jueves, 22 de febrero de 2018

El hacer sigue al ser. Sin formación el pueblo católico se dispersa


Observatorio Card. Van Thuan

S.E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Discurso en Milán – Teatro don Guanella
3 de febrero de 2018

Me alegra estar aquí hoy, junto a vosotros, en esta Jornada especial. Diría, incluso, muy especial, porque tengo la posibilidad de reunirme con muchos participantes en algunas de nuestras Escuelas de Doctrina social de la Iglesia, que hemos organizado en distintos puntos de Italia. Se trata de una iniciativa muy hermosa: la participación común en las Escuelas nos ha hecho hacer experiencia de nuestra unidad y comunión espiritual y de propósitos a pesar de estar físicamente lejos, dado que muchos habéis participado online y, por lo tanto, a distancia. Esto ha sucedido, sobre todo, con la Escuela que he guiado yo en colaboración con La Nuova Bussola Quotidiana. Mientras las otras Escuelas tenían una participación mayoritaria in situ, en mi caso ha sido a distancia. Ha sido, por lo tanto, una buena idea organizar esta Jornada, por la que doy las gracias en especial al director, Riccardo Cascioli.

Hoy no haré un discurso de grandes contenidos teológicos. Para esto tenemos al profesor Mauro Gagliardi. Mi discurso será, en cambio, pastoral. Hablaré como obispo, como obispo que siempre ha trabajado en el campo de la Doctrina social de la Iglesia; trabajo que aún sigo haciendo como presidente de nuestro Observatorio y, también, por mi cargo en Europa. No dejo de interrogarme y de reflexionar acerca de la situación de la Doctrina social de la Iglesia hoy. Últimamente, lo he hecho en un pequeño volumen titulado: «La Iglesia italiana y el futuro de la pastoral social», publicado por Cantagalli, del que tomaré alguna idea. 

Os digo esto para confirmar que, a pesar de mis muchos compromisos pastorales como obispo de Trieste, que ocupan una gran parte de mi tiempo, sigo de cerca la actividad del Observatorio; también he seguido con atención el inicio y la conclusión de nuestras Escuelas de Doctrina social de la Iglesia en las que habéis participado. Hoy estoy aquí para deciros que continuéis y para daros alguna motivación pastoral relacionada con este renovado compromiso que os pido.

El título de mi intervención inicia con esta frase: «El hacer sigue al ser». Agere seguitur esse, se decía antes. Se actúa en base a lo que se es. Antes hay que plantearse el problema de ser … y, después, se planteará el problema de qué hacer. 
Esto es muy importante, porque mientras podríamos considerar el hacer como algo que depende de nosotros, el ser, en cambio, es claramente un don. Por esto Benedicto XVI desarrolla en Caritas in veritate el concepto que el recibir precede el hacer. Precisamente porque el hacer procede del ser y el ser se recibe, el don tiene la prioridad. Un corolario de este principio es que la voluntad sigue al intelecto. El ser del hombre está hecho de intelecto y voluntad, pero el intelecto prevalece, al ser la luz para una recta voluntad. He aquí, entonces, la correcta sucesión de las cosas: hemos recibido el ser y, por lo tanto, es necesario ocuparse primero de ser y después de hacer; es necesario, por consiguiente, comprender qué somos con el intelecto para, después, actuar con la fuerza de la recta voluntad.

Esto, queridos amigos, vale para cada persona, pero también para la Iglesia en su conjunto. Y es aquí donde entra la Doctrina social de la Iglesia y la necesidad de recibir una formación sistemática en esta disciplina. Hoy, muchos piensan que los católicos deben sobre todo actuar, obrar según una buena voluntad animada por la caridad. Se considera que lo más importantes es estar en el terreno de las emergencias y de las necesidades de nuestro prójimo. Este sentimiento de contribuir a la paz y la justicia es positivo, pero basándonos en cuanto hemos apenas observado, el hacer no es suficiente. Si no es expresión del ser y si no está guiado por la luz de la verdad, el hacer demuestra ser ciego. Se piensa que es constructivo y tal vez sea de-constructivo. Se siente una satisfacción individual íntima porque se piensa que se ha hecho el bien, pero en realidad no es así.

La Doctrina social de la Iglesia es expresión, primero de todo, del ser de la Iglesia y de su íntimo carácter misionero. La Doctrina social de la Iglesia se nutre, ante todo, de la vida de la Iglesia. De aquí nacen, después, los criterios de acción, que ya no son un mero hacer, sino un «hacer siendo». La Iglesia no puede actuar antes de ser o sin ser. Esto vale también para los laicos católicos que están comprometidos en la acción social y política a través de la Doctrina social de la Iglesia. Ésta tiene un valor práctico, pero antes tiene un valor doctrinal y de contenidos que el intelecto conoce y que indica a la voluntad para, después, actuar. Si no nos apropiamos de estos contenidos, y si no consideramos la Doctrina social de la Iglesia en unión con el ser de la propia Iglesia, actuaremos compulsivamente, pero con escasos resultados objetivos.

En mi libro anteriormente mencionado examino el recorrido de la pastoral social desde el concilio hasta hoy. He abordado el grandioso intento llevado a cabo por Juan Pablo II de relanzar la Doctrina social de la Iglesia, al que pude participar en virtud del cargo que tenía en la Santa Sede en esos años. También he abordado el tema de los obstáculos que se plantearon a este relanzamiento, muchos de los cuales aún duran. Uno de estos es considerar la Doctrina social de la Iglesia como un impulso generalizado a hacer, el alma de un humanismo generalizado, el motivo para una presencia pastoral no suficientemente cualificada a nivel de contenidos. De esta manera, se deja de lado la Doctrina social de la Iglesia entendida como corpus doctrinal.

Hemos llegado a la segunda parte del título de mi intervención: “sin formación, el pueblo católico se dispersa”. El problema no es nunca cuántos somos, aunque es cierto que a los católicos nos gustaría ser más. El problema principal es si estamos unidos o dispersos, si estamos arraigados juntos en el ser o si estamos dispersos en el hacer fin a sí mismo. Creo que puedo decir que, en la actualidad, los católicos en la sociedad y, sobre todo, en la política están dispersos. ¿Encontraremos la solución con fórmulas extravagantes o recuperando nuestro ser? No hay que creer que la dispersión concierne sólo a las cosas que hay que hacer. También afecta al modo de ser, porque ésta es la paradoja: superar el problema del ser para dedicarse principalmente al hacer tiene, al final, repercusiones negativas también en el ser. Apartar el corpus de la Doctrina social de la Iglesia fragmenta y dispersa el actuar y, al mismo tiempo y de rebote, daña nuestro estar unidos en la fe. No somos los únicos que formamos en la Doctrina social de la Iglesia y lo que hacemos no está en competición con ninguna otra iniciativa. Sin embargo, tenemos claras las motivaciones profundas de nuestra actividad.


Con estas breves reflexiones he querido comunicaros el espíritu y el propósito con el que nuestro Observatorio ha puesto en marcha la Escuela de Doctrina social de la Iglesia que hasta ahora hemos tenido en Trieste (por tercer año), Verona, Staggia Senese, Schio y Lerici. Con el mismo espíritu estamos empezando la Escuela de Emilia que comenzará en marzo. Doy las gracias a todas las asociaciones y centros culturales que colaboran con nosotros y que han permitido que nuestras Escuelas  tuvieran contacto con un territorio y una comunidad. Si la Nuova Bussola está de acuerdo, yo personalmente sigo estando disponible para este proyecto de formación con una nueva edición de la Escuela online… y os invito a todos a promover estas nuevas iniciativas en los lugares donde residís. Gracias de nuevo a todos y buen trabajo.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Mons. Chaput: bendecir a parejas gays hiere la unidad de la Iglelsia


Filadelfia (Estados Unidos) (AICA): 20-2-18

Después de que algunos obispos alemanes se manifestaron a favor de la bendición de parejas del mismo sexo, el arzobispo de Filadelfia, monseñor Charles Joseph Chaput OFMCap, dirigió una carta al clero de su arquidiócesis en la que afirmó que la bendición de parejas homosexuales “minaría gravemente el testimonio de la Iglesia sobre la naturaleza del matrimonio y la familia”.

Monseñor Chaput redactó su carta al enterarse de que el 3 de febrero el presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, cardenal Reinhard Marx, dijo a la radio alemana de Baviera que “es posible bendecir a parejas homosexuales, una decisión que debe estar en manos de un sacerdote o un agente de pastoral”, y que el obispo de Osnabrück y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Alemana, monseñor Franz-Josef Bode, propuso que las parejas del mismo sexo reciban una bendición católica, distinta a la del matrimonio, y que la Iglesia revise su enseñanza sobre la homosexualidad.

Aunque en su carta no menciona ningún nombre de los obispos alemanes a los que se refiere, monseñor Chaput resaltó que “la imprudencia de estas declaraciones públicas es preocupante”.

“Cualquier rito de bendición de parejas homosexuales, cooperaría a un acto moralmente prohibido, sin importar cuán sinceras sean las personas que buscan la bendición”, advirtió.

Para el prelado estadounidense “tal bendición minaría gravemente el testimonio de la Iglesia sobre la naturaleza del matrimonio y la familia. Eso confundiría y desorientaría a los fieles. Y heriría la unidad de la Iglesia. Lo que sucede en la Iglesia en Alemania sobre un tema tan significativo resuena inevitablemente en la Iglesia, y eventualmente aquí”.

“Cualquier rito de ese tipo iría en contra de la Palabra de Dios y de la constante enseñanza y creencia católica”, subrayó.

El arzobispo recordó la necesidad de tratar a todos “con el respeto y la preocupación pastoral que todos merecen como hijos de Dios con su dignidad inherente. Esto incluye a las personas con atracción del mismo sexo”, pero advirtió que “no hay verdad, ni verdadera misericordia, ni compasión auténtica, en bendecir un curso de acción que aleja a las personas de Dios”.

En un artículo publicado el 6 de febrero en Catholic Philly, titulado “Caridad, claridad y lo opuesto”, monseñor Chaput se refirió también a las declaraciones de los obispos alemanes sobre la bendición de parejas homosexuales. “La confusión es mala: mala para el alma individual y mala para la salud de una sociedad ya que inevitablemente genera división y conflicto”, expresó, y recordó que “los líderes tienen el especial deber de ser claros, honestos y prudentes en lo que hacen y dicen. En palabras de San Pablo, necesitan ‘hablar la verdad con amor’”.

“Generar confusión precipitada o deliberadamente sobre un asunto importante es una falla seria para cualquier persona investida de autoridad. Así es en la vida pública y así es en la vida de la Iglesia”, resaltó monseñor Chaput.


El arzobispo de Filadelfia concluyó su carta al clero local reiterando que “bajo ninguna circunstancia ningún sacerdote o diácono puede tomar parte, atestiguar u oficiar cualquier tipo de unión civil de personas del mismo sexo; o cualquier ceremonia religiosa que busque bendecir tal acto”. Esta medida, explica, no significa un rechazo a las personas, sino que busca “sostener con claridad lo que sabemos es cierto sobre la naturaleza del matrimonio, la familia y la dignidad de la sexualidad humana”.+ 

martes, 13 de febrero de 2018

Veritatis Gaudium y la teología tomista


P. Francisco José Delgado

Infocatolica, 30.01.18

El Papa Francisco acaba de promulgar la Constitución Apostólica Veritatis Gaudium, sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas. No es mi intención comentar el documento completo, sobre todo porque no me parece que tenga la capacidad para hacerlo de manera provechosa. Sí quisiera, sin embargo, poner atención sobre un punto sobre el que creo poder decir algo.

En el artículo 64 de las Normas aplicativas de la Congregación para la Educación Católica que acompañan y desarrollan la Constitución Apostólica se puede leer, referente a la Facultad de Filosofía: «La investigación y la enseñanza de la filosofía en una Facultad eclesiástica de Filosofía deben basarse “en el patrimonio filosófico perennemente válido”, que se ha desarrollado a lo largo de la historia, teniendo en cuenta particularmente la obra de Santo Tomás de Aquino».

A los que nos dedicamos al estudio de Santo Tomás nos alegra enormemente que se haga mención explícita del Aquinate en este documento, algo que faltaba, en cierto sentido, en la Sapientia Christiana de San Juan Pablo II, que era el documento magisterial que viene ahora modificado. En este documento, Santo Tomás no aparecía en el cuerpo, sino en dos notas a pie, citando la Carta Apostólica Lumen Ecclesiae del beato Pablo VI.
El problema que me gustaría señalar, y que trasciende el ámbito del documento en cuestión, es el de obviar el papel de Santo Tomás en la enseñanza de la teología y, particularmente, de la teología especulativa o dogmática. Hoy en día, y especialmente tras la memorable Aeterni Patris del Papa León XIII, es muy frecuente, gracias a Dios, señalar el papel fundamental que ha de tener la filosofía perenne enseñada por Santo Tomás de Aquino en la formación católica. Es cierto que en el documento se encuentran no pocas menciones a la ciencia teológica, y en concreto a la teología escolástica, pero el título que señala el documento, «sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino», hace que la teología quede, en cierto sentido, en un segundo plano.

Efectivamente, en el momento en el que está redactada esta encíclica, uno de los mayores peligros se encontraba en el fomento de sistemas de pensamiento absolutamente inadecuados para desempeñar el servicio a la teología al que está llamada la filosofía cristiana. Lógicamente, y con toda la razón, se ha insistido en la crucial importancia que tuvo la obra filosófica de Santo Tomás. Su labor de corrección e integración de los principios válidos de los grandes sistemas filosóficos que confluyeron en la naciente Universidad del momento dotó a la Sagrada Doctrina de un conjunto de preciosas herramientas que, en un momento de gran crisis, preservó el equilibrio sapiencial de las Ciencias Sagradas.

Insistir en la grandeza de la filosofía tomista es justo y necesario, pero no se debe olvidar un dato muy importante: Santo Tomás no se consideraba filósofo. Uno de los estudiosos actuales más importantes de la filosofía tomista, Pasquale Porro, nos dice que «es un dato de hecho que Tomás no se consideraba en absoluto un filósofo: a sus ojos, la filosofía en general representaba más bien una estación quizá gloriosa, pero ya cerrada, circunscrita esencialmente a los griegos y a los árabes; una experiencia de la que hablar conjugando los verbos en pasado»[1]. El libro del que he extraído estas palabras pretende, precisamente, elaborar un perfil histórico-filosófico de Santo Tomás, algo que es posible e incluso necesario. Por tanto, hemos de decir que, en cierto sentido, Santo Tomás era filósofo.

Pero sobre todo Santo Tomás era teólogo. Su actividad académica se mantuvo siempre en el ámbito específico de la teología, disciplina a la que se arribaba, en efecto, después de conseguir el grado de Maestro de Artes, es decir, de acreditar un conocimiento suficiente de la filosofía. Una vez completado el comentario a los Cuatro Libros de las Sentencias, obra de Pedro Lombardo, Santo Tomás dedicó su actividad docente al comentario de la Sagrada Escritura como magister in sacra pagina. Por otro lado, participaba en cuestiones disputadas, fundamentales en la vida académica universitaria, sobre cuestiones de ámbito teológico. Y sus dos grandes Sumas, la Suma Teológica y la Suma Contra Gentiles son, ambas, tratados de teología.

Es cierto que una gran parte del corpus tomista son los comentarios a las obras de Aristóteles. Sin embargo, la opinión más común de sus biógrafos es que Santo Tomás emprendió estos comentarios movido por el interés que tenían para la teología, empezando por el tratado Sobre el alma. Torrell, citando a Gaulthier, dice que «debemos enfatizar que este trabajo en su origen nació de la práctica de la profesión de teólogo». Con Weisheipl opina que «Tomás nunca habría dedicado su tiempo y energía a estos comentarios si no hubiera visto en ellos una urgente labor apostólica»[2].

¿Qué papel otorga la Veritatis Gaudium a Santo Tomás en el panorama de las Universidades y Facultades Eclesiásticas? Según hemos dicho, en este documento la atención a la doctrina tomista se cita explícitamente sólo en la Facultad de Filosofía, siempre dentro de las Normas aplicativas de la Congregación para la Educación Católica. En el apartado dedicado a la facultad de Teología se hace una referencia en una nota al pie, semejante a la que se hacía en la Sapientia Christiana, citando la Lumen Ecclesiae. En cierto sentido, por tanto, aumenta algo la visibilidad del Doctor Común en el documento actual, aunque hubiera visto mucho mejor que se insistiera más en la centralidad que debe ocupar la doctrina tomista dentro del estudio de la teología.

Porque bajo la insistencia en la filosofía tomista y la exclusión o solapamiento de la teología tomista, se puede ocultar un prejuicio muy común en las últimas décadas y que es enormemente perjudicial para la necesaria restauración de la teología católica. El prejuicio es el de pensar que la teología tomista no es más que una filosofía y que hoy la teología escolástica en general es algo pasado de moda y ajeno al «espíritu del Vaticano II». Los que insisten en esta visión suelen decir que la teología escolástica era excesivamente racionalista y no tenía una perspectiva bíblica. Y es muy frecuente contraponerla a la «teología arrodillada», haciendo un uso bastante desviado de la ya de por sí desafortunada expresión, en mi opinión, de von Balthasar.

Nada más lejos de la realidad. Como hemos dicho, la base de la teología tomista es un estudio atento y fiel de la Sagrada Escritura, desde la mente de la Iglesia, expresada de manera privilegiada por los Santos Padres. A los datos positivos de la fe recogidos de esta escucha de la Biblia se aplica la razón, de acuerdo con la metodología de la ciencia. Eso es el fides quaerens intellectum, en que ha consistido siempre la Sagrada Doctrina para la tradición católica. Además, se trata de la teología elaborada por un santo, que se ha santificado precisamente en la profesión de teólogo. Servir a Cristo para Santo Tomás ha consistido en aplicar su razón al Misterio para poder transmitir mejor aquello que contemplaba en el estudio, la oración y, de forma particular, la celebración de la Santa Misa.

Santo Tomás consiguió realizar una síntesis teológica sin precedentes y sin nada que se le haya aproximado después. San Pío V reconocía, al proclamarlo Doctor de la Iglesia, que la doctrina tomista había disipado los errores de los herejes surgidos después de su canonización. De hecho, la razón de esta proclamación fue, muy posiblemente, el reconocimiento de que sin la síntesis teológica tomista hubiera sido muy difícil hacer una réplica contundente a los errores de la herejía protestante, que asolaba la cristiandad europea en ese momento. Y el recurso a la exposición tomista de la doctrina católica no ha dejado de ser eficaz hasta hoy.

En definitiva, es evidente la necesidad que tiene la Iglesia de una filosofía cristiana de inspiración genuinamente tomista. Pero mucho más necesaria es una teología profundamente tomista, que suponga la aplicación del método de tal filosofía a los principios que la fe recibe de las fuentes de la Revelación. En la crisis actual de la fe, la teología y el magisterio, el recurso a la síntesis teológica tomista es, a mi entender, el único camino para la recuperación de la única Tradición en la que se puede ser católico.

Al final, no se trata de otra cosa que la que dice el mismo Papa Francisco que se propone con el documento al que nos estamos refiriendo: «una oportuna revisión y actualización […] a las directrices del Vaticano II». Precisamente en las directrices del Vaticano II a este respecto lo que leemos es lo siguiente: «aprendan luego los alumnos a ilustrar los misterios de la salvación, cuanto más puedan, y comprenderlos más profundamente y observar sus mutuas relaciones por medio de la especulación, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás» (Optatam Totius, 16).


[1] Pasquale PORRO, Tommaso d’Aquino. Un profilo storico-filosofico, Roma, 2014, p. 13.


[2] Jean-Pierre TORRELL, O.P., Saint Thomas Aquinas, v. I: The person and his work, Washington D.C., 2005, p. 174.

lunes, 12 de febrero de 2018

Excusas para una guerra


Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 12-2-18

Dice un viejo refrán que “cuando quieras matar a tu perro debes decir que está rabioso”. O sea, cuando quieras romper con alguien, provócale hasta que salte y entonces te dé una excusa para terminar con él. Los Estados lo han hecho así muchas veces a lo largo de la historia: buscaban un “casus belli”, una justificación para empezar una guerra que deseaban, y si no la encontraban la creaban.

Tengo la impresión de que algo así puede estar pasando en la Iglesia. Las cosas que suceden son tan rápidas y disparatadas que, o bien se debe a que los que las provocan ven con angustia que se les acaba el tiempo, o a que están buscando una reacción por parte de los que se sienten ofendidos por ellas.

No es normal que, en una misma semana, por ejemplo, los obispos alemanes se salten la prohibición que en su día les dio el Vaticano de dar certificados que permitan el aborto y, además, afirmen que van a bendecir las uniones homosexuales. O que uno de los más próximos colaboradores del Papa Francisco, el argentino monseñor Sánchez Sorondo, diga que en la China es donde mejor se aplica la doctrina social de la Iglesia, mientras que el cardenal Zen, emérito de Hong Kong, denuncia la represión del régimen comunista. No es normal que, mientras se está produciendo la mayor tragedia de las últimas décadas en Venezuela -con un millón de refugiados que han cruzado una de los pasos fronterizos con Colombia, el de Cúcuta, tan sólo durante el mes de diciembre- desde el Vaticano no haya una llamada internacional urgente para resolverlo, a la vez que una durísima crítica al régimen dictatorial que está provocando ese éxodo. No es normal que se publique en la web de la Pontificia Academia para la Vida un artículo en el que se dice que el uso de la píldora anticonceptiva debería ser permitido, mientras que un numeroso grupo de católicos conversos del Islam escriben una dura carta al Papa en la que dicen sentirse abandonados por la Iglesia.

Como digo, los que provocan estas cosas, o tienen la impresión de que el tiempo para las reformas se les termina -y quizá alguno tenga datos que la mayoría ignora- y quieren aplicar la teoría de los hechos consumados, o están buscando que los que defienden la fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición se vayan de la Iglesia creando un cisma. O las dos cosas. Al principio, cuando empezaron los debates sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar, se habló de la posibilidad de un cisma si eso sucedía. Luego, la “Amoris Laetitia” lo dejó en una ambigüedad tal que se podía interpretar en un sentido o en otro. Aquella confusión aún sin resolver ha dado paso a otras cosas, como las que he citado que han ocurrido esta semana. Son demasiadas y demasiado juntas. Hay demasiada aceleración, y eso sólo se produce cuando el que conduce ya no lleva el control o cuando se quiere que el coche se salga de la carretera y choque. No sé si se podrá aplicar aquello de Shakespeare de que hay algo podrido en Dinamarca, pero desde luego esto no es normal. Yo no sé por qué, pero seguro que alguien lo sabe, y no me refiero a Dios, que lo sabe todo.


Sólo queda rezar y tener calma. La solución del cisma es muy mala solución, entre otras cosas porque quizá es lo que estén buscando los que están dando golpes al fiel perro guardián para que se enfade y poder decir que está rabioso.

P. Cervellera


explica a Sorondo por qué China no es el País de las Maravillas

Religión en Libertad, 8 febrero 2018


El obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, desde 1998 Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, declaró recientemente en la versión española del Vatican Insider del 2 de febrero, que “en este momento, los que mejor realizan la doctrina social de la Iglesia son los chinos”.

Sánchez Sorondo acababa de volver de su primer viaje a China y mostraba cierto entusiasmo. “Subordinan las cosas al bien común. “Encontré una China extraordinaria: lo que la gente no entiende es que el principio central chino es el trabajo, trabajo, trabajo. No hay otra cosa. En el fondo es como decía San Pablo: quien no trabaja, no coma. No hay favelas, no tienen droga, los jóvenes no usan droga. Hay como una conciencia nacional positiva, ellos desean demostrar que cambiaron, que aceptan la propiedad privada”. Afirma que así lo cree también el economista Stefano Zamagni, nacido en 1931. "Me lo aseguró Stefano Zamagni, un economista tradicional, muy considerado en todas las épocas, por todos los Papas", precisó.

Pero no está de acuerdo Bernardo Cervellera, periodista, sacerdote y misionero, director de la agencia AsiaNews y antiguo director de Agencia Fides. Cervellera ha vivido en Pequín, donde fue profesor de Historia de la Civilización Occidental en la Universidad de Beida. Ha escrito dos libros sobre el país: "Misión China, viaje en el imperio entre el mercado y la represión" (de 2006) y "El reverso de la medalla: la China y las Olimpiadas", de 2008.



En AsiaNews, Cervellera detalla todo lo que queda fuera de la impresión apresurada de Sánchez Sorondo. Reproducimos su análisis.

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Monseñor Sánchez Sorondo en el País de las Maravillas
por Bernardo Cervellera, en AsiaNews

El canciller de la Pontificia Academia de Ciencias exalta a China como el lugar donde se realiza mejor la doctrina social de la Iglesia. El obispo parece no ver las barracas pobres de Beijing (Pequín) y Shanghái, la expulsión de los migrantes, las opresiones sobre la libertad religiosa. Muestra aprecio por los Acuerdos de París sobre clima, pero guarda silencio sobre los lazos entre riqueza, corrupción y contaminación. Es un abordaje ideológico que pone en ridículo a la Iglesia.

A mis amigos que viajan a China, siempre les he recordado que no se detengan a visitar los centros comerciales, los hoteles de ultra-lujo y los rascacielos, sino que vayan también a las periferias y al campo, para tener un panorama realista de China. 

Si se parte del desastre económico en el que se había sumido después de la muerte de Mao, el país, sin lugar a dudas, ha dado pasos gigantescos, sacando de la pobreza a millones de personas, modernizando las industrias y convirtiéndose en la súper-potencia económica que ya le hace sombra a los Estados Unidos. 

Pero de ahí a presentar a China como el “País de las Maravillas”, hay un abismo.

En la entrevista que él concedió después de un viaje a Beijing, brinda un relato de una China que no existe, o, en todo caso, hay una China que los diligentes acompañantes chinos no le hicieron ver. 

“No hay barracas”, dice monseñor Sanchez Sorondo. ¿Acaso nuestro obispo probó ir al sur de la capital, donde, desde hace meses, el gobierno de la ciudad está destruyendo edificios y casas, y expulsando a decenas de miles de trabajadores migrantes? Por no hablar de las periferias de Shanghái, o de las otras megalópolis chinas, donde se vislumbra una “limpieza” y la expulsión de la población “más baja” e indefensa.

El obispo, canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias, llega a afirmar que los chinos son “quienes realizan mejor la doctrina social de la Iglesia”. Pero tal vez no se refiera a esta expulsión de personas, que, dicho sea de paso, se asemeja mucho a un fruto de la “cultura del descarte”, tan criticada por el Papa Francisco. 

 “No hay droga”, dice el obispo: ¿pero acaso ha ido a las prisiones chinas, donde narcotraficantes y drogadictos son llevados arrestados e incluso conminados con la condena a muerte? ¿Y a Shenzhen, que es la plaza de venta de la droga que llega incluso a Hong Kong?

Luego, no hablemos de la libertad religiosa en China. La libertad religiosa debiera ser un pilar de la doctrina social de Iglesia católica. Quizás debiéramos proponer al obispo una lectura de las noticias cotidianas sobre la violencia, los arrestos de cristianos, musulmanes, budistas, los abusos perpetrados sobre las iglesias domésticas, los controles sobre las iglesias oficiales.

El mismo camino accidentado de diálogos entre China y el Vaticano testimonia la dificultad y la reticencia de Beijing para aceptar una mínima libertad religiosa para los católicos.

Quizás alguien deba decirle a Mons. Sánchez Sorondo que desde el primero de febrero, con la implementación de las nuevas normativas, todas las iglesias no-oficiales fueron clausuradas y al menos 6 millones de fieles católicos no tienen un lugar donde reunirse: la amenaza del régimen que “realiza mejor la doctrina social de la Iglesia” es el arresto, multas estratosféricas, y la expropiación de los edificios donde se reúnan los fieles.

Además, a partir de ahora las autoridades locales prohibirán a los “menores de 18 años” el ingreso a las iglesias, incluso a las oficiales. Como dijo un sacerdote, “China ha transformado la iglesia en un club nocturno, sólo para adultos”. 

No hablemos luego de la ingenuidad con la cual Sánchez Sorondo habla del Imperio chino como del lugar donde se apunta al “bien común”, donde la economía no domina la política. En efecto, él necesita saber que en China, economía y política son lo mismo; que los multimillonarios ocupan los escaños del parlamento chino y determinan la política de acuerdo a sus intereses, que no son los del resto de la población.

Según los estudiosos, al menos un tercio de la población china no goza de ningún fruto del desarrollo económico de China: son los agricultores y los migrantes a los cuales no se les garantiza la propiedad de la tierra (promesa dada en la época de Mao, que jamás fue mantenida); a los cuales no se les brinda ningún derecho social y tal vez ni siquiera la paga, tal como demuestran los reportes mensuales del China Labour Bulletin.

Es cierto, y en esto tiene razón el obispo, que China –a diferencia de Trump, y de los Estados Unidos- ha decidido permanecer en los Acuerdos de París sobre el clima. Sin embargo, por ahora, “ha prometido” trabajar para detener la contaminación, y el país tiene el ambiente más destruido y venenoso del mundo. Lo cual sin lugar a dudas es culpa de muchos inversionistas occidentales que se aprovechan de una débil legislación china, pero también de la avidez y la corrupción de miembros del Partido que prefieren, al igual que muchos en el mundo, el beneficio inmediato a costas de su misma población.

Podemos comprender que en la desesperación por buscar acuerdos entre China y el Vaticano, se admire y exalte la cultura china, el pueblo chino, la mentalidad china –como hace el Papa Francisco- pero ¿presentar a China como modelo?

Sería necesario escuchar a los obispos africanos, que ven destruida la economía de sus países, por la invasión de inversiones y de la mano de obra china, y se ven despojados de sus riquezas, tal como ha ocurrido alguna vez con los colonizadores occidentales.


Es verdad que en el mundo todos se ven presionados a optar por Estados Unidos o China, entre un capitalismo liberal y un capitalismo de Estado, pero idolatrar a China es una afirmación ideológica que pone en ridículo a la Iglesia, y que le hace mal al mundo.

domingo, 11 de febrero de 2018

El milagro número 70 de la Virgen de Lourdes



La iglesia francesa anunció un nuevo milagro de la Virgen de Lourdes

Por AP, 11-2-18

Un obispo francés reconoció el domingo como un milagro la cura de una monja católica romana que estuvo inválida por casi cuatro décadas y se recuperó luego de una peregrinación al santuario de Lourdes. Es el milagro número 70 que se le atribuye a la divina intervención en la ciudad de Lourdes.

El obispo Jacques Benoit-Gonin de la diócesis Beauvais, en el norte de París, proclamó el milagro 10 años después de que Bernadette Moriau, actualmente de 79 años, fuera a Lourdes donde hay un santuario que la Iglesia Católica ha reconocido por docenas de otras curas milagrosas.

El reconocimiento se produjo tras una década de estudios y pruebas por el Comité Médico Internacional de Lourdes. El obispo tenía la última palabra para reconocer el milagro.
Moriau experimentó "un cambio repentino, instantáneo, completo y duradero", dijo Benoit-Gonin en el sitio web de la diócesis. Señaló que las características lo alertaron a la posibilidad de que había ocurrido un milagro y agregó que el comité médico informó que los cambios eran inexplicables "dentro de nuestro actual estado de conocimiento científico".


El santuario de Lourdes es el lugar donde hace 160 años hubo apariciones de la Virgen María. Según reportes, se le apareció a Bernadette Soubirous, una campesina de 14 años y se cree que el agua de manantial en la Gruta de Massabielle tiene poderes curativos que atraen a peregrinos de todo el mundo.