lunes, 21 de agosto de 2017

Destacado teólogo dominico

reformar el Derecho Canónico para enmendar los errores doctrinales del Papa

Gabriel Ariza
Infovaticana, 21 Agosto, 2017

El padre Aidan Nichols, un autor prolífico que ha dado clases en Oxford y Cambridge, como también en el Angelicum de Rome, ha dicho que la exhortación Amoris Laetitia del Papa Francisco ha llevado a una situación «extremadamente grave» y propone que, dado que las declaraciones del Papa incluyen cuestiones relacionadas con el matrimonio y la ley moral, la Iglesia tal vez necesite «un procedimiento que llame al orden a un Papa que, en su enseñanza, incurre en el error».

El teólogo dominico ha afirmado que dicho procedimiento tal vez sería menos «conflictivo» si tuviera lugar durante un futuro pontificado, en lugar de que suceda lo que ocurrió con el Papa Honorio, que fue condenado por error tras dejar la cátedra de Pedro.
El padre Nichols ha hecho estas declaraciones ante una audiencia de mayoría no católica durante la conferencia anual, en la ciudad de Cuddesdon, de una sociedad ecuménica: la Fellowship of St Alban and St Sergius.
Ha afirmado que el proceso judicial «disuadiría a los Papas de cualquier tendencia a la rebeldía doctrinal, o a la simple negligencia» y daría respuesta a algunas «angustias ecuménicas» de anglicanos, ortodoxos y otros que temen que el Papa tenga carta blanca para imponer su enseñanza. «Desde luego, parece que la actual crisis del magisterio romano tenga la providencial intención de llamar la atención sobre los límites de la primacía a este respecto».
El padre Nichols ha escrito más de cuarenta libros de filosofía, teología, apologética y crítica. En 2006 fue el primer profesor que ha sido designado, desde la Reforma, por la Universidad de Oxford para impartir Teología Católica.

Hasta ahora no había hecho ningún comentario público sobre Amoris Laetitia, pero fue uno de los cuarenta y cinco sacerdotes y teólogos que firmaron una carta dirigida al Colegio de los Cardenales, y que posteriormente fue filtrada. La carta pedía a los cardenales que solicitaran aclaraciones al Papa para, así, impedir las interpretaciones heréticas y erróneas de la exhortación.
En su ponencia el padre Nichols ha mencionado algunas de las preocupaciones que ya se mencionaban en la carta: por ejemplo, que Amoris Laetitia parece insinuar que la vida monástica no está a un nivel más elevado que el matrimonio, una postura condenada como herética por el Concilio de Trento.

También se ha interpretado que la exhortación defiende que los divorciados que se han vuelto a casar pueden recibir la comunión sin comprometerse en vivir «como hermano y hermana». Esto contradice la enseñanza perenne de la Iglesia, reafirmada por los Papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI.
El padre Nichols ha declarado que esta interpretación, que supuestamente ha sido aprobada por el Papa Francisco, introduciría en la Iglesia «un estado de vida del que antes no se había oído hablar dentro de ella: diciéndolo sin rodeos, un concubinato tolerado».

Ha añadido que el modo con el que Amoris Laetitia defiende «un concubinato tolerado» (sin utilizar la frase) es, potencialmente, más nocivo y cita la descripción de la exhortación en relación con la conciencia que «reconoce que una situación dada no corresponde objetivamente a las exigencias del Evangelio» y que considera «con una cierta seguridad moral… lo que por ahora es la respuesta más generosa». El padre Nichols afirma que esto parece decir que «las acciones condenadas por la ley de Cristo pueden ser a veces moralmente buenas o, incluso, que hayan sido requeridas por Dios».
Esto contradiría la enseñanza de la Iglesia según la cual algunos actos son siempre moralmente malos, ha declarado el padre Nichols.

También ha llamado la atención sobre la declaración -presumiblemente referente a las intenciones de vivir en continencia-, que alguien «puede conocer perfectamente la norma y, sin embargo, encontrarse en una situación concreta que no le permita actuar de manera diferente, por lo que decide actuar de otra manera sin pecar ulteriormente». El padre Nichols ha observado que el Concilio de Trento había condenado solemnemente la idea según la cual «los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir incluso para un hombre que ha sido justificado y consolidado por la gracia». Amoris Laetitia parece decir que no siempre es posible, o incluso aconsejable, seguir la ley moral.

Si estas declaraciones sobre las acciones morales fueran correctas, ha dicho el padre Nichols, «entonces ningún ámbito de la moralidad cristiana saldría indemne».
Ha declarado que es preferible pensar que el Papa ha sido sólo «negligente» con el lenguaje utilizado, en lugar de pensar que está enseñando un error. Pero parece que esto no es así, dados los informes presentados por la Congregación para la Doctrina de la Fe en los que se sugieren correcciones a Amoris Laetitia, informes que han sido ignorados.

El cardenal Raymond Burke ha hablado públicamente sobre corregir formalmente al Papa. No obstante, el padre Nichols ha afirmado que ni el Código de Derecho Canónico Occidental ni el Oriental contienen un procedimiento que «permita llevar a cabo una investigación en el caso de que se sospeche que un Papa haya enseñado un error doctrinal; mucho menos hay una disposición para un juicio» y ha declarado que la tradición en el Derecho Canónico es que la «primera sede no es juzgada por nadie». Ha añadido que el Concilio Vaticano I había restringido la doctrina de la infalibilidad papal: «no es la posición de la Iglesia Católica Romana que un Papa sea incapaz de inducir al error a la gente mediante una falsa enseñanza».

«Él puede ser el juez de apelación supremo de la cristiandad… pero esto no le hace inmune a la posibilidad de perpetrar errores garrafales en lo que respecta a la doctrina. Sorprendentemente, o tal vez no lo sea tanto dada la misericordia que ha rodeado a las figuras de los Papas desde el pontificado de Pío IX, este hecho parece ser desconocido a muchos que sí deberían saberlo». Dados los límites de la infalibilidad papal, el Derecho Canónico debería poder contemplar un procedimiento formal si el Papa incurre en error en su enseñanza.

El padre Nichols ha dicho que las conferencias episcopales han sido lentas en expresar su apoyo al Papa Francisco, probablemente debido a su división interna; y ha añadido que el programa del Papa «no habría ido tan lejos si no se hubiera designado a teólogos progresistas a cargos elevados tanto en el episcopado mundial como en las filas de la curia romana».
El padre Nichols ha afirmado que «hay peligro de un posible cisma», pero que no es un daño tan inmediato como «la difusión de la herejía moral». El punto de vista que aparentemente contiene Amoris Laetitia, si no se corrige, «será considerado cada vez más como una opinión teológica aceptable. Y esto causará un daño mayor, difícil de reparar».

Ha concluido que la ley de la Iglesia permanecerá gracias a «quienes dan vida a la ley a través de la fidelidad en el amor».


(Publicado originalmente en Catholic Herald. Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana)

El teólogo según la Instrucción Donum Veritatis


Una relectura útil para la Doctrina Social de la Iglesia.

Observatorio Van Thuan, 1 agosto 2017

Stefano Fontana


Nuestro Observatorio se ha ocupado en varias ocasiones sobre el método utilizado para enseñar la Doctrina Social de la Iglesia en los Seminarios e Institutos Teológicos, sin esconder su preocupación al respecto. Está claro que al ser la Doctrina Social de la Iglesia formalmente “Teología moral”, su enseñanza depende de qué se entiende por teología moral, por la teología en general y cuál es el papel que tiene el teólogo. Puede ser útil, entonces, recorrer las principales directrices de la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe Donum veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo, de 1990. Si el teólogo, cuando enseña, respeta estas indicaciones, la enseñanza de la Doctrina de la Iglesia, allí donde la haya, está a salvo; en caso contrario, está seriamente dañada o deformada.

En el lejano 1972, el teólogo Karl Rahner[1] escribía que si en una diócesis un determinado número de teólogos propone tesis heterodoxas, el obispo no debe intervenir con sanciones o condenas, porque el pluralismo teológico y las exigencias de la investigación se lo desaconsejan. De hecho, a partir de ese momento muchos teólogos han enseñado tesis heterodoxas o, por lo menos, extrañas, sin ser reprendidos por los pastores. Se observa aquí el delicado problema de la relación entre teólogos y pastores que, aún hoy, dista mucho de estar resuelto en la práctica, si bien la Instrucción de la que nos ocupamos aquí se haya expresado muy claramente al respecto.

Por otra parte, el hecho mismo que esta Instrucción, firmada por el entonces Prefecto, el Cardenal Ratzinger, y aprobada por el Papa Juan Pablo II, haya sido ampliamente desatendida -y hayan sido muchos los teólogos que no la han obedecido-, demuestra claramente que el problema de la relación entre teólogos y pastores es real.

Se puede decir que, a partir del Concilio  Vaticano II, el papel de los teólogos pasó a ser preeminente[2], por lo que muchos pastores viven en una especie de sometimiento psicológico y cultural a los mismos. Por consiguiente, es urgente reconsiderar la función eclesial del teólogo.
La verdad que une
A pesar de que hoy se habla mucho de pluralismo teológico, la Instrucción Donum veritatis afirma que la verdad une y libera a los hombres del aislamiento y las oposiciones. La Iglesia tiene el don de conservar y transmitir el don de la verdad y sólo con esta condición puede ser la sal de la tierra y la luz del mundo, es decir, puede desarrollar su acción pastoral.

Se incluye aquí la función del teólogo, que se distingue en «lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradición viva de la iglesia».

Para desarrollar esta tarea, el teólogo tiene que integrarse correctamente en la relación entre fe y razón. La fe apela a la inteligencia y, por lo tanto, la ciencia teológica es la inteligencia de la fe. Esto tiene claramente también una implicación apologética, porque responde al mandamiento del apóstol Pedro de dar razón de la propia fe. Además, la ciencia teológica debe «reconocer la capacidad que posee la razón humana para alcanzar la verdad, como también su capacidad metafísica de conocer a Dios a partir de lo creado»[3]. Éste es un punto importante. Muchos teólogos enseñan que la metafísica no es posible, niegan el valor de la demostración racional de la existencia de Dios a partir de la experiencia y se remontan a filosofías que no piensan que es posible alcanzar la verdad. Haciendo esto, sin embargo, no sólo no se plantea correctamente la propia disciplina, sino que tampoco se desarrolla una función eclesial. Como afirma la Donum veritatis, se pueden asumir sólo filosofías que «puedan ser asumidas en la reflexión sobre la doctrina revelada». ¿Qué se puede decir, entonces, del pluralismo filosófico en teología, tan proclamado hoy en día? El discernimiento de las filosofías «tiene su principio normativo último en la doctrina revelada. Es ésta la que debe suministrar los criterios para el discernimiento de esos elementos e instrumentos conceptuales, y no al contrario». En otras palabras: para discernir si la filosofía de Heidegger es cónsona a la fe, debo partir de la doctrina de la fe y no de la filosofía de Heidegger. Pero, ¿cuántos teólogos lo hacen?

Cuando los teólogos y los docentes en los Institutos de Ciencias Religiosas no cumplen con este deber, desatienden también otra importante obligación que tienen como miembros del pueblo de Dios: «respetarlo y comprometerse a darle una enseñanza que no lesione en lo más mínimo la doctrina de la fe».

Los teólogos deben tener libertad de investigación, pero en el sentido verdadero de la libertad. La investigación debe respetar el método que se corresponde con el objeto de dicha investigación, que es la verdad revelada: «Desatender estos datos, que tienen valor de principio, equivaldría a dejar de hacer teología».
Los teólogos y el magisterio
La Instrucción Donum veritatis recuerda los principios de la doctrina de la fe que atañen al papel del magisterio en la Iglesia. Su objetivo es «vigilar para que el pueblo de Dios permanezca en la verdad que hace libres». La nueva alianza de Dios en Jesucristo tiene carácter definitivo. El magisterio tutela al pueblo de Dios «de las desviaciones y extravíos y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica». Esta tarea concierne a la doctrina, pero también la moral y el magisterio pueden expresar, por un parte, juicios normativos para la conciencia de los fieles y, por la otra, juicios infalibles en relación con los actos que no son conformes a las exigencias de la fe. Las tareas del magisterio se extienden, por lo tanto, también a la ley moral natural. Toda esta doctrina, como bien se sabe, fue desarrollada por Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor.

Si pensamos en el gran número de teólogos que niegan la existencia misma de una ley natural y así se lo enseñan a los jóvenes seminaristas, si pensamos en el trato que muchos de ellos dan a la Humanae vitae de Pablo VI o a la Veritatis splendor de Juan Pablo II, nos damos cuenta de cuán oportunas y actuales son las indicaciones de la Donum veritatis.

El teólogo, por lo tanto, debe servir a esta dinámica de la fe y, en consecuencia, debe tener la relación adecuada con el magisterio de la Iglesia; sobre todo, como subraya la Instrucción de la que estamos hablando, cuando este teólogo tiene también la tarea de enseñar. La actividad de la enseñanza se convierte, entonces, en «una participación de la labor del Magisterio al cual está ligada por un vínculo jurídico».

Con el magisterio puede haber situaciones de tensión. Éstas no pueden tener que ver, ciertamente, con argumentos en los que el magisterio se haya expresado de manera definitiva, sino en todo caso con temas debatidos sobre los que el magisterio se haya pronunciado con prudencia. En estos casos, el teólogo renunciará a manifestar en público sus opiniones e intentará profundizar el conocimiento del problema en cuestión, bien sabiendo que no puede encomendarse sólo a la propia conciencia. Si las diferencias de opiniones permanecen, el teólogo –añade la Donum veritatis– no se dirigirá a los medios de comunicación, sino a las autoridades magisteriales, aceptando incluso sufrir en silencio y orando.
También a este respecto, cuánta distancia hay entre estas instrucciones y la realidad.

El disentimiento eclesial
La última parte de la Donum veritatis está dedicada al disentimiento, es decir, a una oposición al magisterio no individual de este o aquel teólogo, pero organizada. Antes del Concilio asistimos a muchas manifestaciones de disentimiento que fueron presentadas, posteriormente, como anticipaciones al Concilio mismo. Después del Concilio hemos asistido a muchas formas de disentimientos que han sido presentadas como aplicaciones del Concilio.

Las observaciones de la Donum veritatis sobre el disentimiento son muy importantes porque clarifican el significado del pluralismo teológico que, a menudo, es llamado en causa: «En cuanto al pluralismo teológico, éste es legítimo únicamente en la medida en que se salvaguarde la unidad de la fe en su significado objetivo». El pluralismo se funda sobre la insondable profundidad del misterio de Cristo, pero no puede mínimamente cuestionar las verdades sobre las que el magisterio ya se ha pronunciado. El disentimiento, en cambio, se fundaba precisamente sobre esta insondable profundidad para decir que todas las afirmaciones del magisterio son relativas.

Con mucha frecuencia, en las instituciones académicas católicas el pluralismo teológico es comprendo precisamente en este sentido equivocado. Y sucede que docentes teólogos enseñan lo contrario de cuanto ha sido definido por el magisterio de manera definitiva.

Es de gran interés que la Donum veritatis afirme que es imposible apelar a la concepción moderna de los derechos del hombre para afirmar un supuesto derecho al disentimiento en una supuesta Iglesia plural. La libertad no significa en absoluto libertad de la verdad. En la Iglesia no puede haber una libertad de opinión en el sentito moderno de la expresión, hasta el punto que -recuerda la Instrucción- a un teólogo profesor la autoridad magisterial le puede retirar la misión canónica o el mandato de docencia.

Sin embargo, observamos que estas medidas se toman raramente si las comparamos con la frecuencia con que suceden las incorrecciones teológicas de los docentes; esto evidencia, desde un punto de vista que ya no es el del teólogo, sino que es ahora el del magisterio, que las instrucciones de la Donum veritatis son muy oportunas y hay que recuperarlas.


Stefano Fontana

[1] Cfr. Stefano Fontana. La nuova Chiesa di Karl Rahner. Il teologo che ha insegnato ad arrendersi al mondo, Fede & Cultura, Verona 2016.

[2] Cf Stefano Fontana, Il Concilio restituito alla Chiesa. Dieci domande sul Vaticano II, La Fontana di Siloe-Lindau, Torino 2014.


[3] Este punto, hoy en día casi totalmente desatendido, es una enseñanza del Catecismo y ha sido explicado de manera autorizada por Fides et ratio (1998) de Juan Pablo II: “Un pensamiento filosófico que rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para desempeñar un papel de mediación en la comprensión de la Revelación” (n. 83).

sábado, 19 de agosto de 2017

El ex general de los dominicos

llama a liberarse de la dictadura de la tradición

catolicos-on-line, agosto 2017

Timothy Radcliffe, OP, Maestro de la Orden de Predicadores del 1992 al 2001 y consultor del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, dio recientemente una charla en Australia en la que criticó duramente el uso de la Tradición para abordar el matrimonio y el divorcio.

Un artículo publicado en la página oficial de la Orden Dominicana revela que Radcliffe habló del «absolutismo y la tiranía de la tradición que produce una exclusión de la creatividad» en una charla que tuvo lugar el pasado 10 de mayo en Brisbane, Australia.

«El P. Radcliffe desarrolló esta idea al hablar del matrimonio, el divorcio y la comunión», explica la web dominica. El dominico aseguró que si las personas divorciadas vueltas a casar se enfrentan a su propia responsabilidad y fracaso, si se enfrentan a lo que habían hecho, quizás lo mejor para ellas sea volver a la medicina de la Eucaristía, pero no habla de la necesidad de abandonar su condición de divorciados vueltos a casar.

Igualmente hizo referencia al hecho de que hasta el siglo III la Iglesia excluía para siempre a los que habían cometido el pecado de adulterio, mientras que luego se decidió que podían volver a la comunión eclesial (n. de InfoCatólica: obviamente siempre que dejaran el adulterio atrás, no sin dejarlo como se pretende ahora).

Radcliffe puso especial énfasis en el papel que desempeña la «conciencia» como norma para decidir si los católicos que viven en relaciones objetivamente pecaminosas pueden recibir la Sagrada Comunión. Es decir, contradice expresamente el Magisterio de la Iglesia, especialmente el de la encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II:

No es la primera vez que el fraile que dirigió durante nueve años la Orden de los Predicadores manifiesta opiniones contrarias al magisterio de la Iglesia. Por ejemplo, esto afirmó sobre la homosexualidad en el año 2005:


«¿Cómo abordar la cuestión de la sexualidad gay? ¡No podemos comenzar con la pregunta de si está permitido o prohibido! Debemos preguntar lo que significa, y en qué medida es  Eucarístico. Ciertamente puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Por lo que, de muchas formas, pensaría que puede ser una expresión de la autodonación de Cristo. También podemos observar cómo puede ser una expresión de fidelidad mutua, una relación de alianza en la cual dos personas se unen el uno al otro para siempre…»

Homilía del cardenal Sarah en La Vendée


catolicos-on-line, agosto 2017

El domingo  XIX del tiempo ordinario, el cardenal Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, celebró la Santa Misa en la catedral de La Vendée, región francesa cruelmente martirizada por los revolucionarios franceses por negarse a abandonar su fe católica. Esta es la homilía que pronunció.

Hermanos:
Ofrecemos esta noche el sacrificio de la misa por el descanso de todos los benefactores de Puy du Fou fallecidos desde el comienzo de esta bella obra hace cuarenta años.

Por vuestro trabajo, todos los que hoy estáis aquí congregados, despertáis cada tarde la memoria de este lugar. El castillo de Puy du Fou, ruina dolorosa, abandonada por los hombres, se alza como un grito hacia el cielo. Con las entrañas abiertas, recuerda al mundo que, frente al odio por la fe, un pueblo se levantó: ¡El pueblo de la Vendée!

Queridos amigos, dando vida a estas ruinas, cada noche, dais vida a los muertos. Dais vida a todos aquellos vandeanos muertos por su fe, por sus iglesias y por sus sacerdotes.

Vuestra obra se eleva sobre esta tierra como un canto que lleva consigo el recuerdo de los mártires de la Vendée. ¡Hacéis revivir a esos trescientos mil hombres, mujeres y niños, víctimas del Terror! Dais voz a aquellos a quienes se quiso silenciar, ¡porque rechazaban la mentira de la ideología atea! ¡Rendís homenaje a aquellos a quienes se pretende ahogar en el olvido porque rechazaban que se les arrancara la libertad de creer y de celebrar la Misa!

Os lo digo solemnemente: vuestro trabajo es justo y necesario. Con vuestro arte, vuestros cantos, vuestras proezas técnicas, ofrecéis al fin una digna sepultura a todos esos mártires a los que la Revolución quiso dejar sin tumbas, abandonados a los perros y los cuervos. Vuestro trabajo es más que una obra simplemente humana: es como la obra de una Iglesia.

¡Vuestro trabajo es necesario, especialmente en nuestro tiempo, que parece embobado! Frente a la dictadura del relativismo, frente al terrorismo del pensamiento que, de nuevo, quiere arrancar a Dios del corazón de los niños, necesitamos reencontrar la frescura de espíritu, la simplicidad alegre y ardiente de estos santos y mártires.

Cuando la Revolución quiso privar a los vandeanos de sus sacerdotes, todo un pueblo se sublevó. ¡Ante los cañones, estos pobres solo tenían sus bastones! ¡Frente a los fusiles, sólo poseían sus hoces! ¡Frente al odio de las columnas infernales, sólo presentaban su rosario, su oración y el Sagrado Corazón bordado en su pecho!

Hermanos, los vandeanos simplemente pusieron en práctica lo que nos enseñan las lecturas de hoy. Dios no está en el trueno ni los relámpagos, no está en el poder o el ruido de las armas, ¡se esconde en la brisa ligera!

Frente al despliegue planificado y metódico del Terror, los vandeanos sabían bien que serían aplastados. Sin embargo, ofrecieron cantando su sacrificio al Señor. Fueron esa brisa ligera, brisa aparentemente barrida por la poderosa tempestad de las “columnas infernales”.

Pero Dios estaba allí. ¡Su poder se reveló en la debilidad! La historia -la verdadera historia- sabe que en el fondo los campesinos vandeanos triunfaron. Con su sacrificio impidieron que la mentira de la ideología se erigiera en maestra. Gracias a los vandeanos, la Revolución ha tenido que quitarse la máscara y revelar su rostro de odio hacia Dios y hacia la fe. Gracias a los vandeanos, los sacerdotes no se convirtieron en los esclavos serviles de un estado totalitario y pudieron ser los servidores libres de Cristo y de la Iglesia.

Los vandeanos oyeron la llamada que Cristo nos lanza en el Evangelio de hoy: “¡Confiad! ¡Soy yo, no temáis!” Cuando rugía la tempestad, cuando la barca hacía aguas por todas partes, no tuvieron miedo…tan seguros estaban de que, más allá de la muerte, el Corazón de Jesús sería su única patria.

Hermanos míos, los cristianos necesitamos ese espíritu de los vandeanos. ¡Necesitamos ese ejemplo! ¡Como ellos, tenemos que abandonar nuestros campos y cosechas, dejar sus surcos, para combatir no por intereses humanos, sino por Dios!

¿Quién se levantará hoy por Dios? ¿Quién se enfrentará a los modernos perseguidores de la iglesia? ¿Quién tendrá el coraje de levantarse sin otras armas que el rosario y el Sagrado Corazón, para enfrentarse a las columnas de la muerte de nuestro tiempo que son el relativismo, el indiferentismo y el desprecio de Dios? ¿Quién dirá a este mundo que la única libertad por la que merece la pena morir es la libertad de creer?

Como nuestros hermanos vandeanos de otro tiempo, estamos llamados hoy a dar testimonio, es decir, ¡al martirio! Hoy en Oriente, en Pakistán, en África, nuestros hermanos cristianos mueren por su fe, aplastados por las columnas del islamismo perseguidor.

Y tú, pueblo de Francia, tú, pueblo de la Vendée, ¿cuándo te levantarás con las armas pacíficas de la caridad y la oración para defender tu fe? Amigos, la sangre de los mártires corre por vuestras venas, ¡sed fieles! Somos todos espiritualmente hijos de la Vendée mártir. Incluso nosotros, los africanos, que hemos recibido tanto de los misioneros vandeanos que vinieron a morir entre nosotros para anunciar a Cristo. Debemos ser fieles a su herencia.

Las almas de estos mártires nos rodean en este lugar. ¿Qué nos dicen? ¿Qué quieren transmitirnos? Para empezar su coraje. Cuando se trata de Dios no hay otro compromiso, ¡el honor de Dios no se disputa! Y ello debe empezar por nuestra vida personal, de oración y de adoración. Es tiempo, hermanos míos, de rebelarnos contra el ateísmo práctico que asfixia nuestras vidas. ¡Oremos en familia, pongamos a Dios en primer lugar! ¡Una familia que reza es una familia que vive! ¡Un cristiano que no reza, que no sabe dejar sitio a Dios a través del silencio y la adoración, acaba muriendo!

Del ejemplo de los vandeanos debemos también aprender el amor al sacerdocio. Se rebelaron porque sus “buenos curas” eran amenazados.

Vosotros, los más jóvenes, si sois fieles al ejemplo de vuestros mayores, ¡amad a vuestros curas, amad el sacerdocio! Debéis preguntaros: ¿Y yo, soy llamado a ser sacerdote, siguiendo a aquellos buenos curas martirizados por la Revolución? ¿Tendré la valentía de dar mi vida por Cristo y mis hermanos?

Los mártires de la Vendée nos enseñan además el sentido del perdón y la misericordia. Ante la persecución, ante el odio, guardaron en el corazón el deseo de la paz y el perdón. Recordad cómo el general Bonchamp liberó a cinco mil prisioneros solo unos minutos antes de morir. Sepamos enfrentar el odio sin resentimiento y sin acritud. ¡Somos el ejército del Corazón de Jesús y como él queremos estar llenos de dulzura!

Finalmente, de los mártires vandeanos, necesitamos aprender el sentido de la generosidad y el don gratuito. Vuestros ancestros no se batieron por sus intereses, no tenían nada que ganar. Nos dan hoy una lección de humanidad. Vivimos en un mundo marcado por la dictadura del dinero, del interés, de la riqueza. El gozo del don gratuito es despreciado y objeto de burla en todas partes. Sin embargo, solamente el amor generoso, el don desinteresado de la propia vida pueden vencer el odio por Dios y los hombres que es la matriz de toda revolución. Los vandeanos nos enseñaron a resistir estas revoluciones. Nos mostraron que frente a las columnas infernales, como frente a los campos de exterminio nazis o los gulags comunistas, ante la barbarie islamista, solo hay una respuesta posible: el don de sí, de toda la vida. ¡Solo el amor puede vencer el poder de la muerte!

Todavía hoy, tal vez más que nunca, los ideólogos de la revolución pretenden destruir el lugar natural del don de sí mismo, de la generosidad gozosa y del amor. Estoy hablando de la familia.

La ideología de género, el desprecio de la fecundidad y de la fidelidad son los nuevos slogans de esta revolución. Las familias son hoy como otras Vendées a las que hay que exterminar. Se planifica metódicamente su desaparición, como se hizo en otro tiempo en la Vendée.  Estos nuevos revolucionarios se inquietan frente a la generosidad de las familias numerosas. Se burlan de las familias cristianas porque ellas encarnan todo lo que ellos odian. Están dispuestos a lanzar sobre África nuevas “columnas infernales” para presionar a las familias e imponerles la esterilización, el aborto y la anticoncepción. ¡África resistirá como hizo la Vendée! Por todas partes las familias deben ser como la punta de lanza de esta revuelta contra la nueva dictadura del egoísmo.

En adelante, en el corazón de cada familia, de cada cristiano, de cada hombre de buena voluntad, debe librarse una “Vendée interior”. ¡Todo cristiano es espiritualmente un vandeano! No dejemos que se ahogue en nosotros el don generoso y gratuito. Sepamos, como los mártires de la Vendée, extraer este don de su fuente: el Corazón de Jesús.


¡Oremos para que una poderosa y alegre Vendée interior se alce en la Iglesia y en el mundo! Amen.

Los demonios fueron legión


La Nación, 19 DE AGOSTO DE 2017

Héctor Aguer *

Los tres evangelios sinópticos recogieron un episodio impresionante de la vida de Jesús: la liberación de un endemoniado. Ocurrió en Gerasa o Gádara, un pueblo de la Transjordania. Mateo, en una variante más breve del mismo relato menciona a dos endemoniados. Marcos habla de un hombre poseído por un espíritu impuro; Lucas, por su parte, anota que se trata de un varón que tenía demonios. Estos últimos textos lo describen como un loco furioso, incapaz de vivir en sociedad. Mientras Jesús silenciosamente está expulsando al mal espíritu, éste reacciona, suplicante, porque sufre al abandonar su presa. El Señor le preguntó su nombre. La respuesta fue: mi nombre es Legión, porque somos muchos (Mc. 5, 9). El nombre "Legión" designaba una unidad militar de más de 6000 hombres; es un término técnico propio del latín, que pasó al uso del griego y del arameo. En el caso, da a entender que era un entero ejército diabólico, como un poder organizado, el que se había apoderado de aquella criatura y la había deshumanizado.

Demonio es el diablo, Satanás, en el pasaje evangélico, pero en nuestra lengua el sustantivo se aplica en sentido figurado a una persona perversa y maligna. Valga la divagación para introducir un asunto delicado y discutido. 

¿Cuántos demonios poseyeron a la Argentina en la sangrienta década del 70 del siglo pasado? Aquellos fantasmas nos siguen obsesionando y dividiendo. Como el lector ya habrá advertido, estoy aludiendo a la "teoría de los dos demonios". Se ha inculpado al escritor Ernesto Sabato de ser su autor; la izquierda se ensañó con él criticando un pasaje del prólogo de "Nunca más", el informe de la Conadep: "Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como desde la extrema izquierda? 
A los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos". 

Recordemos la accidentada secuencia de la cantidad de víctimas de la dictadura; mejor dicho, del atroz invento de esa gente, los desaparecidos: 7380 según el recuento de la Conadep; luego 8961; según otros informes, 13.000; después 22.000, hasta llegar a la cifra mítica de los 30.000, obligatoria de sostener según es ley en la provincia de Buenos Aires. Aunque una sola persona hubiera corrido esa suerte, se trataría siempre de una atrocidad.

En 2006 los impugnadores de Sabato y de los demás investigadores de aquel primer intento lograron reformular las expresiones del insigne escritor. Se impuso entonces este párrafo: 
"Es preciso dejar claramente establecido, porque lo requiere la construcción del futuro sobre bases firmes, que es inaceptable pretender justificar al terrorismo de Estado como una suerte de juego de violencias contrapuestas como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado, que son irrenunciables". 

Según tales revisionistas, hubo un solo demonio: el Estado. Ellos no parecen ser historiadores científicos, objetivos, ya que olvidan los miles de crímenes de los "jóvenes idealistas", escalonados con frecuencia y furia crecientes desde el asesinato del general Aramburu: secuestros extorsivos con ganancias de millones de dólares para invertir en armas, ataques a unidades militares cuyas mayores víctimas fueron los jóvenes "colimbas"; cientos de atentados, ubicuos, con el fin de ostentar un poder cada vez mayor; intento de "liberar" un territorio con el propósito de hacerse reconocer internacionalmente; y un largo etcétera, en el que pueden incluirse las delaciones internas en los grupos y los tratos subrepticios con sectores de las Fuerzas Armadas.

Fueron peligrosos delincuentes esos "angelitos". Sin justificar lo injustificable, es posible afirmar, según las declaraciones de ambas partes, que existió una cierta simetría, aunque variable a través de las peripecias de los enfrentamientos. ¿Con qué derecho los diversos agrupamientos subversivos se arrogaban la representación del pueblo, aun en el período en que regía una precaria democracia? 

Conviene recordar que los Montoneros surgieron del seno de la Iglesia: nacionalismo católico, Acción Católica, Pastoral Universitaria, con el aliento de los Sacerdotes para el Tercer Mundo y el horizonte ideológico de la teología de la liberación, el presunto mensaje de Medellín y un supuesto "espíritu del Concilio". En el otro frente, la policía y las Fuerzas Armadas contaban con los respectivos capellanes, que podían haber alertado a sus autores, con riesgo, por cierto, acerca de las atrocidades que estaban cometiendo.

No hubo un solo demonio suelto en aquellos años. Tampoco, en mi opinión, fueron solamente dos. Fueron Legión. Durante su tercera presidencia el general Perón dio órdenes de "aniquilar a la subversión" y determinó los instrumentos policiales que debían ejecutarla; continuaron obrando mientras gobernaba su esposa; guiado por artes brujeriles se destacó aquel escuadrón de nombre que se hizo célebre: Triple A. La Legión poseyó a mucha gente, de un lado, del otro y del medio; como explicó San Lucas en el caso de Gádara (8, 27): muchos demonios entraron en él, en el cuerpo y el alma de la Argentina de entonces.

Sin juzgar las intenciones, estimo que quienes militan contra la teoría de los dos demonios no quieren la reconciliación nacional; están abroquelados en el resentimiento y el rencor. Se alborozan porque 40 años después de aquellos sucesos la Justicia envía a la cárcel a antiguos oficiales jóvenes apelando al discutible concepto de "lesa humanidad". Laesus-a-um significa ofendido, herido, dañado. ¿No serán de lesa humanidad los delitos cometidos desde el Estado y contra todo el pueblo por personajes recientes que se han beneficiado de una distracción judicial de más de diez años? 

No hay futuro para la sociedad argentina sin perdón recíproco, sin olvido, que es lo contrario de la venganza camuflada como memoria. La historia bíblica de José concluye con este mandato que le dirige su padre Jacob: "Perdona el crimen y el pecado de tus hermanos, que te hicieron tanto mal" (Gén. 50, 17). El relator anota: "Al oír estas palabras, José se puso a llorar". El perdón, como realidad superior a la justicia, es el exorcismo que puede liberarnos de la sombra de la Legión. Aquel endemoniado de Gerasa que "vagaba entre los sepulcros, dando alaridos e hiriéndose con piedras", una vez sanado quedó sentado a los pies de Jesús, "vestido y en su sano juicio". Ése podría ser nuestro futuro.


* Arzobispo de La Plata, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas

lunes, 14 de agosto de 2017

Cardenal Medina

 Los políticos que apoyan el aborto no deben recibir el voto de ningún cristiano

INFOVATICANA 14 Agosto, 2017



El pasado 8 de agosto, el diario El Mercurio publicó una carta del cardenal Jorge Medina titulada “¿Coherencia?” en la que denunciaba que el proyecto de ley del aborto en Chile “es un caso en el que bajo el eufemismo de ‘despenalización’ se oculta la atroz realidad de la legalización del asesinato de un inocente”.

El purpurado chileno y prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos señalaba que “quienes se hacen cómplices de tal atrocidad no deben recibir el voto de ningún cristiano” a menos que, con anterioridad a las elecciones, hayan manifestado públicamente su arrepentimiento.

Citando el Código de Derecho Canónico, el cardenal Medina advertía de que “esas personas, si dicen ser católicas, puesto que han cometido públicamente un grave pecado, no están en condiciones de poder recibir los sacramentos de la Iglesia”, a no ser que se hayan arrepentido y hayan manifestado también públicamente su arrepentimiento.

Asimismo, en la carta publicada en El Mercurio, el prelado recuerda que si estas personas, diciéndose cristianas o católicas, fallecen sin antes haber dado claras muestras de arrepentimiento, “no es coherente que se solicite para sus restos mortales, ni se les conceda, un funeral público según los ritos litúrgicos de la Iglesia Católica”.

A causa de su misiva denunciando la colaboración y la complicidad con el crimen del aborto, el cardenal Medina ha recibido críticas que han llegado incluso desde el ámbito eclesial.

En una carta publicada en El Mercurio el 9 de agosto, Percival Cowley, ex capellán de La Moneda, respondía al cardenal Medina abogando por “decir que no al aborto libre, pero a la vez aprender a confiar en las conciencias maduras de los hermanos”. Cowley también preguntaba en el texto: “¿Qué hizo y qué dijo el señor cardenal en Chile cuando se violaban sistemáticamente los DD.HH.?”

El jesuita Felipe Berríos fue más lejos en sus críticas a la carta del cardenal Medina. En declaraciones a Radio Cooperativa, Berríos calificó la misiva de “desalmada” y de “pastoral del terror”. “Es la típica pastoral del terror, que es la que siempre ha ejercido el cardenal Medina. Es una carta desalmada que no ve el alma de las personas en las situaciones y uno no puede dejarla pasar”, aseguró.

En declaraciones al diario La Tercera, el cardenal Medina ha asegurado que “es natural recibir estos ataques” y que las críticas de Berríos y Cowley le “honran” porque le confirman que lo correcto para un católico es defender la vida y estar en contra del aborto. “Supongo que habrá católicos que tienen mi postura y también habrá quienes se dicen católicos y creen que se pude ser católico e ir en contra de la palabra de la Iglesia”, ha declarado.

El purpurado ha respondido a las críticas afirmando que “no puede ser una liturgia del terror el tratar de salvar vidas”. También recuerda a los críticos que el Papa Francisco llama al aborto “asesinato”. “Y si un asesinato es o no un acto de terror se lo dejo a la gente que tenga buen sentido para que lo juzgue”, añade.

Asimismo, el purpurado señala que ante la visita del Papa Francisco a Chile el próximo mes de enero, ha escrito una larga carta al pontífice “comentándole el país con el que se va a encontrar cuando llegue”.

Los obispos de Chile recuerdan que no matar al inocente es un absoluto moral

A principios del mes de agosto, el Congreso de Chile aprobó un proyecto de ley que despenaliza el aborto en tres supuestos: riesgo de vida de la madre, inviabilidad fetal y violación. Ante la decisión del Congreso, la coalición Chile Vamos decidió salir en defensa del derecho a la vida del no nacido y recurrir al Tribunal Constitucional, que deberá ahora examinar el proyecto.

Los obispos chilenos, por su parte, expresaron su dolor y manifestaron que el proyecto de ley aprobado supone un retroceso que instala y legitima en la sociedad chilena una discriminación injusta hacia seres humanos indefensos. Asimismo, los prelados chilenos recordaron que no matar deliberada y directamente al inocente es un absoluto moral y exhortaron al Gobierno a promover y cuidar la vida, desde su gestación hasta la muerte natural.

También el obispo de la diócesis chilena de Villarrica, Mons. Francisco Javier Stegmeier, ha enviado un mensaje recogido por Infocatólica en el que advierte de que tras la aprobación de la ley del aborto en el Congreso “vendrán cosas peores”.


Mons. Stegmeier asegura que la ley del aborto “es un engaño del demonio y de los que lo tienen por padre”. Es mentira, señala el prelado, que el aborto se restringirá a casos muy específicos, porque “lo que se pretende es el aborto libre”.

Monseñor Aguer: la Iglesia tiene la autoridad que siempre tuvo


Aica,  14 Ago 2017

"Por favor, no nos vengan a correr con la vaina de los curas pedófilos, porque la Iglesia tiene la autoridad que siempre tuvo y puede con toda dignidad seguir diciendo lo que dice”. Con esta frase concluyó su reflexión semanal televisiva del sábado 12 de agosto el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, que dedicó, precisamente, al problema de la pedofilia en algunos sacerdotes.

“Últimamente he observado -comenzó diciendo el prelado platense- que, en distintas circunstancias, mucha gente le niega autoridad moral a la Iglesia, por ejemplo, por hacer alguna crítica de las costumbres y dicen: “en la Iglesia lo que tendrían que resolver es su problema" porque "todos los curas son pedófilos”, aludiendo así al reciente dicho de un conocido periodista.

El arzobispo prosiguió diciendo que, en general, "la gente no cree en el celibato del clero a lo mejor porque se enteró de que algún cura no cumplió con su juramento; entonces esa caída la extienden a toda la corporación clerical. Ahora lo mismo: sin duda hubo sacerdotes pedófilos que cometieron esos crímenes abominables. Lo que no suele decirse es que existe un protocolo de la Iglesia, muy severo, por el cual se los juzga y se los castiga, independientemente de la suerte corrida por los culpables en los juicios penales entablados en tribunales seculares. De hecho conozco casos de sacerdotes que han sido expulsados del estado clerical a causa de ese crimen”.

“Con notable frivolidad -destacó- se vulgarizan las opiniones y entonces hay gente que dice: 'todos los curas son abusadores'; en ocasiones me llegaron comentarios de este tenor: 'Qué derecho tiene la Iglesia a hablar de esto o aquello; primero que resuelva el problema interno que la afecta'. Lo cierto es que la Iglesia lo está resolviendo, es decir, no mira para otro lado, sino que lo afronta con decisión”.

En seguida monseñor Aguer invita a consultar las estadísticas. ¿Qué porcentaje de los abusos que se conocen y se judicializan son cometidos por sacerdotes? ¿Llegará al 1 por ciento? Estoy seguro de que es incluso menor. ¿Dónde ocurre por lo general ese crimen? Ocurre en el entorno familiar, si se puede llamar familiar; lo que ya no es familia, donde el hecho aberrante lo produce el padrastro del chico o la chica, o la expareja de la madre y hasta hemos escuchado que es el papá de la criatura o el hermano mayor o el primo o el vecino de al lado. No los curas. Si se toman en cuenta las estadística eso queda bien claro”.

“Pero lo cierto -aseveró- es que se va creando una especie de ficción que se hace general y surge la frase: 'Todos los curas son abusadores'. No es así. Esto no significa que no reconozca que en la Iglesia hay santos y pecadores y que esto ha ocurrido desde el principio. Jesús lo enseñó muy bien a la multitud que lo seguía y escuchaba".

Aquí monseñor Aguer recordó la parábola del trigo y la cizaña, en la que un hombre sembró trigo en su campo pero el enemigo, cuando todos dormían, sembró cizaña. Crecen el trigo y la cizaña y entonces los peones se alarman, le cuentan al dueño lo que ocurre y le urgen: ¡hay que arrancar la cizaña! El dueño les pide que esperen, que ahora no es el momento; les explica que es mejor dejar que crezcan juntos porque si los quieren sacar en esa instancia del crecimiento corren el riesgo de arrancar juntos el trigo y la cizaña. ¡Esperemos al momento de la cosecha, que entonces se distinguirán bien! Y finalmente llega el momento de la cosecha”.

“Ciertamente -expresó el arzobispo platense- existen casos en la Iglesia de algunos curas abusadores. Pero ¡cuidado, son algunos! no todos los curas son abusadores. ¿Y cómo se arregla eso? Se arregla con las medidas que la Iglesia toma, que como dije son muy severas, pero el mal no se va a desarraigar por completo ni de la sociedad, ni de la misma Iglesia. La Iglesia está formada por justos y pecadores, como en la sociedad están mezclados los justos y los pecadores. La discriminación (perdón por usar esta palabra maldita) algún día quedará bien en claro y cada uno de nosotros tendría que ir poniendo las barbas en remojo, por las dudas”.


Tras ofrecer otra imagen evangélica, monseñor Aguer concluyó su reflexión: “Así son las cosas, así es la vida y hay que reconocer que esta es una verdad, una realidad fundamental. Pero, por favor, no nos vengan a correr con la vaina de los curas pedófilos, porque la Iglesia tiene la autoridad que siempre tuvo y puede con toda dignidad seguir diciendo lo que dice. Son palabras de advertencia y de salvación”.+