sábado, 15 de septiembre de 2018

La infiltración


 intencional y maligna de la Iglesia

 Fe y Razón, septiembre 9, 2018

P. Robert Altier

San Pablo nos dice que debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo porque los días son malos. No estamos simplemente viviendo en días que son malvados, estamos viviendo en los días de los que habló Isaías, los días en que llamarán mal al bien y al mal bien. Y nos han lavado el cerebro para pensar que las cosas malvadas están bien. Pues no lo están.

Lo que estoy a punto de transmitir es completamente incorrecto desde el punto de vista político y, si algunos jóvenes oídos no quieren oírlo, tal vez sea mejor para ellos que pasen la página.

En las últimas semanas, hemos escuchado algunas cosas bastante desafortunadas. Un cardenal de la Iglesia que abusó de niños y jóvenes, y ahora en Pennsylvania, el gran jurado informa que 301 sacerdotes violaron a más de 1.000 niños. Y encima de eso tenemos el encubrimiento por parte del episcopado –episcopado significa “los obispos”– el encubrimiento proviene de los obispos. Y no es simplemente encubrimiento, es la ejecución de una agenda.

Quienes han seguido el asunto con atención desde 2002, cuando todo esto salió a la luz, escucharon como los obispos llegan siempre a la misma conclusión: “es pedofilia, es pedofilia, es pedofilia.” No señor, no es pedofilia. De hecho, el instituto John Jay, el grupo que los obispos mismos contrataron para evaluar lo que estaba sucediendo, respondió y dijo que este es un problema homosexual. El 86.6% (si mal no recuerdo) de todos los casos de abuso, las víctimas fueron varones pos-pubescentes, y los obispos les dijeron a los investigadores: “estúdienlo de nuevo, vuelvan a escribir el informe y digan que esto no es un problema homosexual.” Pues, lo hicieron y dijeron que en el 86.6% los casos se trata de hombres pospuberales, pero no es un problema homosexual … ¡Vaya! ¿Cómo es éso?

Veamos entonces, la pedofilia es la violación de niños prepúberes, pero menos del 3% de todos los casos examinados fueron casos de pedofilia. La efebofilia es la violación de los niños pospúberes, en tanto que la pederastia en particular, se enfoca en los varones pospuberales. Eso es lo que estamos examinando aquí.

A esta altura debemos hacer una distinción importante, hay algunas personas muy, muy buenas que luchan con algún tipo de inclinación homosexual. Todos nosotros luchamos con cosas diferentes, eso no significa que seamos malas personas solo porque tenemos ciertas debilidades. Y la Iglesia reconoce que esa orientación no es mala, es la práctica lo que está mal. Y entonces, para estos hombres que quieren vivir una vida recta pero que están tratando de resistir esas tentaciones, esa inclinación es una cruz. Y es una gran cruz que deben llevar. De hecho, uno puede imaginarse cuánto ama Dios a esas personas si les permite llevar una cruz tan grande.

Ahora necesitamos enfocarnos otra vez en nosotros mismos, por ejemplo podemos afirmar correctamente que hay quienes luchan con el alcohol, o la pornografía, lo que sea. Quienes realmente están tratando de luchar contra esas tentaciones, son buenas personas con una debilidad. El caso de un traficante de drogas, por ejemplo, es diferente. Lo mismo vale para el que produce pornografía, o el proxeneta y así por el estilo; esos son unos puercos. El hombre que está resistiendo sus tentaciones y tratando de vivir una buena vida es una buena persona con una debilidad. Y esa es la distinción que debemos tener en cuenta.

Y así, la posición de la Iglesia es muy clara en esto: los hombres con una tendencia homosexual profundamente arraigada no deben ir al seminario. Eso no se debe a que la Iglesia sea discriminatoria, o que odie a tales personas. El principio es simple: ¿llevaríamos a un bar a alguien que está luchando con el alcoholismo? Para él sería una tentación. No permitimos que los hombres entren en los conventos de mujeres porque no pasaría mucho tiempo antes de que alguien se metiera en un problema. Es así que la Iglesia considera las cosas cuando dice que algo no es aconsejable.

Regresemos al tiempo en que yo estaba en el seminario de la universidad. Estaba conversando con otro seminarista, cuando me miró y me preguntó si alguna vez querría ir a ducharme al vestuario de las mujeres. Dije ciertamente que no. Él dijo: “Bien, ¿por qué no?” Le hablé de las tentaciones y los problemas … y me respondió: “Tienes razón, ahora sabes por lo que tengo que pasar yo cuando entro en el vestuario de hombres.” Pensé “¡oh Dios mío … qué asco!” Por eso la Iglesia dice que, incluso un buen hombre, que lucha e intenta superar su problema, no debe ser puesto en un ambiente que para él sea una tentación.

La Infiltración Intencional y Maligna de la Iglesia

Entonces, queda claro que esas no son las personas con las que estamos teniendo problemas. Las personas con las que tenemos un problema provienen de dos grupos diferentes y hay que entender que están promoviendo una infiltración intencional y maliciosa de la Iglesia con el propósito de destruirla desde adentro. Necesitamos entender eso.

Cuando yo estaba en el seminario, aquel era uno de los peores seminarios de los Estados Unidos y en 1983 nuestro seminario estaba en su peor momento. Yo entré en 1985. Para entonces las cosas estaban un poco mejor. Pero aquella gente era realmente arrogante. Debo señalar que en mis años de seminario, si uno no era homosexual o feminista radical, uno estaba en un gran problema. Uno de los profesores fue lo suficientemente arrogante como para declarar durante una clase: “Martín Lutero tuvo la idea correcta, pero la llevó a cabo de forma incorrecta: dejó la Iglesia. No se puede cambiar a la Iglesia desde afuera, solo puedes cambiarla desde adentro, así que no nos vamos a ir.”

Conclusión: estas son personas que tienen un plan de acción. ¿Cuáles son los dos grupos? El número uno es un grupo de homosexuales depredadores que comenzaron su infiltración en la Iglesia en 1924. ¿Quiere enterarse cómo? Hay un libro llamado The Homosexual Network escrito en 1982,[1] unos 20 años antes de que todas estas cosas explotaran. Un hombre llamado Enrique Rueda examinó todo esto, estudió todas sus publicaciones –pues los infiltradores publicaban cada año el número de seminaristas, sacerdotes y obispos que tenían– Enrique Rueda pudo remontarse a 1924, cuando todo comenzó. Allá por 1929, los comunistas comenzaron su propia infiltración en el sacerdocio. Ambos grupos hicieron exactamente lo mismo. Si quieres enterarte de la infiltración comunista, debes leer también lo que ha dejado Bella Dodd, que era una comunista convencida que dejó el comunismo y se convirtió al catolicismo. Ella testificó ante el Congreso de los Estados Unidos en 1953 y en ese testimonio dijo que “recibimos las instrucciones del Kremlin en 1929 sobre lo que teníamos que hacer”, y dijo “debíamos tomar lo mejor y más brillante, los tipos que eran inteligentes.” lo suficientemente inteligentes como para vivir una doble vida, chicos guapos y sociables, que se hicieran notar ante el obispo y pudieran progresar en la jerarquía, convirtiéndose en directores vocacionales, que luego pudieran llegar a ser obispos, rectores de seminarios, y obtener otras posiciones influyentes.” Y agregó: “tuvimos éxito más allá de nuestras esperanzas más optimistas.” Dodd admitió: “Soy personalmente responsable de haber infiltrado más de 1.200 seminaristas, sacerdotes y obispos.” Téngase en cuenta que habían comenzado en 1929 – en 1953 Dodd dijo: “ya tenemos cuatro cardenales en el Vaticano.” ¡Eso fue en 1953! Hoy es mucho peor.

Esos son los dos grupos. Si quieres leer sobre Bella Dodd, ella escribió un libro llamado School of Darkness, que se publicó en 1954.[2] Para entender el objetivo de toda esta promoción, la propaganda, la agenda, hay que leer otro libro que fue escrito en 1932 por un hombre llamado William Foster. William Foster se postuló para presidente de los Estados Unidos en 1924, 1928 y 1932 como candidato del Partido Comunista de los Estados Unidos. En 1932, escribió un libro llamado Toward Soviet America. Y en ese libro, dijo “no podemos llegar a los estadounidenses porque lo impiden tres cosas: su moralidad, su familia y su patriotismo.” Y dijo: “así que la forma en que vamos a atacar estas tres las cosas es, a través de la homosexualidad y el feminismo radical.” Se ve a las claras que han sido extraordinariamente exitosos.

Entonces, ¿a qué nos enfrentamos? Estamos lidiando con un grupo de depredadores homosexuales que se convirtieron en sacerdotes no para servir a la Iglesia, sino para destruirla desde adentro. Hoy están en todos los niveles. Hay un artículo que acaba de salir publicado en el National Catholic Register en el que seis sacerdotes de la diócesis de Newark fueron interrogados y hablaron sobre la red homosexual en su diócesis. Están en todas partes, no solo en Newark. Se encubren unos a otros, comparten sus víctimas entre ellos, hacen todo tipo de cosas horribles. La red está tan extendida que ya se habla a nivel federal de utilizar las leyes RICO[3] contra la Iglesia debido a toda esta basura que está sucediendo.

Y la gente pregunta, ¿por qué los buenos sacerdotes no hablan? Estuve hablando con un amigo el otro día, él me dijo: “Estoy enterado de esto ya por 50 años y tú lo has sabido durante 40 años.” Sí, ya es hora de que salga a la luz. Entonces, ¿por qué nadie ha hablado? Número uno, si hubiera denunciado esto hace un par de años, ¿se hubiera creído lo que hoy estoy diciendo? Número dos, ¿a quién se supone que debemos ir? La corrupción ya llega a la cima. En mi tiempo, si alguien quería ser ordenado sacerdote, no podía decir una palabra sobre el asunto. Y ya como sacerdote tampoco podía.

Esos sacerdotes que fueron entrevistados en el National Catholic Registry solo permitieron que se los entreviste anónimamente. Exigían el anonimato porque tenían miedo de lo que iba a pasarles si los obispos y la gente de la cancillería descubrían quién era el que hablaba. Tal es el poder que tiene la mafia homosexual. Tomemos conciencia de eso. Os cuento una historia rápida sobre lo mal que estaban las cosas. Cuando yo estaba en el seminario, ponían su propaganda comunista, yo la arrancaba y cada vez que hacía eso aparecía un anuncio: “Alguien está sacando los avisos de la pizarra …” Pero cuando yo ponía un aviso anunciando que íbamos a rezar el Rosario, era derribado inmediatamente y nunca había objeciones. A pesar de lo dicho, afortunadamente el seminario de hoy es mucho mejor de lo que era entonces. Los jóvenes de hoy no tienen que lidiar con esa basura, pero tal era el clima por aquellos tiempos.

Ahora bien, si tomamos solo el caso de McCarrick, dado que ha sido noticia, todo el mundo está disgustado con lo que ese hombre le hizo a niños y hombres jóvenes bajo su responsabilidad, y con razón. Pero para cualquiera que piense que todo esto está perfecto, que los homosexuales son personas agradables que no son diferentes del resto de la gente, les pido que miren lo que hizo McCarrick: esa es la cara de la homosexualidad depredadora.

Los depredadores no son buenas personas que son como todos los demás. Aunque le resulte repugnante pensarlo, piense que este hombre se subió al púlpito a predicar durante 50 años, se sentó en el confesionario, estaba en la oficina del obispo tomando decisiones sobre la vida de los sacerdotes, sobre las finanzas diocesanas, sobre la dirección de la diócesis, etc. Sirvió en comisiones del Vaticano, fue asesor del Vaticano, ordenó muchos obispos. ¿Qué clase de consejo cree usted que alguien que lucha con algún problema sexual en el confesionario hubiera recibido de alguien así? ¿Qué tipo de hombres cree usted que él puede haber elevado al obispado?

¿Ahora entiendes por qué escuchamos sandeces en lugar de buenas homilías? ¿Se entiende por qué hay problemas en el mundo que no se abordan? De eso se trata. ¿Dónde está la integridad doctrinal? ¿Dónde está la enseñanza moral? Alguien que no lo está viviendo no va a enseñarlo. Después de este informe del gran jurado que salió hace unos días de Pennsylvania, hay varios estados más que ya están hablando de convenir su propio gran jurado. Probablemente esto se extenderá a otros estados, así que lo digo simplemente para que se sepa: se va escuchar mucho más sobre esto en los noticiarios.

Y por triste que sea, tenemos que reconocer que en realidad es algo muy bueno. Es la purificación de la Iglesia y eso conducirá finalmente a su crucifixión. No muchos seguirán siendo fieles, desafortunadamente. Pero cuando lo vemos y decimos: “bueno, si esto es lo que está sucediendo en la Iglesia, ¿qué se supone que debemos hacer?” Se supone que debemos mirar a Jesús y decir exactamente lo que dijo San Pedro, “Señor, ¿a quién iremos? Tu tienes palabras de vida eterna.”

Jesús fundó una Iglesia y esa Iglesia es la única institución en el mundo para la salvación de las almas. Fue fundada para ese propósito y permanecerá hasta el fin del mundo por esa razón.

He hablado con varias personas devotas y santas en estas últimas semanas sobre lo que está sucediendo. Todos coinciden conmigo en el mismo punto: el trabajo de Nuestra Señora finalmente ha comenzado ¡Alabado sea el Señor!

Dios le dio a los obispos 16 años para que limpiaran este desastre y no hicieron nada. Ahora la limpieza la van a sufrir los mismos obispos.

[1] Enrique Rueda, The Homosexual Network: Private Lives and Public Policy, Junio 1986. Old Greenwich, Connecticut: Devin Adair Co., 1982. || NOTA DEL EDITOR: Ver también la obra de Randy Engel:  The Rite of Sodomy Homosexuality and the Roman Catholic Church Ed. Tapa Blanda,  2006, New Engel Publishing; Export, Pennsylvania.

[2] Bella V. Dodd, School of Darkness, P. J. Kennedy and Sons, New York 1954, Reedición por Angelico Press, Kettering, Ohio, 2017.

[3] RICO: Aprobada en 1970, la Ley de organizaciones controladas por los sindicatos del crimen y la corrupción (RICO por las siglas en inglés de: Racketeer Influenced and Corrupt Organizations) es una ley federal diseñada para combatir el crimen organizado en los Estados Unidos. Permite el enjuiciamiento y las sanciones civiles por la actividad de crimen organizado realizada como parte de una empresa criminal en curso.

martes, 4 de septiembre de 2018

Mons. Aguer




 "El primer ministro de Irlanda y nosotros"

Aica,  4 Sep 2018

El arzobispo emérito de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en su columna del programa televisivo Claves para un Mundo Mejor que se emitió por el canal 9 el 1° de septiembre, se refirió al mensaje con el que el primer ministro de Irlanda recibió al Papa en su viaje a ese país y dijo que "el ejemplo que queda del Encuentro Mundial de Familias debe animarnos a cuidar a nuestros chicos y chicas y mostrarles un ideal de familia, no de manera romántica, porque eso no sirve de mucho si uno no los ayuda a vivir cristianamente”.

“Se realizó recientemente en Irlanda el Encuentro Mundial de las Familias que fue presidido por el Sumo Pontífice. Yo quiero llamar la atención sobre el discurso de bienvenida del Primer Ministro irlandés”, comenzó diciendo monseñor Aguer.

“Este primer ministro es un conocido militante gay 'casado' con un varón, y que allí ante el papa Francisco hizo el elogio de los 'progresos' de Irlanda en los últimos años. Citó la aprobación del divorcio, la adopción de métodos de educación sexual basados en la repartija de anticonceptivos y preservativos, el matrimonio igualitario, y también hizo referencia a un reciente referéndum sobre el aborto que dio positivo. O sea, mostró los cambios en una sociedad que era fuertemente católica y no sólo católica por la profesión de fe de cada uno de los miembros de esa comunidad, sino porque públicamente aparecía como sosteniendo los valores de la Iglesia Católica que, en realidad, son los valores del orden natural”.

“Al hacer esos elogios este primer ministro estaba diciendo ¡Hemos destruido el orden natural y estamos muy contentos con ello! Y eso se lo endilga a la Iglesia, en un momento particularmente difícil en el que el Santo Padre tuvo que afrontar casos de abusos de menores por parte de religiosos y religiosas, crímenes abominables que le echaron en cara al Papa. Es verdad que para Irlanda, siendo un país tan públicamente católico, esta es como una mancha de tuco fenomenal en un lienzo blanco”.

“¿Cómo es posible -prosiguió Aguer- que el primer ministro de Irlanda se jacte de estos cambios que, en el fondo, destruyen el orden natural de la sociedad? Y se preguntó: ¿Por qué eso fue posible, por qué se llegó allí? Yo creo -dijo- que es por una descristianización progresiva de la sociedad irlandesa. Cuando yo era joven, Irlanda era el modelo de país católico y ese modelo quizá ya se estaba deteriorando interiormente”.

“Lo cierto es que Irlanda se ha descristianizado, se ha descatolizado y es una norma que se cumple inexorablemente. Allí donde van desapareciendo los principios cristianos en su vigencia pública, allí donde los católicos no viven su fe y no la hacen presente en el orden social, la sociedad se va deshumanizando. Y detrás está otra cuestión: una mala filosofía que rechaza que exista una naturaleza humana. Un problema gravísimo de la cultura de hoy, que lo invade todo”.

“Todos estos 'progresos' que presentaba el primer ministro de Irlanda son retrocesos de una sana antropología. Desgraciadamente esto es hoy mayoritario, cuenta con mucho dinero, cuenta con los medios de comunicación masivamente volcados a subrayar esto; entonces la Iglesia queda como una troglodita defendiendo valores del pasado cuando en realidad son valores del futuro, son valores que pueden reconstruir la sociedad humana”.

“A propósito del Encuentro Mundial de Familias, yo pensaba lo que todos sabemos. No solo en Irlanda, también aquí la mayor parte de la gente no se casa sino que convive. Pero ¿cuánto dura esa convivencia? Unos años, diez a lo sumo. Aun en los matrimonios parece que no tienen paciencia y no duran. Los chicos se ponen de novios muy temprano, a los 14 o 15 años, y lo que hacen enseguida es ir a la cama. Las relaciones prematrimoniales son un hecho social y el que no lo hace es mirado como un bicho raro porque 'lo hacen todos' y hay que hacer lo que hacen todos. ¿Entonces, de dónde se forman las futuras familias cristianas que son plenamente humanas? La única posibilidad es que muchachos y chicas verdaderamente cristianos, que viven en serio su fe, se conozcan entre sí, se elijan entre sí, reconozcan los mandamientos de la ley de Dios -que expresan y aclaran la ley natural- y con la ayuda de la gracia vivan en castidad su noviazgo”.

“Voy a poner un ejemplo lejano en el tiempo -prosiguió reflexionando el arzobispo emérito-. Cuando yo era un niño de la Acción Católica notaba que en esa institución, en sus grados superiores, muchachos y chicas se ponían de novios y formaban familias cristianas. Creo que es eso lo que hay que hacer, porque si no, estamos listos. A nuestros chicos y chicas por mejores que sean se los traga esta sociedad secularizada, deshumanizada, descristianizada. Subrayo lo de descristianizada. Ahí en Irlanda todo esto de los crímenes sexuales de sacerdotes y de religiosas muestran la caída de la fe, la caída de la Gracia de Dios, la caída de la caridad. Y recuerdo ese dicho, que muchas veces cité, de Jean Paul Sartre, el filósofo francés ateo del siglo pasado que decía: 'Si Dios no existe todo está permitido'. 

Y es así: donde afloja la fe en Dios, donde se borra la fe cristiana, la vida cristiana concreta, todo está permitido y cualquier cosa puede pasar. La inversa de esta frase también me parece que es válida: 'Si todo está permitido Dios no existe'. Es decir, si uno hace lo que se le canta, si uno no tiene ninguna norma ética, si uno no acepta el paradigma de la naturaleza humana, es como si Dios no existiera. Es una especie de ateísmo práctico”.

“El ejemplo que queda del Encuentro Mundial de las Familias tiene que animarnos a cuidar a nuestros chicos y chicas y a mostrarles un ideal de familia, no de una manera romántica, todo lindo, porque eso no sirve de mucho si uno no ayuda a esos chicos y chicas a vivir cristianamente, a reconocer el sentido plenamente humano de la sexualidad y esperar hasta que llegue el momento conveniente para expresar físicamente el amor”.

“El momento conveniente es cuando están casados, porque el acto sexual tiene dos significados que no deben separarse artificialmente para buscar un placer egoísta que usa al otro, o se usan recíprocamente. El acto sexual es expresión física del amor maduro y gesto por el cual se transmite la vida humana. Separar artificialmente estos dos significados es impúdico, es una perversión. No lo dice solo la doctrina católica, sino Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis”.

“Hay que hablar claramente con los chicos, sin falsos pudores y hacerles comprender que con la gracia de Dios es posible lo que parece tan difícil. En esto se juega la condición cristiana y la dignidad humana", concluyó monseñor Aguer.+

sábado, 1 de septiembre de 2018

El prodigio del piano



 que se convirtió en campeón de la Eucaristía

Infocatólica, 1/09/18

(Catholic Herald) Las vidas de los santos están repletas de historias de notorios pecadores que se convirtieron en ejemplos del catolicismo. Pocos, sin embargo, son tan inusuales como la de Hermann Cohen, niño judío prodigio del piano y adicto al juego convertido en campeón de la Eucaristía y promotor de la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento.

Nacido en Hamburgo el 10 de noviembre de 1821 en una rica familia judía, Cohen era un prodigio parecido a Liszt. Un año después de comenzar a tocar el piano, fue capaz de improvisar arias populares, para asombro de todos. Pronto estaba dando conciertos regulares. Mimado y venerado por su madre, se convirtió, según su propia descripción, en «el tirano de la familia».

Cohen experimentó tal éxito que en julio de 1834 su madre lo llevó a París, buscando un maestro entre los grandes pianistas del día. Fue al propio Liszt a quien ella escogió. Liszt tenía entonces 22 años, en la cúspide de su escandalosa relación con la condesa Marie d'Agoult, y la niña del musical París. Estaba lo suficientemente impresionado para aceptar a Cohen de inmediato. Los dos fueron pronto inseparables.

El joven Hermann se hizo conocido como Puzzi, el nombre que le dio Liszt en imitación de su propio apodo, Putzig («pequeño y simpático»). Una indicación del enorme talento de Puzzi es que en 1835 se convirtió en profesor en el recién creado Conservatorio de Ginebra por recomendación de Liszt, aunque se puede encontrar un indicio de su naturaleza problemática en la carta que Liszt escribió sugiriéndole «por cuyo talento y moral seré responsable».

Más tarde, Cohen escribió: «Aprendí cuando tenía 12 años muchas cosas, cuyo conocimiento era casi fatal para mi alma». Esto debe ser, creo, una referencia a su adicción a los juegos de azar, cuya búsqueda lo llevaría al borde de la ruina. El 7 de diciembre de 1841, Liszt escribió a la Sra. D'Agoult: «Me ha quedado claro que Hermann me robó 1.500 francos en el primer concierto y casi tanto en el segundo». En febrero de 1844, escribe de nuevo: «Haré muy poco trabajo con ese miserable». En marzo de 1840, Liszt tuvo que ayudar a Cohen a salir de un resquebrajamiento en Praga pagando sus deudas de juego. Cohen no ocultó esto. Es interesante, sin embargo, que en el testimonio de plena confesión que escribió al ingresar a la orden carmelita en 1849, Cohen insistió en que no le había robado a Liszt.

La explicación probable es que la señora D'Agoult hizo los arreglos para el robo y para señalar a Cohen, ya que estaba celosa de su cercanía con Liszt y le preocupaba que fuera un problema financiero.

Los siguientes años pasaron en una deprimente oleada de apuestas, conciertos cada vez más malos y deudas impagables. Luego, un viernes de mayo de 1847, se le pidió a Cohen que dirigiera el coro en la iglesia de Saint-Valére. Según sus memorias, «Cuando llegó el momento de la bendición del Santísimo Sacramento, sentí una agitación indescriptible. Yo fui llevado, a pesar de mi propia voluntad, a inclinarme hacia el suelo. Regresando el viernes siguiente, me sentí intimidado de la misma manera, y de repente tuve la idea de convertirme en católico». El 7 de agosto de ese año, mientras estaba en Ems, Alemania, para dar un concierto, se sintió tan abrumado por las lágrimas durante la misa. que «De repente ... comencé a hacer, interiormente a Dios, una confesión general y rápida de todos mis enormes errores». Al regresar a París, buscó al abate Ratisbonne, otro judío convertido y el 28 de agosto fue bautizado en la capilla del convento de Notre Dame de Sion.

Cohen pasó los siguientes dos años dando conciertos para pagar a sus acreedores, y se le prohibió tomar órdenes sagradas hasta que esto se lograra. Después de su concierto final y triunfal en París, exclamó: «¡Ahora he terminado con el mundo para siempre! Con cuánta felicidad, después de mi nota final, me incliné para despedirme».

Mientras se tomaba el tiempo para discernir su vocación, Cohen popularizó la práctica de las devociones nocturnas al Santísimo Sacramento expuesto. Habiendo recibido consejos de varios sacerdotes, Cohen decidió convertirse en Carmelita Descalzo. Sirvió en su noviciado en el convento de Le Broussey, cerca de Burdeos, recibiendo el hábito el 6 de octubre de 1849 (la fiesta del Santo Rosario) y haciendo su profesión religiosa el 7 de octubre de 1850.

Cohen, ahora el padre Augustin-Marie du Trés Saint Sacrament, pasó una década predicando por Europa occidental, a menudo a multitudes. Liszt y Cohen se reconciliaron en 1862 durante una visita a Roma y permanecieron cerca después de eso. A petición del Cardenal Wiseman, el Papa Pío IX envió al P. Cohen «para convertir a Inglaterra, ya que uno de mis predecesores envió al monje Agustín». El 15 de octubre de 1863, junto con varios carmelitas franceses, se mudó a una casa en Kensington. Ese año, por primera vez desde la Reforma, un novicio inglés tomó el hábito.

Durante la guerra franco-prusiana, el P. Augustin-Marie fue a la prisión de Spandau para ministrar a los 5.000 soldados franceses que se encontraban allí. La viruela abundaba, y fue mientras administraba la Extremaunción sin una espátula para dos hombres que él mismo contrajo la enfermedad. El 19 de enero de 1871, hizo su última confesión, recibió la Sagrada Comunión y dijo sus últimas palabras: «Ahora, Dios mío, pongo mi alma en Tus manos». Murió pacíficamente al día siguiente.

La causa de beatificación del padre Cohen fue presentada el 19 de enero de 2016 por el arzobispo Jean-Pierre Ricard de Burdeos y Bazas.

viernes, 31 de agosto de 2018

Relación histórica entre Iglesia y Estado en la Argentina



 ¿quién sostiene a quién?

Por Edgardo Fretes

Dice Héctor Ruiz Núñez en su libro “La Cara Oculta de la Iglesia":

“La mayor parte de los bienes de la Iglesia argentina tienen su génesis en la época colonial. En los siglos XVI y XVII la corona española cedió cientos de miles de hectáreas a los obispados y a los conventos que se establecieron en el nuevo mundo. En el siglo XVIII, en cambio, el crecimiento de las propiedades eclesiásticas derivó de donaciones y herencias".

En lo que hoy es Argentina, la Iglesia tenía 35.000 hectáreas de campos donde luego se establecieron los partidos de Luján, Merlo, Avellaneda, San Pedro, Arrecifes, Moreno, Quilmes, Magdalena y Tres de Febrero; en la provincia de Buenos Aires. También la Iglesia era propietaria de 300 manzanas en la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
La renta que producían estas tierras servían al sostenimiento de las obras religiosas, el mantenimiento de orfanatos, hospitales y a la creación de nuevas comunidades y parroquias, en una región que crecía con gran velocidad demográfica.

Continúa el reconocido (anticlerical) periodista de La Nación:

“Bernardino Rivadavia, siendo ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, produjo un hecho que durante 150 años fue motivo de debates y reclamaciones entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno: expropió numerosos inmuebles de la Iglesia ‘no necesarios para el culto’. Los sucesivos decretos no se limitaron sólo a los bienes, también reglamentaron distintos aspectos de la actividad religiosa, dentro de un proyecto conocido como Reforma Eclesiástica".

Esto ocurría en 1822. El detalle a tener en cuenta es que, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de las expropiaciones, el Estado no dio a la Iglesia pago o indemnización a cambio. Muchas comunidades religiosas quedaron literalmente en la calle, tal fue el caso de los Monjes Recoletos a los que se les quitó la propiedad donde hoy podemos visitar el Cementerio de la Recoleta.

Luego fueron las sucesivas Constituciones, las de 1853 y 1994, las que consagraron en su Artículo 2, el sostenimiento del Culto Católico y fue el gobierno militar de la última dictadura el que promulgó una ley dando respuesta definitiva al reclamo de la Iglesia, por aquella renta que había dejado de recibir por los bienes expropiados.

Pero hay más. Alguien insospechado de clericalismo como Bernardo de Irigoyen, en la sesión del 11 de agosto de 1871, de la Convención Constituyente de Buenos Aires, decía:

“La verdad del caso, Señor Presidente, es que la Iglesia se sostenía con los bienes que poseía, donados por los fieles. Vino el año 22 en que el gobierno concibió la idea patriótica de una reforma general, y en ella comprendió también al clero. Se inició pues la reforma eclesiástica, y para llevarla a cabo sancionó una ley que en su artículo 19 dice lo siguiente: ‘Desde el 1 de Enero de 1823, quedan abolidos los diezmos y las atenciones a que eran destinados serán cubiertos por los fondos del Estado’. Viene enseguida otra disposición de la misma ley de donde resulta que no fue la Iglesia Católica la que trató de ser sostenida por el Estado sino que fue el Estado el que tomó posesión de todos los bienes de la Iglesia, el que suprimió las contribuciones con que la Iglesia se sostenía, y que fue el Estado el que creyendo que estaba realizando una reforma liberal, una reforma de alta conveniencia pública, dijo: Tomo a mi cargo el sostén del Culto Católico en este país. Ésta es la verdad histórica“.

Es decir, en sencillas palabras: la Iglesia en Argentina era una organización autofinanciada e independiente del Estado. Fue el Estado el que la quiso hacer dependiente para disciplinarla e intentar manejarla en su acción y discurso. Y esta verdad no la dice la Iglesia.

Los colegios católicos

La gran mayoría de los colegios católicos del país reciben subvención estatal para el pago de sueldos. Esto es cierto. Tan cierto como que son los mismos religiosos los que gestionan esos colegios y los mismos fieles los que los mantienen en infraestructura y mejoras, elevando el nivel educativo y haciendo patria en lugares rurales y de difícil acceso.

Pero la ecuación podría ser al revés: En lugar de sacar la cuenta de cuánto “gasta” el Estado en los subsidios de los sueldos en los colegios católicos, me gustaría preguntar: ¿Cuánto gastaría el Estado si el 30% del total del alumnado del país, que concurre a establecimientos católicos, fuera a escuelas públicas? Un Estado que es corrupto, obeso y poco diligente, ¿cuánto erogaría en el funcionamiento de tal infraestructura?

El sostenimiento al revés

Según se desprende de la información que brindó el jefe de Gabinete en el Congreso, el Estado destina anualmente unos 174 millones de pesos al sostenimiento del Culto Católico. Ahora bien, en un país con un 30% de pobreza, la Iglesia apoya y acompaña en las grandes ciudades y en los rincones más recónditos del territorio, a muchas familias que se encuentran agobiadas por el peso de un Estado que no llega a curar todas las llagas y a atender todas las necesidades.

La Iglesia Católica en Argentina, a través de Cáritas Nacional, invirtió durante 2016 en educación, ayuda inmediata y emergencias, desarrollo institucional, abordaje de las adicciones y economía social y solidaria, más de 94 millones de pesos. Si tenemos en cuenta que la colecta de Cáritas se divide en tres tercios, el primero para Cáritas nacional, el segundo para la Cáritas diocesana y el tercero para Cáritas parroquial, el número se multiplica por tres y pasamos, sólo en 2016 a mucho más de 282 millones, puesto que no estamos considerando las donaciones que en todas las parroquias se reciben a diario, para el desarrollo de Cáritas y que no se cuantifican, porque se van destinando casi en forma instantánea para cubrir las necesidades de miles de familias.

No nos olvidemos de la Colecta +x-. Durante 2016 esta colecta distribuyó entre las zonas más pobres del país, más de 35 millones de pesos.

Así las cosas, teniendo en cuenta un mínimo crecimiento del 20% entre 2017-18, la Iglesia Católica en su conjunto, estaría erogando para paliar necesidades donde el Estado no está, alrededor de 380 millones de pesos.

Obviamente la Iglesia “hace el bien sin mirar a quién” y nunca va a reclamar por este rol de caridad que le es propio, al Estado, al que sí le es propio velar por el bienestar de todos sus ciudadanos.

Por Edgardo Fretes

Fuente: Diario “Los Andes”
 (Tomado de Que no te la cuenten)

martes, 21 de agosto de 2018

Carta del Papa al Pueblo de Dios


Abusos en Pensilvania:

Ciudad del Vaticano 20 de agosto de 2018



«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes.

Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

1. Si un miembro sufre
En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. 
El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).

2. Todos sufren con él
La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). 
Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. 

Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).
«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. 

No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

Vaticano, 20 de agosto de 2018
Francisco

[1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).
[2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).
[3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).

lunes, 20 de agosto de 2018

El Cardenal Burke



 sobre los abusos sexuales en la Iglesia

San Diego, 16 de agosto de 2018.

Thomas McKenna, presidente de la Catholic Action for Faith and Family, entrevistó esta semana al Cardenal Raymond Burke acerca del escándalo de los clérigos abusadores.

Thomas McKenna: Su Eminencia, una nueva ola de abusos sexuales clericales ha salido a la luz, y pone en evidencia una extensísima práctica de la homosexualidad entre clérigos en diócesis y seminarios a través de país (nota bene: si bien el entrevistador limita su pregunta al contexto de los Estados Unidos, casos semejantes se han reportado recientemente en otros países como Honduras  o Chile). ¿Cuál diría usted que es la causa radical de esta corrupción?

Cardenal Raymond Burke: Quedó en evidencia a partir de los estudios que siguieron a la crisis de abusos sexuales del año 2002 que la mayor parte de los actos de abusos eran, de hecho, actos homosexuales cometidos con adolescentes varones. Hubo un intento minucioso ya sea por obviar ya sea por negar esto. Ahora parece claro a la luz de estos terribles escándalos recientes que, efectivamente, existe una cultura homosexual no sólo entre los clérigos sino incluso dentro de la misma jerarquía eclesiástica, la cual necesita ser purificada desde su raíz. Se trata por supuesto de una tendencia que es desordenada.

Creo que ha sido considerablemente agravada por la actual cultura contraria a la vida, esto es la cultura contraceptiva que separa el acto sexual de la unión conyugal. El acto sexual no tiene ningún tipo de sentido salvo entre un varón y una mujer en el matrimonio ya que el acto conyugal está dispuesto por su naturaleza para la procreación. Creo que resulta necesario un reconocimiento abierto de que tenemos un serio problema de cultura homosexual en la Iglesia, especialmente entre los clérigos y la jerarquía, que necesita ser enfrentado honesta y eficazmente.

Thomas: Su Eminencia, muchos dicen que lo que debería hacerse para enfrentar este problema es determinar mejores procedimientos y estructuras para lidiar con él, que ésta sería entonces la solución para resolver la situación. ¿Está de acuerdo con esa propuesta? ¿O qué le parece que necesitaría hacerse para resolver esta crisis de un modo definitivo?

Cardenal Burke: No hay necesidad de desarrollar nuevos procedimientos. Todos los procedimientos existen en la disciplina de la Iglesia, y han existido por siglos. Lo que se necesita es una investigación honesta sobre las situaciones de grave inmoralidad denunciadas, seguido de una acción efectiva para sancionar a los responsables, y vigilar para prevenir que situaciones similares ocurran nuevamente.

Esta idea de que la conferencia episcopal debería ser responsable de enfrentar esto es equivocada porque la conferencia episcopal no tiene control sobre los propios obispos dentro de la conferencia. Es el Romano Pontífice, el Santo Padre, el que tiene la responsabilidad de imponer disciplina en estas situaciones, y es él quien necesita tomar acción siguiendo los procedimientos que están  establecidos en la disciplina de la Iglesia. Esto es lo que combatirá la situación efectivamente.

Thomas: Su Eminencia, la fe de muchos en la Iglesia, como una institución santa antes que corrupta, ha sido sacudida. La gente no sabe qué pensar sobre sus obispos y sacerdotes ¿Cómo debería responder el fiel a esta crisis, tomando en cuenta especialmente que muchos se sienten desanimados y avergonzados de su Iglesia?

Cardenal Burke: Entiendo perfectamente la bronca, el profundo sentido de traición que muchos de los fieles están sintiendo, incluso porque yo mismo lo experimento. El fiel debe insistir que esta situación sea abordada honestamente y con determinación. Lo que no debemos permitir en ningún caso es que esos actos gravemente inmorales, que tanto han mancillado el rostro de la Iglesia, nos lleven a perder la confianza en Nuestro Señor, que es la Cabeza y el Pastor del rebaño. La Iglesia es su Cuerpo Místico, y nunca debemos perder de vista esta verdad.

Deberíamos estar profundamente avergonzados de lo que ciertos pastores, ciertos obispos han hecho, pero nunca deberíamos estar avergonzados de la Iglesia porque sabemos que es pura y que es Cristo Mismo, vivo para nosotros en la Iglesia, quien es nuestro único camino de salvación. Hay una gran tentación en que nuestra ira justificada acerca de estos actos gravemente inmorales nos lleve a perder la fe en la Iglesia, o a estar enojados con la Iglesia, en lugar de enojarnos con aquellos que, aunque ocupen la más alta autoridad en la Iglesia, han traicionado esa autoridad y han actuado de un modo inmoral.

Existieron durante siglos en el Pontifical Romano (el libro litúrgico católico latino que contiene los ritos celebrados por los obispos) los ritos para la degradación de los clérigos y también de los miembros de la jerarquía que hubieran fallado gravemente en su oficio. Creo que sería conveniente leer nuevamente esos ritos para entender profundamente lo que la Iglesia siempre entendió, que es que los pastores pueden desviarse –incluso de un modo muy grave– y que entonces deben ser apropiadamente disciplinados e incluso expulsados del estado clerical.


(Fuente. Traducción del Profesor de Worms)
(Tomado de: The Wanderer, 20 de agosto de 2018)