lunes, 18 de mayo de 2020

Hace 100 años nacía Karol Wojtlyla



 el papa san Juan Pablo II


Aica, 18 May 2020

Hoy, 18 de mayo, es el centenario del nacimiento de Karol Wojtyla, desde el 16 de octubre de 1978, papa Juan Pablo II. Poco después de su muerte, acaecida el 2 de abril de 2005, el papa Benedicto XVI lo declaró beato el 1 de mayo de 2011, y el papa Francisco lo proclamó santo el 27 de abril de 2014.

Karol Wojtyła nació el 18 de mayo de 1920 en el pequeño pueblo de Wadowice, cerca de Cracovia, como el segundo de tres hijos de Karol y Emilia Kaczorowska, en una casa perteneciente a un judío, Chaim Bałamuth.

La madre del futuro papa, Emilia Wojtyla (née Kaczorowska), sostenía la casa como costurera. Su padre, Karol Wojtyla, sirvió en el ejército del emperador Francisco José, y después de que Polonia recuperó la independencia en 1918, se convirtió en funcionario del Comando Suplementario Poviat en Wadowice, siendo un oficial del 12º Regimiento de Infantería.

Karol perdió a todos sus parientes muy temprano. Tenía menos de 9 años cuando murió su madre Emilia, tres años más tarde, su hermano Edmund, un médico que era 14 años mayor, murió, después de trabajar en la Universidad Jagellónica, trabajó en un hospital en Bielsko-Biała y se infectó fatalmente con escarlatina. Su padre (Karol Wojtyla) murió cuando el futuro papa tenía 20 años. La hermana murió en la infancia.

En 1938, el futuro papa comenzó estudios polacos en la Universidad Jagellónica en Cracovia. Cuando las fuerzas alemanas cerraron la Universidad, en septiembre de 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química para ganarse la vida y evitar que lo deportaran a Alemania.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, comenzó a estudiar en un seminario subterráneo, ubicado en las habitaciones del arzobispo Adam Stefan Sapieha en el palacio arzobispal. Fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946 por el cardenal Sapieha en la catedral de Wawel y poco después fue a estudiar a Roma.


Después de regresar a Polonia en 1948, fue vicario en una parroquia rural en Niegowic y en otra de Cracovia. Durante todo este tiempo, incluida la guerra, estuvo muy interesado en la buena literatura y el teatro, y cuando fue sacerdote en Cracovia, prestó mucha atención a los estudiantes a los que dedicó un cuidado pastoral especial.

Desde 1954 trabajó como profesor académico en la Universidad Católica de Lublin y estando en el campamento de canoas en Masuria con un grupo de estudiantes de esta universidad se enteró de su nombramiento episcopal el 4 de julio de 1958 como obispo auxiliar de la arquidiócesis de Cracovia. Consagrado obispo el 28 de septiembre del mismo año por el entonces administrador apostólico de Cracovia, el arzobispo Eugeniusz Baziak.

En 1962, al morir el arzobispo Baziak, fue nombrado vicario capitular y el 30 de diciembre siguiente el papa Pablo VI lo consagró arzobispo de Cracovia. El 29 de mayo de 1967 fue nombrado cardenal, lo que lo convirtió en el segundo cardenal más joven de la época, con 47 años de edad.

A partir del 11 de octubre de 1962, comenzó a tomar parte activa en el Concilio Vaticano II. Se destacan sus puntualizaciones sobre el ateísmo moderno y la libertad religiosa. Realizó una importante contribución a la elaboración de la constitución Gaudium et spes. El cardenal Wojtyła participó también en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos, anteriores a su pontificado.

El 16 de octubre de 1978, en un cónclave en la Capilla Sixtina, 111 cardenales reunidos allí eligieron al arzobispo de Cracovia, de 58 años, 264 sucesor de San Pedro. Fue el primer papa no italiano desde 1523 y el primer polaco y eslavo. Desde entonces, su pontificado fue el de mayor duración en el siglo XX y el tercero en la historia (incluido San Pedro, cuyos años de gobierno en la Iglesia no se conocen exactamente).

El pontificado de Juan Pablo II fue el de más récords en muchos aspectos, por ejemplo, en términos del número de viajes al extranjero fue uno de los líderes mundiales más viajeros de la historia, visitó 129 países durante su pontificado. Hablaba los siguientes idiomas: italiano, francés, alemán, inglés, español, portugués, ucraniano, ruso, croata, esperanto, griego antiguo y latín, y su lengua materna, el polaco.

Como parte de su especial énfasis en la llamada universal a la santidad, beatificó a 1340 personas y canonizó a 483 santos, más que la cifra sumada de sus predecesores en los últimos cinco siglos.

Juan Pablo II emitió 14 encíclicas, la primera titulada Redemptor hominis del 4 de marzo de 1979; la última Ecclesia in Eucharistia del 17 de abril de 2003

Uno de los documentos más famosos del pontificado fue su undécima encíclica “Evangelium vitae” (25 de marzo de 1995). Coronó la visión papal del amor, el matrimonio, la familia y, sobre todo, el “valor e integridad de la vida humana” desde la concepción hasta la muerte natural.

Una de las muchas ideas pioneras de Juan Pablo II fue la Jornada Mundial de la Juventud, que se convertiría en uno de los fenómenos de todo el pontificado.

Fue el primer Papa en la historia en hablar de manera tan abierta y amigable sobre los seguidores de otras religiones, y fue el primer papa que cruzó el umbral de una sinagoga. Fue en Roma, el 13 de abril de 1986. El 27 de octubre de 1986, hubo una reunión de oración interreligiosa en Asís. Por invitación de Juan Pablo II a la ciudad de San Francisco llegaron 47 delegaciones que representaban denominaciones cristianas y representantes de otras 13 religiones para rezar por la paz al mismo tiempo.

La muerte de Karol Wojtyła, el 2 de abril de 2005, fue un momento histórico vivido intensamente, no sólo por los católicos sino por el mundo entero. Falleció en la víspera del Domingo de la Misericordia, fiesta que él mismo había establecido habiendo sido hijo espiritual de Santa Faustina Kowalska.

El cardenal argentino Leonardo Sandri, entonces sustituto de la Secretaría de Estado fue el encargado de dar el anuncio: “Queridos hermanos y hermanas, a las 21.37 nuestro querido Santo Padre Juan Pablo II regresó a la casa del Padre. Oramos por él”.

La beatificación llegó en un tiempo récord: 1 de mayo de 2011, cuando fue beatificado por su sucesor Benedicto XVI. Desde hacía un milenio que en la historia de la Iglesia no se veía aun Papa proclamar beato a su predecesor inmediato.

El 27 de abril de 2014, fue proclamado santo por Francisco con Juan XXIII, en una ceremonia donde también estuvo presente el papa emérito Benedicto XVI y que pasará a la historia como la canonización de los “cuatro papas”.

En una carta preparada con motivo del centenario del nacimiento de Juan Pablo II, el papa Benedicto XVI escribió sobre su predecesor: “En Juan Pablo II, el poder y la bondad de Dios eran visibles para todos nosotros. En un momento en que la Iglesia sufre nuevamente el ataque del mal, es un signo de esperanza y consuelo para nosotros”.

martes, 12 de mayo de 2020

Retiro espiritual virtual



del 22 al 24 de mayo de 2020

Aica, 12 May 2020

La Legión de Cristo Rey, de Córdoba, anunció que desde el viernes 22 de mayo a las 17, hasta el domingo 24 de mayo a las 18, se llevará a cabo un retiro espiritual "en línea" para hombres y mujeres de cualquier lugar del país.

Los interesados deberán escribir a retiroscristorey@gmail.com consignando apellido y nombre, edad, dirección del correo electrónico, domicilio y teléfono celular.

La secretaria del Consejo Directivo Zonal de la Legión de Cristo Rey Córdoba, Irene Agüero, señaló que a quienes deseen participar del retiro, se les pide la intención de seguir de principio al fin las meditaciones (según la secuencia propia de los Ejercicios Espirituales Ignacianos) y de observar las pautas que se vayan dando para el buen aprovechamiento de esos días (meditación personal, las lecturas indicadas, el rezo del Santo Rosario y otras oraciones, y participación en la Santa Misa).

"Es muy importante -agregó Irene Agüero- que quienes quieran hacer estos Ejercicios Espirituales, tengan la disponibilidad para “retirarse” física y espiritualmente en su hogar y mantener el recogimiento y el silencio propios del retiro".

Para participar es necesario tener conexión a internet y una computadora con parlantes, una tableta o teléfono capaz de instalar la aplicación de Zoom.

La Legión de Cristo Rey

La Legión de Cristo Rey es una Asociación pública de fieles, unida de manera indivisible al Instituto Cristo Rey. Fundada por el padre José Luis Torres-Pardo en 1975, fue canónicamente erigida en la diócesis de San Luis en 2009, donde tiene la sede de gobierno.

Está integrada por fieles que participan del carisma y don fundacional del Instituto Cristo Rey. Su finalidad es la extensión del Reino de Jesucristo entre los hombres por la santificación de sus miembros, en el estado y condición de vida al que Dios los ha llamado, y por una acción apostólica personal y organizada al servicio de la Santa Madre Iglesia. Afianzados en su espíritu por los ejercicios ignacianos, los legionarios y legionarias de Cristo Rey trabajan por conformar el orden social de acuerdo a los valores evangélicos. Saben que nunca podrán hacer reinar a Jesús en la sociedad, si primero no lo hacen reinar en sus propias personas, en sus hogares y comunidades.

La sede de gobierno de la Legión de Cristo Rey se encuentra en San Luis. Está presente en numerosas ciudades de la amplia geografía argentina, en las arquidiócesis de Washington y Miami (Estados Unidos), y cuenta con una delegación en Roma, Italia.+

miércoles, 6 de mayo de 2020

Predicar a Jesucristo




Monseñor Héctor Aguer

Infocatólica, – 01/05/20

La misión de la Iglesia es siempre anunciar a Jesucristo, procurar que sea conocido y amado por todos los hombres de todos los tiempos, y que el programa de vida formulado en su predicación sea abrazado y cumplido, en orden a la salvación universal, y a la plena realización del Reino de Dios. Así lo entendieron los Apóstoles, y así lo trasmitieron a sus sucesores.

Dos expresiones netas de ese mandato se encuentran en los últimos versículos de los Evangelios de Mateo y de Marcos. Se considera que el de Mateo fue compuesto alrededor del año 80. El encargo consiste en amaestrar (mathetéusate) a todas las naciones (pánta tà éthnē), bautizarlas (baptídzontes), y enseñarles (didáskontes) a cumplir todo lo que Él nos ha mandado. Hoy diríamos que la evangelización incluye trasmitir la moral cristiana (Mt 28, 19 s.). Según los especialistas, el Evangelio de Marcos fue escrito unos diez años antes; sería el más antiguo de los cuatro. El mandato de Jesús aparece en un apéndice, de fecha posterior, y que la Iglesia considera canónico, es decir, que forma parte de la Revelación. Dice así: «Vayan por todo el mundo, anuncien (kērýxate) el Evangelio a toda la creación (notar la totalidad, sin exclusiones: todo el mundo, toda la creación). El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará» (Mc 16, 15s.). La cruda alternativa del resultado está expresada en los términos que son habituales en el Nuevo Testamento: sothḗsetai - katakri thesetai; el versículo 16 contrapone redención cumplida y condenación en el juicio futuro: promesa y amenaza. No quiero ser suspicaz, pero me llama la atención que en algunas citas del pasaje se suprima el versículo 16.

El Leccionario litúrgico incluye el texto de Marcos el Sábado de la Octava de Pascua; allí se omite el versículo en el que se registra la doble respuesta posible (creer - no creer), y su consecuencia (salvación o condenación). En la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco, Querida Amazonia (n. 64) se reproduce el mandato, pero también aquí se suprime el versículo 16; el texto ha sido mochado. Ahora bien, es evidente que los vv. 15 y 16 son inseparables en la redacción. El padre Marie-Joseph Lagrange, en su clásico comentario, decía: «Predicado el Evangelio, el mundo y cada persona deberán tomar posición. De un lado la fe, seguida de la salvación; del otro el rechazo de creer (rehusarse) y la condenación». No corresponde, entonces, eliminar lo que allí el evangelista pone en boca del Señor, sobre las consecuencias de aceptar o no aceptar el Evangelio. Parece un detalle, pero se puede pensar que responde a una actitud generalizada en las últimas décadas; yo suelo designarla como «buenismo».

En el Evangelio de Juan (3, 17-18) encontramos una formulación paralela: Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve (hína sothe) no para juzgarlo (hína kríne). Juzgar tiene aquí el sentido de condenar; poco más adelante se dirá que el incrédulo «no verá la vida, sino que la cólera (orgé) de Dios permanece sobre él» (ib. 36).

Lo dicho sobre el mandato del Señor y la misión de la iglesia es de máxima seriedad para el destino humano. La fe en Jesús tiene una importancia capital, y depende del anuncio de su Nombre: «No existe bajo el cielo otro Nombre (ónoma) dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (Hch 4, 12). Este es el kérygma que ha sido encomendado a la Iglesia.

Anunciar a Jesucristo es darlo a conocer, a Él ,Dios verdadero y hombre verdadero; los misterios de su vida, su muerte y resurrección, y su Parusía, que dará conclusión a la historia. Así comprendieron los Apóstoles el mandato de evangelizar. Pablo conjura a Timoteo: «Acuérdate de Jesucristo» -se refiere a su mesianidad y su resurrección- «evitando los discursos huecos y profanos» (2 Tim 2, 8). El discípulo debe «conservar lo que se le ha confiado», el auténtico y bello depósito (parathēkē) de la fe (ib. 1, 13). El que enseña otra cosa (la heterodidaskalía) y no la kat eusébeian didaskalía, la doctrina conforme al respeto y amor que se debe a la Palabra de Dios, es un orgulloso (la expresión original indica que está vacío e inflado, lleno de humo) (1 Tim 6, 3-4), que no sabe nada. Más todavía, Pablo ordena a su discípulo que impida la enseñanza de doctrinas extrañas (otra vez, la heterodidaskalía), de «mitos y genealogías interminables» (ib. 1, 3). Ya entonces asomaba el gnosticismo, que se desarrollaría ampliamente en los siglos siguientes; esta herejía aspiraba a un conocimiento superior y más amplio que la fe, en el cual el «misterio que veneramos» (ib. 3, 6), Jesucristo y su obra salvadora, queda diluido. Una cautela para tomar en cuenta en los procesos de evangelización de culturas ancestrales, cuyos mitos, que pueden ser atrayentes y contener valores, deberían ser cribados objetivamente, sin romanticismo.

En el centro de ese misterio que veneramos refulge la cruz gloriosa; no saber otra cosa -era la aspiración del Apóstol- más que Cristo crucificado (1 Cor 2, 2), «escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1 Cor 1, 23 ss.) Skándalon se llama el lazo puesto en el camino para hacer caer, obstáculo o piedra de tropiezo; mōría equivale a locura, insensatez. Hoy sigue siendo igual; la cuestión no es hacernos simpáticos, disimulando ese rigor, con el propósito de ser aceptados. No resulta. Nos complace hablar de la resurrección, pero no tanto de la cruz; ahora bien, sin cruz no hay resurrección.

Es bastante común actualmente descalificar, de modo directo o indirecto, la trasmisión de las verdades católicas, una predicación que tenga por contenido a Jesucristo y los misterios de la fe: se hace de ello una caricatura, como si pretendiera imponer un código doctrinal, y no se dirigiera a la vez a la inteligencia y al corazón. San Francisco de Sales escribió que «el Esposo celestial, queriendo dar comienzo a la publicación de su Ley, derramó sobre la asamblea de discípulos que había reunido para ese oficio lenguas de fuego, mostrando por ese medio que la predicación evangélica está totalmente destinada a abrazar los corazones».

Se establece, muchas veces, una falsa oposición entre doctrina y pastoral; ocuparse de la enseñanza de la doctrina, centrarse en esta actividad, no sería «pastoral». Esta es una clásica muletilla, repetida desde hace varias décadas. No se advierte que así se vacía a la Iglesia de sus tesoros, se la deja anémica e inerme ante los errores que reinan en la cultura vivida, y se hunde a los fieles en la confusión. La preocupación pastoral de la Iglesia le impone iluminar las realidades del mundo de hoy, y juzgar acerca de ellas a la luz del depositum fidei; su ejercicio no debe alienarse en los niveles psicológico, sociológico y político. Contamos con una Tradición que no repite constantemente lo mismo, sino que ofrece la riqueza de siglos de vivencia de la fe, y de aplicación a la realidad mundana de cada época; tiene un carácter homogéneo y analógico, que sirve de guía y modelo para afrontar los problemas actuales desde nuestra identidad, con lucidez y posibilidad cierta de frutos.

La afirmación de la verdad de Cristo no es óbice para el desarrollo de un sincero diálogo interreligioso; el desafío consiste en no confundir y descartar como proselitismo la presentación oportuna de la verdad cristiana, con la intención irrenunciable de que todas las naciones, todos los hombres, lleguen a aceptar el Evangelio. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Nostra aetate, al referirse a las diversas religiones no cristianas, recordaba que la Iglesia «anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» (n, 2).

Existe una dificultad mayor que los posibles escollos que surjan, para la predicación, en el diálogo interreligioso; es el avance universal de una oposición a toda trascendencia en el pensamiento y la conducta concreta de muchos pueblos, por ejemplo, en naciones que fueron oficialmente católicas. La cultura que se impone globalmente, con poderosos medios de comunicación, y amplio sostén financiero, no solo se opone a la verdad cristiana, sino también a todo sentimiento y pensamiento religioso.

Conviene, a propósito, obtener alguna inspiración meditando en la experiencia de San Pablo, en el Areópago de Atenas. El hallazgo de un altar dedicado al Dios Desconocido (Agnosto theo) sugiere a Pablo desarrollar un discurso racional acerca de Dios -lo que empleando el nombre que acuñó Leibniz podemos llamar teodicea-; lo presenta como un anuncio (katangéllō): en ese Dios que es accesible al conocimiento racional «vivimos, nos movemos y existimos». Contra los ídolos se afirma que «nosotros somos de su raza» (Hch 17, 23 ss.). La segunda parte de la intervención del Apóstol es el discurso propiamente cristiano: Dios juzgará al mundo por medio del Hombre que ha resucitado de entre los muertos, verdad en la cual se basa la invitación a arrepentirse (v. 30 ss.). Algunos se burlan al oír anastásin nekron, resurrección de los muertos; otros remiten el asunto para «otro día» -quizá se interesaban de algún modo en él-. Dionisio y Dámaris aceptan el mensaje cristiano.

En muchos ambientes parece imprescindible comenzar por esta dimensión natural, metafísica, del conocimiento de Dios, para elevar a las almas confundidas por el materialismo y el ateísmo siquiera implícito, por la ausencia de Dios y el desinterés por él. En el diálogo interreligioso desarrollado con sinceridad y rigor objetivo, se puede preparar ese «otro día», en que se esté en condiciones de poner atención a la proclamación del Evangelio.

El anuncio de Cristo incluye la presentación del programa de vida nueva asentada en la fe, y que debe desplegarse en el amor -agápe- hasta la plenitud de la santidad. La predicación apostólica señala las implicancias de ese desarrollo vital del cristiano. La vida nueva exige hacer morir (nekrōsate) la persistencia del pecado. Pablo indica vicios típicamente paganos: fornicación -pornéia, término que designa todos los desarreglos sexuales-, impureza o inmundicia, depravación -akatharsía-, la agitación del alma entregada a las pasiones -páthos-, los malos deseos -epithymía kake-, la codicia, avaricia o amor al dinero, que es una idolatría -pleonexía-. También exhorta el Apóstol a deponer la ira - orgḗ -, la indignación -thymós-, la maldad -kakía-, la blasfemia -el nombre trascribe simplemente el original griego-, y las palabras torpes o mentirosas -aisjología-. Este desarrollo de la Carta a los Colosenses (3, 5 ss.) encuentra paralelos en la Carta a los Romanos (1, 24-32), y Primera a los Corintios (6, 12 ss): las costumbres paganas penetraban en las comunidades, compuestas por fieles provenientes de la gentilidad.

Actualmente se verifica un fenómeno semejante entre los «paganos bautizados» que no llevan una vida eclesial. Esta realidad cultural que sigue creciendo no es reconocida por muchos pastores de la Iglesia, cuya miopía tiene bases ideológicas. No se enseñan los mandamientos de la Ley de Dios, los preceptos de la Torá de Israel asumidos y profundizados por Jesús, en el Sermón de la Montaña. Especialmente se silencia el sexto mandamiento del Decálogo; y se descalifica como obsesos sexuales a quienes advierten su importancia, sobre todo para la educación en la vida cristiana de adolescentes y jóvenes. Inculcar los mandamientos sería imponer un «código moral», incompatible con la visión romántica que se difunde del proceso de evangelización e inculturación. Salta a la vista una curiosa contradicción: los que desconocen el carácter plenario de la moral cristiana, que comporta asimismo una dimensión negativa, como aparece claro en los textos apostólicos citados anteriormente, incurren en un moralismo social frenético: la predicación, que pierde el equilibrio objetivo de sus contenidos, parece reducida a la insistente vindicación de los pobres, y a menudo se le reconoce el colorido de ideologías políticas.

El Catecismo de la Iglesia Católica, y el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia ofrecen orientaciones seguras para el empeño en la sociedad civil, y el compromiso de los fieles por la justicia. No es un moralismo; se trata del anuncio plenario de Jesucristo, Salvador y Rey. En este punto me permito una boutade: en la Iglesia se habla incansablemente de los pobres, y los pobres se hacen evangélicos, porque quieren que se les hable de Jesús. De Jesús, la Ley de Dios, la gracia y el pecado, el cielo y el infierno. No son ricos, ni gente de educación eximia, quienes emigran hacia las numerosas denominaciones evangélicas, sino bautizados católicos, algunos -o muchos- de los cuales habrán recibido la catequesis elemental previa a la única Comunión, pero que nunca se habían encontrado con Jesús. Tengo la impresión de que estos hechos no son pensados, estudiados, evaluados, por aquellos que deberían hacerlo.

Otra dimensión del olvido de Jesús es el descuido de los sacramentos. San León Magno dijo que «lo que era visible en nuestro Salvador, ha pasado a los misterios del culto» (in sacramenta transivit). En la Eucaristía, como sabemos, se da la presencia verdadera, real y sustancial del Señor bajo los velos del sacramento; en los otros, la presencia de su poder que perdona, hace crecer en la gracia, alimenta la nueva vida recibida en el bautismo, el rito que le da origen. Es esa la fuente del estilo de vida propiamente cristiano.

El descuido que he señalado se verifica en la situación prácticamente universal de la liturgia, que ha perdido la exactitud objetiva que le corresponde, la solemnidad y la belleza; la forma queda al arbitrio del celebrante, y de las «comunidades» que adoptan las creaciones arbitrarias. Me consta que muchísimos fieles, no pudiendo hacer otra cosa, las sufren.

El moralismo social torna innecesarias las fuentes de la gracia. He oído esta gansada clásica proferida por un sacerdote: no hay que quejarse de la imposibilidad de comulgar porque en estos días de cuarentena las iglesias están cerradas, «Jesucristo son los otros». No falta algún obispo que piense lo mismo: el empeño social puede remplazar al culto, es más importante que la Misa. El error fundamental es presentar como alternativas ambas dimensiones, que son, ambas, modos muy diversos de presencia del Señor. Aquella proposición es antiteológica.

No se advierte que la adoración y el culto sacramental es la fuente sobrenatural de la misión de la Iglesia, de su justa crítica social, y de su trabajo en favor de los pobres. Lo primero que les debemos a estos es Jesucristo. Desgraciadamente, muchas actitudes actuales implican una desfiguración naturalista y temporalista de la misión eclesial. ¿A eso se llama «Iglesia en salida»?. Podríamos preguntarnos: ¿qué sitios abandona al salir, y hacia dónde se dirige?. No son caminos valiosos en los procesos de inculturación la adopción de paradigmas y místicas ajenos y entusiasmantes para componerlos con lo propio, que es siempre actual porque se renueva desde dentro de sí mismo.

El anuncio de Jesús, la predicación que presenta su Persona de Verbo eterno encarnado en una humanidad unívoca con la nuestra, nos permite una comprensión verdaderamente cristiana del misterio de Dios, y su designio de salvación universal, así como nos abre a la participación en la comunión del Hijo con el Padre en el Espíritu Santo. Escribió muy bien Ratzinger - Benedicto XVI; «El discípulo que camina con Jesús es, en ciento modo, coenvuelto con Él en la comunión con Dios». En esta trascendencia de los límites del ser- hombre consiste la salvación.

+ Héctor Aguer, Arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Académico Correspondiente de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro. Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

lunes, 20 de abril de 2020

Ratzinger, un hombre incomprendido



Hernán Olano Bogotá

El Nuevo Siglo, Abril 17, 2020

El Papa emérito cumplió ayer 93 años de edad. Sin duda el rasgo distintivo de su Pontificado y su gran legado es la fe, la que calificó como el elemento más idóneo para la inteligencia.
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Juan XXIII decía lo siguiente: “a menudo me pasa que despierto en la noche y empiezo a pensar sobre un problema serio y decidido que tengo que contárselo al Papa, después me despierto del todo y me acuerdo que soy el Papa”. Eso realmente fue lo que le pasó a Benedicto XVI, quien tuvo la gran responsabilidad de continuar con el legado de Karol Wojtyla desde el momento en el que fue nombrado Pontífice, a los 68 años, cuando algunos creían que la probabilidad de que el suyo fuese un corto ejercicio de transición a la cabeza de los mil doscientos millones de católicos romanos de todo el mundo y, en verdad lo fue, porque utilizando en latín para dar la noticia, renunció al trono de Pedro en el año 2013.

El Papa Ratzinger, incuestionablemente antes de ser pontífice, era el funcionario más poderoso de la Iglesia católica romana. Algunos estaban acostumbrados a verlo como el lobo malo de la inquisición, técnicamente vinculado ese apodo a su cargo como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero sorprendentemente obtuvo el primado de la Iglesia el 19 de abril de 2005, con 95 de los 115 votos de los cardenales presentes en el cónclave. Su primer discurso en la plaza de San Pedro hizo referencia al Gran Papa Juan Pablo II, El Magno, y a los cardenales que lo habían elegido como un simple y humilde obrero de la viña del Señor. En sólo unos minutos el mundo quedó obsesionado con la historia del callado hombre de letras alemán que se había convertido en Papa, un hombre del cual poco se sabe de su cariño por los gatos, por el piano y por la cerveza bávara; incluso, en la famosa Taberna Bávara de Roma, dónde he tenido la oportunidad de ocupar la mesa que siempre le tenían reservada, se encuentran las cartas en la pared en las cuales el Papa agradece a los mesoneros por el menú típico alemán, que aún este jueves, día en su cumpleaños, sigue pidiendo a domicilio a ese pequeño restaurante, donde se dan cita cardenales, obispos y laicos, para degustar el menú casero favorito de este hombre sencillo, que llegaba a trabajar mínimo 12 horas seguidas sin comer o dictarle a su secretario 20 páginas sin un solo error.

Sin embargo, lo más revelador en su período pontificio fueron sus declaraciones, que eran una llamada a una nueva era de evangelización católica, una era que debía ponernos constantemente en acción y volvernos inquietos para llevar a aquellos que sufren y aquellos que dudan, la alegría de Cristo, lo cual lo llevó precisamente a escribir esa Magna historia de Jesús de Nazaret, que en tres tomos fue alabada por el propio premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, quién siendo gnóstico, reconoce en la obra de Ratzinger las mejores letras de los escritores cristianos desde Santo Tomás de Aquino.

Ratzinger ha sido considerado también como el Mozart de la teología, porque como él mismo lo dijo, la música de Mozart no es un simple divertimento, sino que encierra todo el drama de ser hombre, dentro de lo cual se marca claramente su lucha contra la dictadura del relativismo que no reconoce nada como cierto y que tiene como meta más alta el propio ego y los propios deseos. Ha sido algo de destacar esa lucha, porque en su pontificado, bien lo dijo, tanto el Papa como los sacerdotes y los fieles, deben vincularse con obediencia a la palabra de Dios, siendo el pontífice el garante de la obediencia hacia Cristo y su Palabra. No obstante que también se refirió a otras creencias para promover contactos y entendimientos con representantes de diferentes comunidades eclesiásticas, los cuales también buscan la respuesta a las preguntas fundamentales de la vida y todavía no la encuentran. Benedicto XVI hizo que el catolicismo fuese la fuente de un compromiso abierto y sincero y no escatimó esfuerzos ni dedicación para continuar el diálogo promisorio con civilizaciones diversas, atendiendo los encuentros multicelulares y pluricelulares os que su predecesor había iniciado en Asís.

Aunque el Papa en algún momento fue criticado por un comentario inapropiado acerca del profeta Mahoma, reconocía en el mundo islámico el reproche que le hace el occidente de tradición cristiana por la decadencia moral y la manipulación de la vida humana.



Al seminario a los 12 años

Su vida al catolicismo da inicio cuando fue bautizado en la parroquia de San Osvaldo, donde recibió el nombre de José Aloísio, e hizo parte de una sencilla familia de la región de Baviera el enclave católico alemán. Desde los 12 años, Ratzinger ingresó al seminario y fue obligado a pertenecer a la juventud hitleriana cuando la incorporación era obligatoria, prestando servicios en la unidad antiaérea y siendo desertor poco antes de la culminación de la Segunda Guerra Mundial, no obstante que estuvo preso en un campo norteamericano de prisioneros de guerra para salir en 1946 a estudiar filosofía y teología en la Universidad de Munich, Escuela Superior de Freising, siendo ordenado sacerdote el 29 de junio de 1951, cuando entró a prestar servicios como asistente de pastor en la parroquia de la Preciosa Sangre, poco antes de recibir el doctorado en teología y convertirse en profesor de fundamentos de teología y dogma en las universidades de Bonn, Freising, Munster y Tubingen.

Fruto de su labor Pastoral de aquellos años fue la conferencia titulada “Los nuevos paganos y la Iglesia” en 1959, donde pidió a las personas tener más responsabilidad de la propia existencia como creyentes y superar la incredulidad cómo fuerte estímulo para alcanzar una fe más plena. Pasó a ser el teólogo consejero del arzobispo de Colonia y, en 1969 profesor y vicepresidente de la Universidad de Regensburg, alternando el oficio académico con su participación en las sesiones del Concilio Vaticano II. El papa Pablo VI lo nombró en 1977 arzobispo de Munich y Frisinga, siendo ascendido a cardenal un mes más tarde y participando así en los cónclaves de elección de Juan Pablo I y Juan Pablo II y el suyo propio.



Ni un día sin oración

Sus homilías de la mano de Cristo, siendo cardenal y sus documentos pontificios, son muy importantes, por cuanto siempre ha afirmado que debemos tener la certeza de que para el bien de las personas y las familias para el buen funcionamiento de los asuntos ordinarios y para la salud interior de cada uno de nosotros, es esencial que no haya un día sin oración; que al empezar nuestras mañanas abramos nuestras puertas para dejar entrar a Dios y, que jamás nos despidamos de la jornada sin que le hayamos dedicado nuevamente nuestro tiempo. Si lo hacemos, sabremos quién es Dios, percibiremos su presencia e iremos aprendiendo a ser mejores unos con otros, sin envidia y sin diferencias, que lejos de unificar, lo que hacen es separar. Su crítica al comunismo calificado por Ratzinger como la Internacional de las revueltas y del odio, estaba centrada en que esa ideología únicamente lleva a estados de anarquía, de corazones de piedra y no de corazones de sangre como la había profetizado Ezequiel. El Papa lo había significado en su homilía en la iglesia de los santos Cirilo y Carlos de Roma en 1996, con ocasión de la fiesta de Santa Cecilia, cuando como músico expresó que “los hombres necesitamos cantar ante el Señor”.

Papa Benedicto XVI
Igualmente, en la fiesta de San Corbiniano en 1977, su homilía en la catedral de Frisinga cobra actualidad en este momento de pandemia mundial, cuando muchas personas se encuentran estimuladas por la ola de espiritualidad asiática e hinduista y Ratzinger decía que era hora de saber redescubrir el tesoro tradicional de la visión interior cristiana, que es lo que nos mantiene en la vida, irradia hacia el exterior y modifica el mundo con su fuerza. Esto tiene estrecha relación con sus charlas radiofónicas de 1969, cuando expresaba que el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y hasta charlatanes, así que es necesario que los pastores católicos deben ponerse a hacer actuar a las personas que van contra corriente, es decir, los católicos que se dejan llevar por el ateísmo práctico.

Hoy en día vemos que, ante la ausencia física de fieles en las iglesias y el retorno hacia la iglesia doméstica que es el hogar de cada cristiano, cobra vigencia su frase que “la religión vuelve a ser una iglesia de los pequeños, porque los seres humanos, a veces solitarios y en un mundo plenamente planificado, experimentarán en su absoluta y horrible pobreza humana, el poder de la oración de la pequeña comunidad de los creyentes que florece y se hace visible a los seres humanos, “como la patria que les da la vida y la esperanza más allá de la muerte”.

Para Ratzinger, el cristianismo sigue afirmando que es una religión con Cristo al centro y camino verdad y vida, unida a la fe, que para él es la forma de permanecer el hombre en toda la realidad y el alimento más idóneo para la inteligencia, e igualmente reconoció que la fe no es una ocupación para el tiempo libre y que la iglesia no es un club junto al cual existen otros parecidos.

Conocido antes del pontificado también como Il Cardinale coraggioso, expresaba que para renovar la Iglesia, lo que hace falta son Santos y que a Dios se le encuentra y se le trata en la liturgia, en la oración y en la escritura. Por eso, su lema episcopal y pontificio fueron dos palabras de la tercera epístola de San Juan “colaborador de la verdad”, lo que le permitía estar en la espontánea sintonía de la religión, donde el amor y la razón se aúnan como auténticos pilares de lo real, donde “la verdadera razón es el amor y el amor es la verdadera razón”.

Precisamente, Benedicto XVI, en sus discursos, entre otros, el recordado de Ratisbona, hizo un llamado a la colaboración y diálogo entre fe y razón, expresando que sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana.

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Para este pensador bávaro, también llamado “el teólogo de Ratisbona”, el mapa de sus ideas y la brújula que nos adentra en la verdad, la bondad y la belleza sobre Dios, es la lógica cristiana del amor, para aprender de nuevo la esperanza de la Iglesia en el mundo en una sociedad pluralista como la parábola que muestra al hombre sin alma y a la sociedad sin espíritu, en medio de un secularismo relativista y del individualismo que nos afecta.

Muchas deudas de agradecimiento se tienen con Benedicto XVI, como haber sido igualmente quién pidió estar más pendientes de la arquitectura que de la decoración y por eso, fue el autor del nuevo Catecismo de la Iglesia católica y del compendio de la doctrina social de la Iglesia. Pero como cada quién contribuye a su vida y a su clima mural para bien o para mal, cómo lo dijo en la fiesta la Inmaculada de 2009, Benedicto XVI no ha sido ajeno a los críticas , por los casos de pederastia encubiertos durante su pontificado y el que le precedió, así también por el escándalo de los Vatileaks I y II, cuando fue traicionado por su propio mayordomo, quién robó de su escritorio importantes papeles, que incluso se dice fueron filtrados por el propio cardenal Paolo Bertoni, su nefasto Secretario de Estado.

En pocas palabras

Haciendo finalmente un resumen de su pontificado y de su vida, sus tres grandes maestros fueron Agustín, Buenaventura y Tomás de Aquino y, entre los teólogos modernos lo influyó John Henry Newman, ese anglicano, luego católico, canonizado en 2019, que defendió la razón y la conciencia.

Los principios que rigen el pensamiento de Ratzinger son Cristo, la liturgia, la escritura, la Iglesia y María y, sus pilares: la persona, el amor, la verdad, la belleza y la esperanza. Sus dos núcleos concéntricos: Cristo y la Iglesia; sus cuatro pilares ontológicos y teológicos: amor, verdad, belleza y esperanza y, sus cuatro actitudes: razón, corazón, creación y adoración.

Entre sus obras más importantes están “Verdad y tolerancia en la eucaristía”; “El corazón de vida”; “Escatología, muerte y vida eterna”; “Construir el templo de Dios”; “Aproximación a la cristología”; “Llamado a la comunión”, etcétera y sus encíclicas Deus cáritas est de 2005, Spe salvi de 2007, Caritas in veritate de 2009 y, Lumen fidei de 2013.





Su legado como rasgo distintivo de su pontificado fue el año de la Fe. Ratzinger fue conocido también como un Papa entre una era antigua y una era nueva, a quién lo que menos le gustaba era la parte política de su ministerio pontificio. Él mismo dijo que no le dejó contento no poder tener siempre fuerza para llevar a cabo la catequesis, entre otras, parte de la motivación de su renuncia y, lamentó no haber tenido una voz vigorosa, acallada por oscuras fuerzas en el Vaticano, porque le hubiera gustado profundizar más sobre la revelación la escritura, la tradición y la teología como ciencia; por eso fue un Papa teólogo y profesor, aunque él quisiera ser conocido como un Papa pastor, manifestando que el gobierno práctico no fue lo suyo y expresando ser alguien que todos los días aprende algo nuevo y que quiere como epitafio en su lápida, únicamente tener su nombre y debajo “cooperador de la verdad”.

Dos libros de preguntas y respuestas produjo con el periodista Peter Seewald, el primero de ellos “Dios y el mundo” en el año 2005 y, el segundo libro “Últimas conversaciones” en el año 2016, donde expresó que “creer, no es otra cosa que en la noche del mundo tocar la mano de Dios y así, en el silencio, escuchar la palabra y ver el amor”. Allí mismo, a la pregunta ¿qué le pediría al todopoderoso al estar frente a Él? Contestó: “que sea indulgente con mi insignificancia”.

*Vicerrector Universidad La Gran Colombia

jueves, 9 de abril de 2020

El lavatorio de los pies



por Joseph Ratzinger

INFOVATICANA | 09 abril, 2020

Les ofrecemos una meditación de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, sobre el ‘lavatorio delos pies’, que se conmemora hoy en la liturgia del Jueves Santo. El texto fue publicado en el libro El camino pascual (BAC, 1990) y en internet por Mercaba.


En esta meditación quisiera interpretar un aspecto de la visión del misterio pascual que hallamos en el Evangelio de Juan. Muchos exegetas actuales se hallan de acuerdo en que el Evangelio de Juan se divide en dos partes:
a) un libro de los signos: c.2-12;
b) un libro de la gloria: c.13-21.

En esta distribución, sin duda, se acentúa con fuerza el misterio de los tres días, el misterio pascual. Los signos anuncian e interpretan anticipadamente la realidad de estos días, cuyo contenido principal se indica con la palabra «gloria».

1. En esta estructura, el capítulo 13 tiene una importancia particular. La primera parte del mismo expone, a través del gesto simbólico del lavatorio de los pies, el significado de la vida y de la muerte de Jesús. En esta visión desaparece la frontera entre la vida y la muerte del Señor, las cuales se presentan como un acto único, en el que Jesús, el Hijo, lava los pies sucios del hombre. El Señor acepta y realiza el servicio del esclavo, lleva a cabo el trabajo más humilde, el más bajo quehacer del mundo, a fin de hacernos dignos de sentarnos a la mesa, de abrirnos a la comunicación entre nosotros y con Dios, para habituarnos al culto, a la familiaridad con Dios.

El lavatorio de los pies representa para Juan aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús: el levantarse de la mesa, el despojarse de las vestiduras de gloria, el inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, el servicio de la vida y de la muerte humanas. La vida y la muerte de Jesús no están la una al lado de la otra; únicamente en la muerte de Jesús se manifiesta la sustancia y el verdadero contenido de su vida. Vida y muerte se hacen transparentes y revelan el acto de amor que llega hasta el extremo, un amor infinito, que es el único lavatorio verdadero del hombre, el único lavatorio capaz de prepararle para la comunión con Dios, es decir, capaz de hacerle libre. El contenido del relato del lavatorio de los pies puede, por tanto, resumirse del modo siguiente:  compenetrarse, incluso por el camino del sufrimiento, con el acto divino-humano del amor, que por su misma esencia es purificación, es decir, liberación del hombre. Esta visión que nos ofrece San Juan contiene, además, algunos aspectos complementarios:

a) Si las cosas son así, la única condición de la salvación es el «sí» al amor de Dios, que se hace posible en Jesús. Esta afirmación no expresa en modo alguno una idea de apokatástasis general, que caería en el error de hacer de Dios una especie de mago y que destruiría la responsabilidad y la dignidad del hombre. El hombre es capaz de rechazar el amor liberador; el Evangelio nos muestra dos tipos de un rechazo semejante. El primero es el de Judas. Judas representa al hombre que no quiere ser amado, al hombre que piensa sólo en poseer, que vive únicamente para las cosas materiales. Por esta razón, San Pablo dice que la avaricia es idolatría (Col 3,5), y Jesús nos enseña que no es posible servir a dos señores. El servicio de Dios y el de las riquezas se excluyen entre sí; el camello no pasa por el hondón de la aguja (Mc 10,25).

b) Pero hay otro tipo de rechazo de Dios; además del rechazo del materialista, se da también el del hombre religioso, representado aquí por Pedro. Existe el peligro que San Pablo llamó «judaísmo» y que es duramente criticado en las cartas paulinas; consiste este peligro en que el «devoto» no quiera aceptar la realidad, es decir, no quiera aceptar que también él tiene necesidad del perdón, que también sus pies están sucios. El peligro que corre el devoto consiste en pensar que no tiene necesidad alguna de la bondad de Dios, en no aceptar la gracia; es el riesgo a que se halla expuesto el hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, el riesgo de los obreros de la primera hora (Mt 20,1-16), el peligro de aquellos que murmuran y sienten envidia porque Dios es bueno. Desde esta perspectiva, ser cristiano significa dejarse lavar los pies o, en otras palabras, creer.

2. Vemos así que, a través de la escena del lavatorio de los pies, el evangelista interpreta no sólo la cristología y la soteriología, sino también la antropología cristiana. Para ilustrar esta afirmación quisiera esbozar ahora tres puntos.
a) Además de la vida y de la muerte de Jesús, esta visión comprende también los sacramentos del bautismo y de la penitencia, que nos sumergen en las aguas del amor de Jesús: la vida y la muerte de Jesús, el bautismo y la penitencia, constituyen juntamente el lavatorio divino, que nos abre el camino de la libertad y nos permite acceder a la mesa de la vida.
b) En esta escena se interpreta también el contenido espiritual del bautismo: el «sí» constante al amor, la fe como acto central de la vida del espíritu.
c) De estos dos puntos se desprende una eclesiología y una ética cristianas. Aceptar el lavatorio de los pies significa tomar parte en la acción del Señor, compartirla nosotros mismos, dejarnos identificar con este acto. Aceptar esta tarea quiere decir: continuar el lavatorio, lavar con Cristo los pies sucios del mundo. Jesús dice: «Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros» (13,14). Estas palabras no son una simple aplicación moral del hecho dogmático, sino que pertenecen al centro cristológico mismo. El amor se recibe únicamente amando.

Según el Evangelio de Juan, el amor fraterno se halla entrañado en el amor trinitario. Este es el «mandato nuevo, no en el sentido de un mandamiento exterior, sino como estructura íntima de la esencia cristiana. En este contexto, no carece de interés poner de relieve que San Juan no habla nunca de un amor universal entre todos los hombres, sino únicamente del amor que ha de vivirse en el interior de la comunidad de los hermanos, es decir, de los bautizados. Jn/A-H: No faltan teólogos modernos que critican esta posición de San Juan y hablan de una limitación inaceptable del cristianismo, de una pérdida de universalidad. Es cierto que existe aquí un peligro y que se hace necesario acudir a textos complementarios, como la parábola del samaritano y la del juicio final. A-H/C: Pero, entendido en el contexto de todo el Nuevo Testamento, en su indivisible unidad, Juan expresa una verdad muy importante: el amor en abstracto nunca tendrá fuerza en el mundo si no hunde sus raíces en comunidades concretas, construidas sobre el amor fraterno. La civilización del amor sólo se construye partiendo de pequeñas comunidades fraternas. Hay que empezar por lo concreto y singular para llegar a lo universal. La construcción de espacios de fraternidad no es hoy menos importante que en tiempos de San Juan o de San Benito. Con la fundación de la fraternidad de los monjes, San Benito se nos revela como el verdadero arquitecto de la Europa cristiana; él fue quien construyó los modelos de la nueva ciudad, inspirados en la fraternidad de la fe.

Volviendo al Evangelio, podemos afirmar que el relato del lavatorio de los pies tiene un contenido muy concreto: la estructura sacramental implica la estructura eclesial, la estructura de la fraternidad. Esta estructura significa que los cristianos han de estar siempre dispuestos a hacerse esclavos los unos de los otros, y que únicamente de este modo podrán realizar la revolución cristiana y construir la nueva ciudad.

3. Quisiera añadir a esta meditación dos exégesis de San Agustín a propósito del lavatorio de los pies; con estas interpretaciones, el Obispo de Hipona explica la tensión de su vida entre contemplación y servicio cotidiano.

a) En una primera consideración, san Agustín reflexiona sobre estas palabras del Señor: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio» (/Jn/13/10). El Santo se pregunta qué quiere decir: si uno se ha bañado, es decir, bautizado, todo él está limpio; ¿por qué y en qué sentido tiene necesidad de lavarse los pies? ¿Qué puede significar este lavatorio de los pies, siempre necesario después de haberse bañado, después del bautismo? Así responde el Santo Doctor: sin duda, el bautismo nos ha limpiado enteramente, incluso los pies.

 Estamos «limpios»; pero, mientras vivimos aquí abajo, nuestros pies pisan la tierra de este mundo. «Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a nosotros mismos» (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4; C. Chr. XXXVI 468). Pero el Señor está en presencia de Dios y, en virtud de su intercesión, nos lava los pies día tras día en el momento en que nuestros labios pronuncian la oración: perdona nuestras deudas. Todos los días, cuando rezamos el Padrenuestro, el Señor se inclina hacia nosotros, toma una toalla y nos lava los pies.

b) San Agustín reflexiona inmediatamente después sobre otro texto de la Escritura, tomado del Cantar de los Cantares, en el que encuentra unos versículos -a primera vista enigmáticos, según él- sobre el tema del lavatorio de los pies. En el capítulo 5 del Cantar hallamos la siguiente escena: la esposa se encuentra en el lecho y duerme, pero su corazón vela. De pronto, un rumor la despierta; el amado llama: «¡Abreme, hermana mía!» La esposa se resiste: «Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?»

Aquí comienza la reflexión del Santo Doctor. El amado que llama a la puerta de la esposa es Cristo, el Señor. La esposa es la Iglesia, son las almas que aman al Señor. Pero -dice San Agustín- ¿cómo pueden ensuciarse los pies si salen al encuentro del Señor, si van a abrirle la puerta? ¿Cómo podría ensuciarnos los pies el camino que conduce a Cristo, el camino que lava nuestros pies? Ante semejante paradoja, San Agustín descubre algo decisivo para su vida de pastor, para resolver el dilema entre su deseo de oración, de silencio, de intimidad con Dios y las exigencias del trabajo administrativo, de las reuniones, de la vida pastoral. El obispo dice: la esposa que se resiste a abrir son los contemplativos que buscan el retiro perfecto, se apartan por completo del mundo y quieren vivir exclusivamente para la belleza de la verdad y de la fe, dejando que el mundo siga su camino. Pero llega Cristo, resuenan sus pasos, despierta al alma, llama a la puerta y dice: «Tu vives entregada a la contemplación, pero me cierras la puerta. Tú buscas la felicidad para unos pocos, mientras fuera crece la iniquidad y el amor de la multitud se enfría…»  Llama, pues, el Señor para sacar de su reposo a los santos ociosos y grita: «Aperi mihi, aperi mihi et praedica me!» A decir verdad, cuando abrimos las puertas, cuando acudimos al trabajo apostólico, nos ensuciamos inevitablemente los pies. Pero los ensuciamos por la causa de Cristo, porque aguarda fuera la multitud y no hay otro modo de llegar a ella que metiéndonos en la inmundicia del mundo, en medio de la cual se encuentra (Ibid. LVII. 2-6 p.  470ss)

Así interpreta San Agustín su propia situación. Después de la conversión quiso fundar un monasterio, abandonar definitivamente el mundo y vivir con sus amigos dedicado por entero a la verdad, a la contemplación. Pero en el 391, cuando fue ordenado sacerdote en contra de sus deseos el Señor vino a desbaratar este reposo, llamó a su puerta y desde entonces no había día que no llamara; no le dejaba en paz: «¡Abreme y predica mi Nombre». Agustín llegaría a comprender que esta llamada que escuchaba a diario era realmente la voz de Jesús, que Jesús le impulsaba a ponerse en contacto con las miserias de la gente (por aquel tiempo, el Santo Obispo hacía también las funciones de Khadi, de juez civil) y que, por paradójico que esto pudiera resultar, era precisamente así como caminaba hacia Jesús, como se acercaba al Señor. «¡Abreme y predica mi Nombre!» Ante la generosa respuesta de San Agustín sobra todo comentario: 
«Y he aquí que me levanto y abro. ¡Oh, Cristo, lava nuestros pies: perdona nuestras deudas, porque nuestro amor no se ha extinguido, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores! Cuando te escuchamos, exultan contigo en el cielo los huesos humillados. Pero cuando te predicamos, pisamos la tierra para abrirte paso; y, por ello, nos conturbamos si somos reprendidos, y si alabados, nos hinchamos de orgullo. Lava nuestros pies, que ya han sido purificados, pero que se han ensuciado al pisar los caminos de la tierra para abrirte la puerta (Ibid. LVII, 6, p.472).


Joseph Ratzinger

EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990. Págs. 114-120
Publicado por Mercaba.org.

domingo, 29 de marzo de 2020

Nuestra vida de fe



sin culto público ante el Covid-19

Mª Virginia Olivera de Gristelli

Infocatólica, 28.03.20

“Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” –Mateo 9, 15 –

“El Señor ha deseado que su familia sea probada; y debido a que una larga paz había corrompido la disciplina eclesiástica que nos había sido entregada divinamente, la reprensión celestial ha despertado nuestra fe, que estaba adormecida, y casi dije que dormía; y aunque merecíamos más por nuestros pecados, el Señor más misericordioso ha moderado tanto todas las cosas, que todo lo que ha sucedido parece más una prueba que una persecución” (San Cipriano: De lapsis, 5).

*****
Aún teniendo  en cuenta que Dios permite todo para nuestro bien (Rom. 8,28) , y más allá de las justificaciones sanitarias, es innegable la conmoción que significa para la mayoría de los católicos del mundo la imposibilidad de asistir a las iglesias para celebrar y vivir nuestra fe, en fuerte contraste con la actitud sostenida por la Iglesia durante toda su historia en situaciones críticas como la que vivimos, y tal vez peores.
Sin emitir juicios temerarios, la realidad es que hoy muchos fieles de buena voluntad están viviendo con gran angustia algunas disposiciones que creen que exceden la prudencia debida ante las autoridades sanitarias y civiles, al impedirse en gran cantidad de templos no sólo las aglomeraciones, sino la dispensa de los sacramentos fundamentales para alimento y auxilio espiritual, e incluso físico.  Aunque hay muchos casos de entrega sacerdotal heroica, hay parroquias en que ni siquiera se responde al teléfono, y la ausencia de indicadores gráficos imposibilita que se halle alguno para asistir a algún enfermo.

Por esto nos parece que es necesario escuchar más de una consideración prudente sobre el tema para no tropezar hacia dos abismos: el desprecio hacia toda legítima autoridad  y la negación de la crisis evidente en todos los frentes, por un lado, y por el otro, la obsecuencia ante el mundo y una lectura “ingenua” de lo que hoy nos sucede, descuidando el análisis político y esjatológico subyacente.

Sin negar, pues, la gravedad del virus, ni la necesidad de tomar las medidas precautorias necesarias que cada autoridad considere, no quisiéramos que ello implique pasar por alto la oportunidad de manifestar tanto las virtudes heroicas de muchos sacerdotes y fieles, como también las grandes miserias de otros, pues unas y otras dejan su huella en el ejemplo. Y como en otras situaciones es deber de caridad corregir el error, creemos que aquí también cabe lo propio, y con mayor urgencia: por amor de Dios y bien de las almas, necesitamos sacerdotes y obispos con fe católica genuina, y que den testimonio de ella más que nunca.

Las medidas sanitarias no han sido idénticas en todos los países afectados, como no es idéntica la situación de padecimiento y riesgo para ellos. Así, pues, se comprende la restricción  de las celebraciones multitudinarias -entre las cuales se hallan las litúrgicas-, pero muchos no entienden, precisamente, por qué en sus países no se ha hecho como en Polonia, en que para limitar la asistencia de fieles a cada Misa…se multiplicaron los horarios de Misas.  No nos metemos aquí en la cuestión de la comunión en la mano “por higiene” no sólo porque es falaz, sino porque creo que el solo insinuar que Quien es la Vida y Salud misma pueda ser vehículo de contagio, nos parece de una insolencia blasfema.

Una vez establecida la restricción domiciliaria, quedan ya abolidas las Misas con fieles. Ahora bien: no comprendemos que haya aún sacerdotes que no celebren Misas privadas cada día, como si la presencia del “pueblo” fuese algo necesario. Aquí corresponde subrayar la doctrina católica, a tiempo y a destiempo, recordando como lo hace oportunamente Mons. J. Rico Pavés, auxiliar de Getafe:
«Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz» (Misterium Fidei 4).

Pero compartimos el dolor ante numerosas parroquias que cierran hoy sus puertas al punto de no permitir –cuando las condiciones estructurales y sanitarias lo permiten- un espacio reducido en que –no más de una o dos personas por vez, ¡como en los negocios!- se pueda al menos pasar a hacer visitas o Adoración Eucarística, siendo Nuestro Señor Sacramentado el PRINCIPAL auxilio y remedio del alma y del cuerpo. Y nos inquieta el que esta verdad pueda ser así oscurecida en las conciencias de otros muchos católicos de a pie.
No comprendemos que cuando la ley civil permite a los sacerdotes la libre circulación en atención a un mínimo de humanidad, haya obispos –como es el caso de Mons. García, obispo de San Justo- que en el DECRETO Nº 018 /2020 aconseje a sus sacerdotes que “Se restrinja la visita a Hospitales, Sanatorios y Hogares de Ancianos, para los casos de estricta necesidad, mientras continúe la advertencia del Ministerio de Salud…". ¿A qué llama “estricta necesidad", en medio de semejantes circunstancias?

No comprendemos que si están las puertas cerradas de los templos, no se procuren alternativas –cuando los medios lo permiten, insistimos- para seguir dispensando “al menos” (¡!) la Palabra de Dios a los fieles, y en horarios precisos, la Confesión.
Recuerdo que estoy escribiendo desde Buenos Aires, Argentina, donde se está tratando de cumplir la cuarentena y aún no tenemos la situación de grave emergencia que sufre España o Italia, y así como la autoridad civil  trata de prevenir “cuando aún estamos a tiempo”, quisiéramos que nuestros pastores evalúen también que “aún estamos a tiempo” -y más que propicio-, para que muchos fieles regresen a la fe o pongan sus almas en paz con Dios. Ahora bien, sinceramente y sin suspicacia pregunto: ¿es esto una prioridad de la Jerarquía actual, o sólo es necesario salvar el cuerpo?

¿Importan acaso los miles de “agonizantes espirituales", que probablemente no sobrevivan moral, psicológica o espiritualmente?

¿Se predica suficientemente la necesidad prioritaria de tener el alma reconciliada con Dios o en promover reflexiones de “reconciliación con la naturaleza”, al mejor estilo del panteísmo masónico, aprovechando la confusión general?

Repugna al más elemental sentido común católico remitir en estos días la raíz a la “naturaleza”, o poner las esperanzas pelagianas en  “el esfuerzo de la ciencia”, y olvidar voluntariamente los llamamientos de La Salette, Lourdes, Fátima, Akita…porque hemos de recordar que  ninguno de nosotros es inocente ante Dios, único tan  justo como misericordioso que nos ha dado UN Rey, Salvador, y Juez.
Es justo también recordar algunos testimonios contundentes de fe por parte de autoridades civiles, como es el caso del presidente de Tanzania, John Magufuli ,católico practicante, quien dijo el domingo 22 de marzo de 2020 (Domingo Laetare), en Dodoma  -capital de Tanzania-:

“Insisto en ustedes, mis hermanos cristianos e incluso en los musulmanes, no tengan miedo, no dejen de reunirse para glorificar a Dios y alabarlo. Es por eso que como gobierno no cerramos iglesias o mezquitas. En cambio, deben estar siempre abiertos para que la gente busque refugio en Dios. Las iglesias son lugares donde las personas podrían buscar la verdadera curación, porque allí reside el Dios verdadero. No tengas miedo de alabar y buscar el rostro de Dios en la Iglesia".

Refiriéndose a la Eucaristía, dijo: 
“El Coronavirus no puede sobrevivir en el cuerpo eucarístico de Cristo; pronto se quemará. Es exactamente por eso que no entré en pánico mientras yo recebía la Sagrada Comunión, porque lo sabía, con Jesús en la Eucaristía yo estoy a salvo. Este es el momento de construir nuestra fe en Dios“.

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Y una última pregunta a nuestros pastores: además de obedecer a las autoridades civiles pacientemente, ¿no podrían hablar -precisamente para “no tener miedo"-, de la necesaria PENITENCIA por todos nuestros pecados, además de la necesaria oración para que nos libre de este flagelo?…

Ante esta situación, creemos que las recientes cartas de Mons. A. Schneider y del Card. Burke han de ser tomadas en cuenta para consolar y brindar algunas recomendaciones transitando el Desierto que -merecidamente- sufrimos en esta Cuaresma.

Señor, conviértenos, y  ten piedad de todos nosotros!

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“Nos gloriamos en las tribulaciones”
(Rom. 5, 3)

Vivir a fe en los tiempos cuando está prohibido el culto público
por Mons. A. Schneider

Millones de católicos en el llamado mundo occidental libre, en las próximas semanas o incluso meses, y especialmente durante la Semana Santa y Pascua, la culminación de todo el año litúrgico, se verán privados de cualquier acto público de culto debido a reacciones gubernamentales y eclesiásticos. al brote de coronavirus (Covid-19). La más dolorosa y angustiosa de estas es la privación de la Santa Misa y la Sagrada Comunión sacramental.

Experimentaos actualmente la atmósfera de un pánico casi planetario. Las medidas de seguridad drásticas y desproporcionadas con la negación de los derechos humanos fundamentales de libertad de movimiento, libertad de reunión y de opinión parecen orquestadas casi globalmente a lo largo de un plan preciso.

Un efecto colateral importante de esta nueva “dictadura sanitaria” que se está extendiendo por todo el mundo es la prohibición creciente e intransigente de todas las formas de culto público. La situación actual de la prohibición del culto público en Roma lleva a la Iglesia a la época de una prohibición análoga del culto cristiano emitida por los Emperadores Romanos paganos en los primeros siglos.

Clérigos que se atreven a celebrar la Santa Misa en presencia de los fieles en tales circunstancias pueden ser punidos o encarcelados. La “dictadura sanitaria” mundial ha creado una situación que respira el aire de las catacumbas, de una Iglesia perseguida, de una Iglesia clandestina, especialmente en Roma. El Papa Francisco, quien el 15 de marzo, solitario y con pasos vacilantes, caminó por las calles desiertas de Roma en su peregrinación desde la imagen del “Salus populi Romani” en la iglesia de Santa Maria Maggiore hasta la Cruz Milagrosa en la iglesia de San Marcello, transmitió una imagen apocalíptica. Esto recuerda la siguiente descripción de la tercera parte del secreto de Fátima (revelado el 13 de julio de 1917): “El Santo Padre, afligido por el dolor y la tristeza, atravesó una gran ciudad mitad en ruinas y mitad temblorosa con pasos vacilantes".

¿Cómo deberían reaccionar los católicos y comportarse en tal situación? Tenemos que aceptar esta situación de las manos de la Divina Providencia como una prueba, lo que nos traerá un mayor beneficio espiritual como si no hubiéramos experimentado tal situación. Uno puede entender esta situación como una intervención divina en la actual crisis sin precedentes de la Iglesia. Dios usa ahora esta situación para purificar a la Iglesia, para despertar a los responsables en la Iglesia y, en primer lugar, al Papa y al episcopado, de la ilusión de un amigable mundo moderno, de la tentación de coquetear con el mundo, de la inmersión en cosas temporales y terrenales. Los poderes de este mundo ahora han separado por la fuerza a los fieles de sus pastores. Los gobiernos ordenan al clero celebrar la liturgia sin el pueblo.

Esta intervención divina purificadora actual tiene el poder de mostrarnos a todos lo que es verdaderamente esencial en la Iglesia: el sacrificio eucarístico de Cristo con su cuerpo y sangre y la salvación eterna de las almas inmortales. Que aquellos en la Iglesia que se ven privados de forma inesperada y repentina de lo esencial comiencen a ver y apreciar su valor más profundamente.

A pesar de la dolorosa situación de ser privado de la Santa Misa y la Sagrada Comunión, los católicos no deben ceder a la frustración o la a melancolía. Deben aceptar esta prueba como una ocasión de abundantes gracias, que la Divina Providencia ha preparado para ellos. Muchos católicos tienen ahora de alguna manera la posibilidad de experimentar la situación de las catacumbas, de la iglesia subterránea. Uno puede esperar que tal situación produzca los nuevos frutos espirituales de los confesores de la fe y de la santidad.

Esta situación obliga a las familias católicas a experimentar literalmente el significado de una iglesia doméstica. En ausencia de la posibilidad de asistir a la Santa Misa, incluso los domingos, los padres católicos deben reunir a su familia en su hogar. Podrían asistir en sus hogares a una transmisión de la Santa Misa por televisión o Internet, o si esto no es posible, deberían dedicar una hora santa de oraciones para santificar el Día del Señor y unirse espiritualmente con las Santas Misas que son celebrado por sacerdotes a puerta cerrada incluso en sus ciudades o en sus alrededores. Tal hora santa dominical de una iglesia doméstica podría hacerse, por ejemplo, de la siguiente manera:

Oración del Rosario, lectura del Evangelio dominical, acto de contrición, acto de comunión espiritual, letanía, oración por todos los que sufren y mueren, por todos los perseguidos, oración por el Papa y los sacerdotes, oración por el fin del epidemia física y espiritual actual. La familia católica también debía rezar las Estaciones de la Cruz los viernes de Cuaresma.

Además, los domingos, los padres podían reunir a sus hijos por la tarde o por la noche para leerlos de la vida de los santos, especialmente aquellas historias extraídas de tiempos de persecución de la Iglesia. Tuve el privilegio de haber vivido una experiencia así en mi infancia, y eso me dio la base de la fe católica para toda mi vida.

Los católicos que ahora están privados de asistir a la Santa Misa y recibir la Sagrada Comunión sacramental, quizás solo por un corto tiempo de algunas semanas o meses, pueden pensar en estos tiempos de persecución, donde los fieles durante años no pudieron asistir a la Santa Misa y recibir otros sacramentos, como fue el caso, por ejemplo, durante la persecución comunista en muchos lugares del Imperio soviético.

Que las siguientes palabras de Dios fortalezcan a todos los católicos que actualmente sufren la privación de la Santa Misa y la Sagrada Comunión:

“No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria ” (1 Pedro 4, 12-13). “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de los misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!” (2 Corintios, 1, 3-4). “Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo” (1 Pedro 1, 6-7).

En el tiempo de una cruel persecución de la Iglesia, San Cipriano de Cartago (+ 258) dio la siguiente enseñanza edificante sobre el valor de la paciencia:

“Es la paciencia la que fortalece firmemente los cimientos de nuestra fe. Es esto lo que eleva en alto el aumento de nuestra esperanza. Es esto lo que dirige nuestro hacer, para que podamos retener el camino de Cristo mientras caminamos por su paciencia. ¡Cuán grande es el Señor Jesús, y cuán grande es su paciencia, que el que es adorado en el cielo aún no se vengó en la tierra! Queridos hermanos, consideremos su paciencia en nuestras persecuciones y sufrimientos; demos una obediencia llena de expectación a su venida ”(De patientia, 20; 24).

Queremos rezar con toda nuestra confianza a la Madre de la Iglesia, invocando el poder intercesor de Su Inmaculado Corazón, para que la situación actual de ser privado de la Santa Misa pueda traer abundantes frutos espirituales para la verdadera renovación de la Iglesia después de décadas de la noche de la persecución de verdaderos católicos, clérigos y fieles que ha sucedido dentro de la Iglesia. Escuchemos las siguientes palabras inspiradoras de San Cipriano de Cartago:

“Si se reconoce la causa del desastre, inmediatamente se encuentra un remedio para la herida. El Señor ha deseado que su familia sea probada; y debido a que una larga paz había corrompido la disciplina eclesiástica que nos había sido entregada divinamente, la reprensión celestial ha despertado nuestra fe, que estaba adormecida, y casi dije que dormía; y aunque merecíamos más por nuestros pecados, el Señor más misericordioso ha moderado tanto todas las cosas, que todo lo que ha sucedido parece más una prueba que una persecución” (De lapsis, 5).

Dios conceda que esta breve prueba de la privación del culto público y la Santa Misa inculquen en el corazón del Papa y de los obispos un nuevo celo apostólico por los tesoros espirituales perennes, que se les ha sido confiado divinamente, es decir, el celo por la gloria y el honor de Dios, por la unicidad de Jesucristo y su sacrificio redentor, por la centralidad de la Eucaristía y su forma sagrada y sublime de celebración, por la mayor gloria del Cuerpo Eucarístico de Cristo, el celo por la salvación de las almas inmortales, el celo para un clero casto y con espirito apostólico.

Que escuchemos las siguientes palabras de aliento de San Cipriano de Cartago:

“Se deben dar alabanzas a Dios, y sus beneficios y dones deben celebrarse dando gracias, aunque incluso en el momento de la persecución nuestra voz no ha dejado de dar gracias. Porque ni siquiera un enemigo tiene tanto poder como para impedirnos, que amamos al Señor con todo nuestro corazón, nuestra vida y nuestra fuerza, declarar sus bendiciones y alabanzas siempre y en todas partes dándole gloria. Ha llegado el día fervientemente deseado, por las oraciones de todos; y después de la terrible y repugnante oscuridad de una larga noche, el mundo ha brillado irradiado por la luz del Señor” (De lapsis, 1).

19 de marzo de 2020

+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana

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Por su parte, el Card. R.L. Burke ha dirigido unos días más tarde el siguiente y exhaustivo Mensaje que vale la pena leer hasta el final:

Mensaje sobre el combate contra el coronavirus, COVID-19

21 de Marzo de 2020

Queridos amigos,

Desde hace algún tiempo, hemos estado en combate contra la propagación del coronavirus, COVID-19. Por todo lo que podemos decir, y una de las dificultades del combate es que aún queda mucho por aclarar sobre la peste, la batalla continuará por algún tiempo. El virus involucrado es particularmente insidioso, ya que tiene un período de incubación relativamente largo, algunos dicen 14 días y otros 20 días, y es altamente contagioso, mucho más contagioso que otros virus que hemos experimentado.

Uno de los principales medios naturales para defendernos contra el coronavirus es evitar cualquier contacto cercano con los demás. Es importante, de hecho, mantener siempre una distancia, algunos dicen que una yarda (metro) y otros dicen seis pies - alejados el uno del otro, y, por supuesto, evitar reuniones grupales, es decir, reuniones en las que varios las personas están muy cerca unas de otras. Además, dado que el virus se transmite a través de pequeñas gotas emitidas cuando uno estornuda o se suena la nariz, es fundamental lavarnos las manos con frecuencia con jabón desinfectante y agua tibia durante al menos 20 segundos, y usar desinfectante para manos y toallitas. Es igualmente importante desinfectar las mesas, sillas, encimeras, etc., sobre las cuales estas gotitas pueden haber aterrizado y desde las cuales son capaces de transmitir el contagio por algún tiempo. Si estornudamos o nos sonamos la nariz, se nos aconseja usar un pañuelo facial de papel, descartarlo de inmediato y luego lavarnos las manos. Por supuesto, aquellos que son diagnosticados con el coronavirus deben ser puestos en cuarentena, y aquellos que no se sienten bien, incluso si no se ha determinado que padecen el coronavirus, deben, por caridad hacia los demás, permanecer en casa, hasta que se sienta mejor.

Al vivir en Italia, en donde la propagación del coronavirus ha sido particularmente mortal, especialmente para los ancianos y para aquellos que ya se encuentran en un estado de salud delicada, me impresiona el gran cuidado que los italianos están tomando para protegerse a sí mismos y a los demás del contagio. Como ya habrá leído, el sistema de salud en Italia se prueba severamente para tratar de proporcionar la hospitalización necesaria y el tratamiento de cuidados intensivos para los más vulnerables. Ore por los italianos y especialmente por aquellos para quienes el coronavirus puede ser fatal y los encargados de su cuidado. Como ciudadano de los Estados Unidos, he estado siguiendo la situación de la propagación del coronavirus en mi tierra natal y sé que quienes viven en los Estados Unidos están cada vez más preocupados por detener su propagación,

Toda la situación ciertamente nos dispone a una profunda tristeza y también al miedo. Nadie quiere contraer la enfermedad relacionada con el virus o que alguien más lo contraiga. Especialmente no queremos que nuestros seres queridos mayores u otras personas que sufren de salud corran peligro de muerte por la propagación del virus. Para luchar contra la propagación del virus, todos estamos en una especie de retiro espiritual forzado, confinado a cuartos y sin la capacidad de mostrar signos habituales de afecto a familiares y amigos. Para quienes están en cuarentena, el aislamiento es claramente aún más severo, al no poder tener contacto con nadie, ni siquiera a distancia.

Si la enfermedad en sí asociada con el virus no fue suficiente para preocuparnos, no podemos ignorar la devastación económica que ha causado la propagación del virus, con sus graves efectos en los individuos y las familias, y en aquellos que nos sirven de muchas maneras en nuestro vida diaria. Por supuesto, nuestros pensamientos no pueden evitar incluir la posibilidad de una devastación aún mayor de la población de nuestras tierras y, de hecho, del mundo.

Ciertamente, tenemos razón en aprender y emplear todos los medios naturales para defendernos del contagio. Es un acto fundamental de caridad utilizar todos los medios prudentes para evitar contraer o propagar el coronavirus. Sin embargo, los medios naturales para prevenir la propagación del virus deben respetar lo que necesitamos para vivir, por ejemplo, el acceso a alimentos, agua y medicamentos. El Estado, por ejemplo, en su imposición de restricciones cada vez mayores sobre el movimiento de personas, establece que las personas pueden visitar el supermercado y la farmacia, respetando las precauciones de distanciamiento social y el uso de desinfectantes por parte de todos los involucrados. .

Al considerar lo que se necesita para vivir, no debemos olvidar que nuestra primera consideración es nuestra relación con Dios. Recordamos las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio según Juan: “Si un hombre me ama, cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará, y nosotros vamos a él y hacemos nuestro hogar con él” (14, 23 ) Cristo es el Señor de la naturaleza y de la historia. Él no es distante y desinteresado en nosotros y en el mundo. Nos ha prometido: “Estoy contigo siempre, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20). Al combatir el mal del coronavirus, nuestra arma más efectiva es, por lo tanto, nuestra relación con Cristo a través de la oración y la penitencia, y las devociones y la adoración sagrada. Nos volvemos a Cristo para liberarnos de la peste y de todo daño, y Él nunca deja de responder con amor puro y desinteresado. Por eso es esencial para nosotros, de la misma manera que podemos comprar alimentos y medicinas, al mismo tiempo que cuidamos de no propagar el coronavirus en el proceso, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas, recibir los sacramentos y participar en actos de oración pública y devoción, para que conozcamos la cercanía de Dios con nosotros y permanezcamos cerca de Él, invocando adecuadamente Su ayuda. Sin la ayuda de Dios, estamos perdidos.

Históricamente, en tiempos de pestilencia, los fieles se reunieron en fervientes oraciones y participaron en procesiones. De hecho, en el Misal Romano, promulgado por el Papa San Juan XXIII en 1962, hay textos especiales para la Santa Misa que se ofrecerá en tiempos de pestilencia, la Misa votiva para la liberación de la muerte en tiempos de pestilencia ( Missae Votivae ad Diversan. 23) Del mismo modo, en la letanía tradicional de los santos, oramos: “De la peste, el hambre y la guerra, oh Señor, líbranos".

A menudo, cuando nos encontramos en un gran sufrimiento e incluso enfrentamos la muerte, preguntamos: “¿Dónde está Dios?" Pero la verdadera pregunta es: “¿Dónde estamos?" En otras palabras, Dios está seguramente con nosotros para ayudarnos y salvarnos, especialmente en el momento de un juicio severo o la muerte, pero a menudo estamos muy lejos de Él debido a nuestra incapacidad de reconocer nuestra dependencia total de Él y, por lo tanto, de rezarle diariamente y ofrecerle nuestra adoración.

En estos días, he escuchado de tantos católicos devotos que están profundamente tristes y Borromeo comuniondesanimados por no poder rezar y adorar en sus iglesias y capillas. Entienden la necesidad de observar la distancia social y seguir las otras precauciones, y seguirán estas prácticas prudentes, que pueden hacer fácilmente en sus lugares de culto. Pero, a menudo, tienen que aceptar el profundo sufrimiento de tener sus iglesias y capillas cerradas, y de no tener acceso a la Confesión y a la Santísima Eucaristía.

Del mismo modo, una persona de fe no puede considerar la actual calamidad en la que nos encontramos sin considerar también cuán distante está nuestra cultura popular de Dios. No solo es indiferente a su presencia en medio de nosotros, sino que es abiertamente rebelde hacia Él y el buen orden con el que nos ha creado y nos sostiene en el ser. Solo tenemos que pensar en los ataques violentos comunes a la vida humana, masculina y femenina, que Dios ha hecho a su propia imagen y semejanza (Gn 1, 27), ataques contra los no nacidos inocentes e indefensos, y contra aquellos que tienen el primer título. a nuestro cuidado, aquellos que están fuertemente cargados de enfermedades graves, años avanzados o necesidades especiales. Somos testigos diarios de la propagación de la violencia en una cultura que no respeta la vida humana.

Del mismo modo, solo debemos pensar en el ataque generalizado contra la integridad de la sexualidad humana, en nuestra identidad como hombre o mujer, con el pretexto de definir para nosotros mismos, a menudo empleando medios violentos, una identidad sexual distinta de la que Dios nos ha dado. . Con una preocupación cada vez mayor, somos testigos del efecto devastador en los individuos y las familias de la llamada “teoría del género".

También somos testigos, incluso dentro de la Iglesia, de un paganismo que adora la naturaleza y la tierra. Hay quienes dentro de la Iglesia se refieren a la tierra como nuestra madre, como si viniéramos de la tierra, y la tierra es nuestra salvación. Pero venimos de la mano de Dios, Creador del Cielo y la Tierra. Solo en Dios encontramos la salvación. Oramos en las palabras divinamente inspiradas del salmista: “[Dios] solo es mi roca y mi salvación, mi fortaleza; No seré sacudido ”(Sal 62 [61], 6). Vemos cómo la vida de la fe misma se ha vuelto cada vez más secularizada y, por lo tanto, ha comprometido el señorío de Cristo, Dios el Hijo encarnado, rey del cielo y de la tierra. Somos testigos de muchos otros males que derivan de la idolatría, de la adoración a nosotros mismos y a nuestro mundo, en lugar de adorar a Dios, la fuente de todo ser. Tristemente vemos en nosotros mismos la verdad de las palabras inspiradas de San Pablo con respecto a la “impiedad y maldad de los hombres que por su maldad suprimen la verdad": “intercambiaron la verdad sobre Dios por una mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, ¡Quién ha sido bendecido para siempre! (Rom 1, 18. 25).

Muchos con quienes estoy en comunicación, reflexionando sobre la actual crisis de salud mundial con todos sus efectos concomitantes, me han expresado la esperanza de que nos llevará, como individuos y familias, y como sociedad, a reformar nuestras vidas, a recurra a Dios que seguramente está cerca de nosotros y que es inconmensurable e incesante en su misericordia y amor hacia nosotros. No hay duda de que grandes males como la peste son un efecto del pecado original y de nuestros pecados actuales. Dios, en su justicia, debe reparar el desorden que el pecado introduce en nuestras vidas y en nuestro mundo. De hecho, cumple las demandas de la justicia con su misericordia superabundante.

Dios no nos ha dejado en el caos y la muerte, que el pecado introduce en el mundo, sino que ha enviado a Su Hijo unigénito, Jesucristo, a sufrir, morir, resucitar de entre los muertos y ascender en gloria a Su diestra, en orden. permanecer con nosotros siempre, purificándonos del pecado e inflamandonos con su amor. En su justicia, Dios reconoce nuestros pecados y la necesidad de su reparación, mientras que en su misericordia nos derrama la gracia de arrepentirnos y reparar. El profeta Jeremías oró:

 “Reconocemos, oh SEÑOR, nuestra maldad, la culpa de nuestros padres; que hemos pecado contra ti “, pero inmediatamente continuó su oración:” Por amor de tu nombre, no nos desprecies, no deshonres el trono de tu gloria; recuerda tu pacto con nosotros y no lo rompas ”(Jer 14, 20-21).

Dios nunca nos da la espalda; Él nunca romperá su pacto de amor fiel y duradero con nosotros, a pesar de que con tanta frecuencia somos indiferentes, fríos e infieles. A medida que el sufrimiento actual nos revela tanta indiferencia, frialdad e infidelidad de nuestra parte, estamos llamados a recurrir a Dios y rogar por su misericordia. Estamos seguros de que nos escuchará y nos bendecirá con sus dones de misericordia, perdón y paz. Unimos nuestros sufrimientos a la Pasión y la Muerte de Cristo y así, como dice San Pablo, “completa lo que falta en las aflicciones de Cristo por el bien de su cuerpo, es decir, la Iglesia” (Col 1, 24). Viviendo en Cristo, sabemos la verdad de nuestra oración bíblica: “La salvación de los justos es del Señor; él es su refugio en tiempos de problemas ”(Sal 37 [36], 39). En Cristo, Dios nos ha revelado completamente la verdad expresada en la oración del salmista: “La misericordia y la verdad se han reunido; la justicia y la paz se han besado ”(Sal 85 [84], 10).

En nuestra cultura totalmente secularizada, hay una tendencia a ver la oración, las devociones y la adoración como cualquier otra actividad, por ejemplo, ir al cine o un partido de fútbol, ​​lo cual no es esencial y, por lo tanto, puede cancelarse por el simple hecho de tomar cada precaución para frenar la propagación de un contagio mortal. Pero la oración, las devociones y la adoración, sobre todo, la Confesión y la Santa Misa, son esenciales para que podamos mantenernos sanos y fuertes espiritualmente, y para que busquemos la ayuda de Dios en un momento de gran peligro para todos. Por lo tanto, no podemos simplemente aceptar las determinaciones de los gobiernos seculares, que tratarían la adoración a Dios de la misma manera que ir a un restaurante o a una competencia deportiva.

De otra manera, Nosotros, los obispos y los sacerdotes, debemos explicar públicamente la necesidad de los católicos de rezar y adorar en sus iglesias y capillas, e ir en procesión por las calles y caminos, pidiendo la bendición de Dios sobre su pueblo que sufre tan intensamente. Necesitamos insistir en que las regulaciones del Estado, también por el bien del Estado, reconozcan la importancia distintiva de los lugares de culto, especialmente en tiempos de crisis nacional e internacional. En el pasado, de hecho, los gobiernos han entendido, sobre todo, la importancia de la fe, la oración y la adoración de las personas para superar una peste.

Aun cuando hemos encontrado una manera de proveer alimentos y medicinas y otras necesidades de la vida durante un momento de contagio, sin arriesgar irresponsablemente la propagación del contagio, de manera similar, podemos encontrar una manera de satisfacer las necesidades. de nuestra vida espiritual. Podemos proporcionar más oportunidades para la Santa Misa y las devociones en las que pueden participar varios fieles sin violar las precauciones necesarias contra la propagación del contagio. Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes. Permiten que un grupo de fieles se reúnan para orar y adorar sin violar los requisitos de la “distancia social". El confesionario con la pantalla tradicional generalmente está equipado o, si no, puede equiparse fácilmente con un velo delgado que puede tratarse con desinfectante, para que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin gran dificultad y sin peligro de transmitir el virus. Si una iglesia o capilla no tiene un personal lo suficientemente grande como para poder desinfectar regularmente los bancos y otras superficies, no tengo dudas de que los fieles, en agradecimiento por los dones de la Sagrada Eucaristía, la Confesión y la devoción pública, lo harán con mucho gusto.

Incluso si, por alguna razón, no podemos tener acceso a nuestras iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que traemos a Cristo de nuestro encuentro con Él en la Iglesia más grande. Deje que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de cada hogar cristiano. Volvamos a él a través de la oración, especialmente el Rosario, y otras devociones.

Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo. El lugar de la imagen del Sagrado Corazón es para nosotros un pequeño altar en casa, en el que nos reunimos, conscientes de que Cristo mora con nosotros a través del derramamiento del Espíritu Santo en nuestros corazones, y colocar nuestros corazones a menudo pobres y pecaminosos en Su glorioso Corazón traspasado, siempre abierto para recibirnos, sanarnos de nuestros pecados y llenarnos de amor divino. Si desean entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, le recomiendo el manual,La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús , disponible a través del Apostolado Catequista Mariano. También está disponible en traducciones al polaco y al eslovaco.

Para aquellos que no pueden tener acceso a la Santa Misa y la Sagrada Comunión, recomiendo la práctica devota de la Comunión Espiritual. Cuando estamos dispuestos a recibir la Sagrada Comunión, es decir, cuando estamos en estado de gracia, no somos conscientes de ningún pecado mortal que hayamos cometido y por el que aún no hemos sido perdonados en el Sacramento de la Penitencia, y deseamos recibimos a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión pero no podemos hacerlo, nos unimos espiritualmente con el Santo Sacrificio de la Misa, rezando a Nuestro Señor Eucarístico en las palabras de San Alfonso Liguori: “Ya que ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente en mi corazón “. La comunión espiritual es una hermosa expresión de amor por Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. No dejará de traernos abundante gracia.

Al mismo tiempo, cuando somos conscientes de haber cometido un pecado mortal y no podemos tener acceso al Sacramento de la Penitencia o la Confesión, la Iglesia nos invita a realizar un acto de contrición perfecta, es decir, de pena por el pecado, que “Surge de un amor por el cual Dios es amado por encima de todo". Un acto de contrición perfecta “obtiene el perdón de los pecados mortales si incluye la firme resolución de recurrir a la confesión sacramental lo antes posible” ( Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1452). Un acto de contrición perfecta dispone nuestra alma para la comunión espiritual.

Al final, la fe y la razón, como siempre lo hacen, trabajan juntas para proporcionar la solución justa y correcta a un desafío difícil. Debemos usar la razón, inspirada por la fe, para encontrar la manera correcta de enfrentar una pandemia mortal. Esa manera debe dar prioridad a la oración, la devoción y la adoración, a la invocación de la misericordia de Dios sobre su pueblo que tanto sufre y está en peligro de muerte. Hecho a imagen y semejanza de Dios, disfrutamos los dones del intelecto y el libre albedrío. Usando estos dones dados por Dios, unidos a los dones también dados por Dios de Fe, Esperanza y Amor, encontraremos nuestro camino en el tiempo presente de la prueba mundial que es la causa de tanta tristeza y miedo.

Podemos contar con la ayuda y la intercesión de la gran hueste de nuestros amigos celestiales, con quienes estamos íntimamente unidos en la Comunión de los Santos. La Virgen Madre de Dios, los santos Arcángeles y Ángeles Guardianes, San José, Verdadero Esposo de la Virgen María y Patrona de la Iglesia Universal, San Roque, a quien invocamos en tiempos de epidemia, y los otros santos y benditos a quienes recurrimos regularmente en oración están a nuestro lado. Nos guían y nos aseguran constantemente que Dios nunca dejará de escuchar nuestra oración; Él responderá con su inconmensurable e incesante misericordia y amor.

Queridos amigos, les ofrezco estas pocas reflexiones, profundamente conscientes de cuánto están sufriendo por el coronavirus pandémico. Espero que las reflexiones puedan serle de ayuda. Sobre todo, espero que lo inspiren a recurrir a Dios en oración y adoración, cada uno según sus posibilidades, y así experimentar Su curación y paz. Con las reflexiones viene la seguridad de mi recuerdo diario de sus intenciones en mi oración y penitencia, especialmente en la ofrenda del Santo Sacrificio de la Misa.

Les pido por favor que se acuerden de mí en sus oraciones diarias.

Sigo siendo suyo en el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, y en el más puro Corazón de San José,

Raymond Leo Cardenal Burke
21 de marzo de 2020
Fiesta de San Benito, abad