra” de Vito Pinto, pero Vito Pinto aparece en una lista mucho menos honorable que esa, Vito Pinto aparece en la lista Pecorelli.

¿Qué es la lista Pecorelli?

Mino Pecorelli fue un periodista italiano que vivió entre 1928 y 1979, cuando falleció en circunstancias sospechosas, oficialmente asesinado por la mafia. Nadie hurgó en esa muerte hasta que en 1995, durante el proceso del dirigente democristiano Giulio Andreotti, alguien le acusó de haber ordenado el asesinato del denunciante.

Mino Pecorelli había denunciado la infiltración masónica en las alturas de la Iglesia, y llegó a publicar una lista de 116 nombres de eclesiásticos de los que, aseguraba, conocía a ciencia cierta su filiación ¿Qué es la lista Pecorelli?

 En concreto, se trataba de una lista de eclesiásticos iniciados en la Logia P2.